Wendy and Lucy (2008) de Kelly Reichardt
Esta directora de la cual podemos citar otros dos títulos que deben tenerse en cuenta: Old Joy (2006) y Meek`s Cutoff (2010), es una verdadera representante del cine independiente norteamericano. Y digo verdadera y también debería decir auténtica, ya que conviene separarla y distinguirla de una gran camada de cineastas predeciblemente independientes que rápidamente han pasado al olvido tras repetir incansablemente los mismos esquemas en la mayoría de las películas que años atrás hacían pensar en una renovación importante del cine norteamericano.
Para adentrarnos en "esa" forma particular de contar que tiene Reichardt, hay que decir que su puesta en escena, que a primera vista parece casi minimalista, despojada y que pudieran manifestar su sencillez de pretenciones, es de una rigurosidad y preparación ostensibles. Los travellings que inician y finalizan el metraje lo corroboran. Las elecciones de encuadres y la duración de los planos son las más apropiadas para mostrar eso que la directora quiere, que no es otra cosa que un sentimiento basado en una realidad, la de la crisis norteamericana de la era Bush Jr. que se percibe sin estridencias ni subrayados en cada esquina del pueblo/ciudad en la que Wendy debe quedarse más de la cuenta.
Un reloj electrónico made in Japan ha sonado y muchos se han despertado incómodos del sueño americano. Es así que esta pequeña anécdota de una chica que quiere llegar a Alaska en un auto inapropiado y con la única compañía de su perra, entronca y se sumerge en esa crisis que no es sólo económica. Hay, aparte del citado dúo que da nombre a la película, tres o cuatro personajes más, que dan fe de la crisis. Un vigilador de un estacionamiento de un shoping que está siempre vacío, un mecánico de autos tratando de vender sus servicios y un homeless devastado que colabora a darle cierta tensión a una escena en la que volvemos a apreciar la soledad y cierta tristeza de Wendy. Y lo apreciable y aplaudible es que nunca nadie lo menciona. Nunca hay un diálogo que nos explique aspectos como la caída del empleo y la baja del consumo. No sólo porque sería un flagrante error y torpeza de cualquier película, sino también porque traicionaría al personaje de Wendy, que casi no habla con nadie. Hay una sola mención del vigilador sobre su trabajo, al decir que es mejor que el que tenía antes (el actual es el de estar parado doce horas vigilando un estacionamiento de un shoping). Hay una importante cantidad de detalles que pone en escena la directora, pero muy atrás, en segundo plano dentro del plano, que muestran su aldea; una persona obesa en silla de ruedas eléctrica que pasa un par de veces al fondo del plano, el auto abollado del vigilador, el rostro de la mujer que lo acompaña, los cartoneros y los negocios casi vacíos.
Sólo un aniñado cuaderno personal de Wendy le alcanza a Reichardt para que sepamos de donde viene y adonde va, aunque en realidad nunca sabremos realmente si llegará o no a completar su itinerario. Sólo un plano y su perfecto contraplano le bastan para que entendamos lo que pasará entre Wendy y Lucy.
Párrafo aparte merece la exquisita actriz Michelle Williams y su composición de Wendy. Esta jóven que ha repetido con la directora en Meek`s Cutoff, es una de las grandes del cine mundial y le imprime a Wendy la necesaria mezcla de melancolía, fragilidad y determinación que la historia pide.
Tras ver y disfrutar de "Wendy and Lucy", me asoló el recuerdo de lo que podría ser su reverso: una película sobre un hombre y su perro; Richard Gere y Hachiko, el perro siberiano que espera a su amo por años en el lugar que lo vio por última vez. Un film cargado de golpes bajos, de adocenada puesta en escena, sólo recomendable para el programa de Virginia Lago.
Por Mariano Benito