Pequeño ensayo sobre la anticipación
Existen
palabras que son antitéticas. Utopía y distopía constituyen un
tándem inseparable. Desde los días de Tomás
Moro (1478-1535)
la idea de utopía
está asociada a la perfección, a la existencia de un universo
(social, político, económico) inmejorable. Ese mundo, ideal e
inalcanzable, no existe. Constituye, en todo caso, el mejor de todos
los sueños humanos posibles. La distopía es la negación de utopía.
Es la concreción palpable de un mundo espantoso, de una sociedad
insoportable, falaz y atroz. Una sociedad distópica sería aquella
que se ubica en las antípodas de ese sueño de justicia y libertad
que plantea la utopía. La utopía implica una búsqueda constante.
La distopía es la negación de esa búsqueda. La distopía, desde la
ficción, supone la aceptación de la represión y el totalitarismo.
El
británico George
Orwell (1903-1950)
participó de una utopía y plasmó, quizá como nadie (o tal vez
como Aldous Huxley
con Un mundo feliz,
de 1932) la distopía perfecta. Afiliado al espíritu que comenzó a
transitar su propio camino a partir de la Revolución Bolchevique de
1917, Orwell
no disimuló sus simpatías para con los movimientos revolucionarios.
En tanto periodista y escritor, viajó y contó lo que veía,
empezando por las miserias de la propia Inglaterra. Escribía y
describía. Las cuestiones sociales y políticas siempre formaron
parte de su biografía y de su hacer intelectual. Era un libre
pensador de izquierda. Trabajó en la BBC durante la Segunda Guerra
Mundial y antes había sido testigo de la Guerra Civil Española,
entre 1936 y 1939 (su texto Homenaje
a Cataluña es
extraordinario), sitio en el que comenzó a separase definitivamente
del stalinismo y sus prácticas. En esa época Orwell
simpatizaba con los anarquistas españoles, con los que incluso llegó
a militar. Acaso aquí haya comenzado a surgir la idea de 1984
(que se publicaría
recién en 1949).
1984
es la distopía
perfecta. Sucede en el futuro. Y nada es como en el sueño original.
Inglaterra ya no existe como tal y en el mundo hay tres regiones
geopolíticas constantemente en guerra: Oceanía (con la Gran Bretaña
incluida), Eurasia y Asia Oriental. En ese lugar atroz, está
prohibido pensar libremente y ese es uno de los delitos: pensar. Para
eso está la Policía del Pensamiento: para controlarlo todo. Existe
un partido único que maneja y decide todos los derechos de los
habitantes. El Estado es omnipresente y vigila a sus súbditos a
través de una constante Telepantalla que está en todas partes: en
el trabajo, en las los lugares públicos, en las casas particulares.
Naturalmente, existe un partido único (inequívoca referencia al
Partido Comunista de la Unión Soviética y a Stalin)
que decide los destinos de la nación. Hay un Partido Exterior (los
burócratas estatales), Interior y los proles, que no le interesan a
nadie y constituyen la abrumadora mayoría. Los lemas partidarios son
también atroces, además de mentiras flagrantes y contradicciones
lógicas: "La guerra
es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la
fuerza". Ese Estado,
además, propone una especie de "neolengua": lo que ella no
denomina, no existe y no puede ser razonado. La propaganda es
abrumadora y permanente. Desde la pantalla, el Gran Hermano arenga a
las masas y explica las políticas de Estado, siempre perfectas.
Desde allí se propaga el fanatismo y los "dos minutos de odio"
diarios contra Emmanuel Goldstein, sin duda el "enemigo del pueblo"
que alguna vez fue compañero de ruta y revolucionario. Ahora es la
encarnación del demonio (la referencia a Trotsky,
cuyo verdadero nombre era Leon
Davidovich Bronstein,
parece obvia). Este Estado tiene sólo cuatro ministerios: el
Ministerio del Amor, que castiga a los réprobos y promueve el "amor"
por el Gran Hermano y por el partido, el Ministerio de la Paz (que se
ocupa de la guerra, que es constante), el Ministerio de la Abundancia
(en realidad de una economía de escasez permanente) y el Ministerio
de la Verdad, que se ocupa de reescribir la Historia, de contar
repetidamente lo "correcto" desde el punto de vista del presente,
que siempre debe coincidir con el pasado: la versión oficial del
relato estatal no puede equivocarse. Aquí trabaja el protagonista de
la novela, Winston Smith. Él es quien reescribe y destruye. Él se
ocupa de la "historia oficial". Él es quien advierte que todo es
falso. El Partido proclamaba: "El
que controla el pasado controla también el futuro. El que controla
el presente, controla el pasado".
Winston
se enamora de Julia. Ambos creen poder librarse de este Estado.
Sueñan con la posibilidad de la resistencia. Saben que pensar
libremente está prohibido. Pero lo intentan. Y fracasan. Los
traicionan, los encarcelan, los torturan, los delatan. Peor aún: los
obligan a delatarse. El Estado y el Partido los "educan". Ese
amor debía desaparecer. Iba en camino a no haber existido nunca. Ese
era el destino de quienes resistían: los "vaporizaban". Y con
ellos, su pasado. La Policía del Pensamiento los "quiebra"
lentamente. No importa qué es cierto. Importa el relato: dos más
dos es cinco. Es lo que sostiene el dogma. Al Partido le interesa que
adoren al Gran Hermano. Winston resiste. Le dice a O`Brien (uno de
los burócratas, el que le tiende la trampa) que se trata de algo
imposible, que no se puede organizar una sociedad sobre el miedo, el
engaño, la mentira oficial y la crueldad. Argumenta que el espíritu
del hombre los detendría. "No
sé, no me importa. De un modo o de otro fracasarán. Algo los
derrotará. La vida los derrotará",
asegura. Winston Smith, en algún momento del futuro, tendrá razón.
Pero O’Brien sigue adelante. No se trataba de la verdad. Winston
Smith debía amar al Gran Hermano. La verdad y la realidad no le
importan a nadie. Las ratas y la habitación 101 son espantosamente
persuasivas. Winston Smith amaba al Gran Hermano. Para siempre.
George
Orwell murió el 21 de
enero de 1950. Tenía 47 años y sufría, desde hacía mucho tiempo,
de tuberculosis. Una lápida en el cementerio de Sutton Courtenay,
Oxfordshire, Inglaterra, lo recuerda con su verdadero nombre, Eric
Arthur Blair.
Hay
muchas ediciones de 1984
de George Orwell.
En esta oportunidad hemos trabajado con una edición de Booket (un
sello editorial del Grupo Planeta) publicada en Buenos Aires en
febrero de 2011.