2013-10-26

"Historias Extraordinarias" (2008), de Mariano Llinás

Los gustos actuales proponen lo breve, lo amputado, lo rápido. Los espectadores hablan de ver una peli este finde con el gordi. Ya nadie se queda a disfrutar de los títulos de crédito. Las dos horas standar de las películas de antaño se han acortado a los noventa minutos. Los episodios de la ficción televisiva dan paso a los "minisodios" y hace ya bastante tiempo que hay festivales de cine de categoría: "videominuto". Les propongo dar un volantazo a tanta fugacidad y ver una gran película argentina con una duración peculiar: 4 horas. Anímense, porfi.

Ver Historias Extraordinarias (desde ahora HE), es como leer un libro. Sin embargo, es cine. Ver HE es como escuchar en una noche interminable de fogón, los relatos de los que más vivieron y mejor cuentan. Ver HE es reencontrarse con cierto clasicismo narrativo del cine de hace décadas, pero con inquietantes frenadas y arranques inesperados. Ver HE nos acerca seguramente a un director que se aburre rápidamente y que necesita poner en conflicto su enorme bagage cultural y su manifiesta erudición.

La película empieza y uno se encuentra en ese buen momento de suspensión de la incredulidad (que ya muchos se han olvidado y otros, los más, nunca han experimentado), entrando al universo que nos propone Llinás que no es ni más ni menos que contarnos historias. Llinás, a diferencia de muchos cineastas del llamado nuevo nuevo (si, dos veces) cine argentino, no reniega de las historias; las sigue considerando el material primordial con que construir su obra. No reniega de la histórica dependencia del cine con la literatura. Las une y potencia. Facilita un diálogo entre las dos en donde el cine, el dueño de casa, invita a la literatura a conocer todos los ambientes, a sorprenderse con su lenguaje, al cual siente cercano y lejos a la vez. Por ello, y para dejar en claro esto, Llinás estructura su film en 3 partes de 80 minutos cada una y en 18 capítulos en total.

Las historias principales (no necesariamente las más interesantes para quien escribe esto) son las de tres personajes masculinos: X, H e Y. Pero no son las únicas. Otras se despliegan, se entrecruzan con las principales, las alimentan, les dan mayor sentido, las opacan y uno, llega un momento en que deja de pensar con cual se queda y comienza a maravillarse con esa experiencia tan ancestral, que es aquella en la que hay alguien que no sólo nos habla, sino que nos mete, nos introduce en otros lugares, otros olores, otros colores y otras emociones o las de siempre, que más da.

Esas historias vienen entramadas con las principales, pero algunas parecen digresiones del narrador. Hay si, algunas obsesiones o más precisamente una obsesión del director que atraviesa toda la película: la pampa bonaerense (por algo la productora de Llinás se llama El Pampero Cine). Todo sucede en distintos pueblos o parajes de la provincia, la llanura se reproduce en la pantalla y, salvo dos de los personajes principales y algún secundario, todos sus habitantes, la habitan desde siempre. Sus costumbres, los lugares en donde se divierten, cargan nafta y trabajan son absolutamente ciertos y reales. Sin embargo y contra el prejuicio citadino, las cosas que les pasan a estos seres, tienen intensidad; tanta como la de aquellos que pueblan Buenos Aires, Tokio o Nueva York.

Probablemente se preguntarán, como se logra interesar al espectador durante cuatro horas, partiendo de una base tan...fría, como es la de llamar a sus personajes centrales con letras del abecedario. ¿Por qué no Agustín, Pedro y Carlos? ¿Por qué no un nombre real, como en cualquier película? ¿Cómo voy a identificarme yo, con algún personaje si ni nombre tienen? Bueno, en primer lugar hay otros personajes que si tienen nombre, no me olvidaré de Cuellar y su increíble historia, obsesión de H. Para entender lo que Llinás ha querido hacer al hacer HE, hay unas frases dichas por él en una entrevista realizada hace ya algunos años por el crítico Roger Koza:

"...Se partiría del artificio, de decir "asumamos que esto (el cine) es todo un engaño", y se probaría a ver si los ancestrales dioses de la narración aparecían igual. Como si uno dijera: Destruyamos la narración, expurguémosla y veamos si puede volver a surgir sola y renovada."

Y ese juego que propone el director tiene un punto de apoyo sustancial en la utilización de la voz en off. Tres relatores nos van contando las historias. Los personajes poco hablan, y lo que dicen cada tanto, es poco importante. Ellos ponen su cuerpo y sus rostros poco expresivos, pero quien decide y maneja la información pasa por los relatores y por la puesta en escena. Allí, en esa combinación nacida seguramente del juego y la experimentación conciente y rigurosa, está la clave. La voz en off no es la misma que la de antes, que la del cine clásico de los años 40. O mejor dicho; a veces si lo es, pero no busca dar solo información. Despliega sus posibilidades relacionadas con la temporalidad, con los encuadres, los puntos de vista y el montaje para ir construyendo un relato original. La primer escena del film es un clarísimo ejemplo de ello. Hay una situación de tensión cargada de suspenso. Hay tiros, hay un muerto, hay un tipo que ve todo y que queda prisionero de las preguntas propias y de las del espectador. Eso sirve para iniciar su historia. Pero sin el trabajo mancomunado de voz en off y puesta en escena, la historia no daría más que para un cortometraje. Sin embargo ahí vamos; y termina el primer acto a la hora y veinte y estamos firmes frente a la pantalla.

Mucho tiempo se podría hablar de esta maravillosa película. Interesantes debates ha producido dentro del mundillo cinematográfico argentino; por ejemplo su sistema de producción, contrapuesto al industrial, entre otros. Pero sin dudas, la propuesta estética y narrativa que aborda con valentía es su mayor pergamino y por ello seguramente quedará en la historia del cine nacional.

A Borges que poco y nada le gustaba el cine argentino, ésta cinta si lo hubiera prendado. Porque de la literatura argentina, tal vez sea Borges (y algo después Arlt) quien más presente está en las fatigadas llanuras de Llinás.

Por Mariano Benito

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