2013-10-08

Pequeño ensayo sobre la anticipación

George Orwell escribió mucho y bien. Pero 1984 acaso sea insuperable. Se trata de un texto fundamental que sitúa al lector frente a los peligros que implica (siempre, constantemente) un sistema totalitario para la libertad del hombre. Para la libertad en abstracto y para la libertad en concreto. No en vano en esa Londres mutilada y casi imperceptible el mayor de los crímenes es pensar. Winston Smith es, de muchas maneras, el último hombre en Europa. The last man in Europe fue el título original de la obra publicada en 1949 en los albores de la Guerra Fría.

Existen

palabras que son antitéticas. Utopía y distopía constituyen un

tándem inseparable. Desde los días de Tomás

Moro (1478-1535)

la idea de utopía

está asociada a la perfección, a la existencia de un universo

(social, político, económico) inmejorable. Ese mundo, ideal e

inalcanzable, no existe. Constituye, en todo caso, el mejor de todos

los sueños humanos posibles. La distopía es la negación de utopía.

Es la concreción palpable de un mundo espantoso, de una sociedad

insoportable, falaz y atroz. Una sociedad distópica sería aquella

que se ubica en las antípodas de ese sueño de justicia y libertad

que plantea la utopía. La utopía implica una búsqueda constante.

La distopía es la negación de esa búsqueda. La distopía, desde la

ficción, supone la aceptación de la represión y el totalitarismo.

El

británico George

Orwell (1903-1950)

participó de una utopía y plasmó, quizá como nadie (o tal vez

como Aldous Huxley

con Un mundo feliz,

de 1932) la distopía perfecta. Afiliado al espíritu que comenzó a

transitar su propio camino a partir de la Revolución Bolchevique de

1917, Orwell

no disimuló sus simpatías para con los movimientos revolucionarios.

En tanto periodista y escritor, viajó y contó lo que veía,

empezando por las miserias de la propia Inglaterra. Escribía y

describía. Las cuestiones sociales y políticas siempre formaron

parte de su biografía y de su hacer intelectual. Era un libre

pensador de izquierda. Trabajó en la BBC durante la Segunda Guerra

Mundial y antes había sido testigo de la Guerra Civil Española,

entre 1936 y 1939 (su texto Homenaje

a Cataluña es

extraordinario), sitio en el que comenzó a separase definitivamente

del stalinismo y sus prácticas. En esa época Orwell

simpatizaba con los anarquistas españoles, con los que incluso llegó

a militar. Acaso aquí haya comenzado a surgir la idea de 1984

(que se publicaría

recién en 1949).

1984

es la distopía

perfecta. Sucede en el futuro. Y nada es como en el sueño original.

Inglaterra ya no existe como tal y en el mundo hay tres regiones

geopolíticas constantemente en guerra: Oceanía (con la Gran Bretaña

incluida), Eurasia y Asia Oriental. En ese lugar atroz, está

prohibido pensar libremente y ese es uno de los delitos: pensar. Para

eso está la Policía del Pensamiento: para controlarlo todo. Existe

un partido único que maneja y decide todos los derechos de los

habitantes. El Estado es omnipresente y vigila a sus súbditos a

través de una constante Telepantalla que está en todas partes: en

el trabajo, en las los lugares públicos, en las casas particulares.

Naturalmente, existe un partido único (inequívoca referencia al

Partido Comunista de la Unión Soviética y a Stalin)

que decide los destinos de la nación. Hay un Partido Exterior (los

burócratas estatales), Interior y los proles, que no le interesan a

nadie y constituyen la abrumadora mayoría. Los lemas partidarios son

también atroces, además de mentiras flagrantes y contradicciones

lógicas: "La guerra

es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la

fuerza". Ese Estado,

además, propone una especie de "neolengua": lo que ella no

denomina, no existe y no puede ser razonado. La propaganda es

abrumadora y permanente. Desde la pantalla, el Gran Hermano arenga a

las masas y explica las políticas de Estado, siempre perfectas.

Desde allí se propaga el fanatismo y los "dos minutos de odio"

diarios contra Emmanuel Goldstein, sin duda el "enemigo del pueblo"

que alguna vez fue compañero de ruta y revolucionario. Ahora es la

encarnación del demonio (la referencia a Trotsky,

cuyo verdadero nombre era Leon

Davidovich Bronstein,

parece obvia). Este Estado tiene sólo cuatro ministerios: el

Ministerio del Amor, que castiga a los réprobos y promueve el "amor"

por el Gran Hermano y por el partido, el Ministerio de la Paz (que se

ocupa de la guerra, que es constante), el Ministerio de la Abundancia

(en realidad de una economía de escasez permanente) y el Ministerio

de la Verdad, que se ocupa de reescribir la Historia, de contar

repetidamente lo "correcto" desde el punto de vista del presente,

que siempre debe coincidir con el pasado: la versión oficial del

relato estatal no puede equivocarse. Aquí trabaja el protagonista de

la novela, Winston Smith. Él es quien reescribe y destruye. Él se

ocupa de la "historia oficial". Él es quien advierte que todo es

falso. El Partido proclamaba: "El

que controla el pasado controla también el futuro. El que controla

el presente, controla el pasado".

Winston

se enamora de Julia. Ambos creen poder librarse de este Estado.

Sueñan con la posibilidad de la resistencia. Saben que pensar

libremente está prohibido. Pero lo intentan. Y fracasan. Los

traicionan, los encarcelan, los torturan, los delatan. Peor aún: los

obligan a delatarse. El Estado y el Partido los "educan". Ese

amor debía desaparecer. Iba en camino a no haber existido nunca. Ese

era el destino de quienes resistían: los "vaporizaban". Y con

ellos, su pasado. La Policía del Pensamiento los "quiebra"

lentamente. No importa qué es cierto. Importa el relato: dos más

dos es cinco. Es lo que sostiene el dogma. Al Partido le interesa que

adoren al Gran Hermano. Winston resiste. Le dice a O`Brien (uno de

los burócratas, el que le tiende la trampa) que se trata de algo

imposible, que no se puede organizar una sociedad sobre el miedo, el

engaño, la mentira oficial y la crueldad. Argumenta que el espíritu

del hombre los detendría. "No

sé, no me importa. De un modo o de otro fracasarán. Algo los

derrotará. La vida los derrotará",

asegura. Winston Smith, en algún momento del futuro, tendrá razón.

Pero O’Brien sigue adelante. No se trataba de la verdad. Winston

Smith debía amar al Gran Hermano. La verdad y la realidad no le

importan a nadie. Las ratas y la habitación 101 son espantosamente

persuasivas. Winston Smith amaba al Gran Hermano. Para siempre.

George

Orwell murió el 21 de

enero de 1950. Tenía 47 años y sufría, desde hacía mucho tiempo,

de tuberculosis. Una lápida en el cementerio de Sutton Courtenay,

Oxfordshire, Inglaterra, lo recuerda con su verdadero nombre, Eric

Arthur Blair.

  • Hay

    muchas ediciones de 1984

    de George Orwell.

    En esta oportunidad hemos trabajado con una edición de Booket (un

    sello editorial del Grupo Planeta) publicada en Buenos Aires en

    febrero de 2011.

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