Perfiles de Mary Shelley
Frankenstein.
El nombre, cualquiera sea la intención al pronunciarlo, provoca
connotaciones negativas. Él, que no eligió nacer como se encarga de
afirmar a lo largo de toda la novela, es un monstruo. Tiene la
apariencia de aquello que se ignora, de aquello que se desconoce.
Frankenstein, que aprende a ser un hombre a pesar de no serlo, o de
ser otra clase de "humano", escapa de la mesa quirúrgica de su
creador, que nunca le adjudica ningún nombre pero lo llama "bestia",
"demonio", "asesino" o "depravado", sólo puede hablar
sin problemas frente a un ciego. De él aprende. De él recibe
empatía y afecto. Pero él no lo ve. Ignora su aspecto. "Dos
metros, cuarenta centímetros de altura: es un cuerpo enorme. La piel
arrugada, amarilla, apenas cubre los músculos y arterias. El pelo
lustroso es negro, lacio. Los dientes blancos, como el marfil. Los
ojos son casi transparentes, vidriosos, de un blanco sucio. Tiene
labios finos y oscuros. Se parece a los cadáveres que, después de
diseccionar, los estudiantes tenían que ensamblar, lo mejor posible,
para un digno entierro",
describe Esther
Cross.
El "monstruo" es ágil, rápido y valiente, además. "El
cadáver endemoniado posee atributos humanos. Representa una barbarie
civilizada. Eso es lo peor",
arriesga. Víctor Frankenstein nunca aclara cómo fabricó a la
criatura. Su silencio es estruendoso. Su creación, no obstante su
origen, aprendería a pensar y a sentir.
Frankenstein,
de todas las maneras, es una obra de su época. La mujer que lo
inventó, también. Mary
Shelley
estaba predestinada a ser extraordinaria. Nació como Mary
Wollstonecraft Godwin
el 30 de agosto de 1797 (murió en 1851). Era hija de un intelectual,
William
Godwin
(que entre otros textos escribió Ensayo
sobre los sepulcros)
y de Mary
Wollstonecraft,
una feminista de avanzada. Pero la madre de Mary
murió a los diez días de producido el nacimiento. Su papá contrajo
matrimonio nuevamente y con el tiempo, cuando tenía 16 años, la
joven Mary
se fugó con un amigo de su padre, el poeta y escritor romántico
Percy
B. Shelley,
que ya estaba casado.
Más
allá de los datos, La
mujer que escribió Frankenstein,
el libro de Esther
Cross,
no es una biografía: es el retrato de una época (los días de Mary
Shelley)
en la que la medicina -sobre todo la cirugía- exigía cuerpos
(cadáveres) para estudiar y aprender. Y los cirujanos necesitaban
ladrones de cadáveres: muertos que "generaban" vida. Eso es
Frankenstein, el libro célebre y memorable de Mary
Shelley,
el monstruo, el moderno Prometeo, el que intentó regresar a los
hombres como un dios: el doctor Víctor Frankenstein, científico al
fin, intentó derrotar la muerte. Tras él, Mary
Shelley,
a la que no le faltaron ni pasiones ni inteligencias ni tragedias
personales. Mary
Shelley,
la misma que comenzó a garabatear este texto en la casa de Lord
Byron,
leía los escritos de su madre sobre su tumba en el cementerio de
Saint Pancras. Escribió la primera versión de Frankenstein en
1818. La segunda es de 1831. De esa mujer y de esos tiempos se ocupa
admirablemente Esther
Cross. "La
vida de Mary Shelley también estuvo asociada a los cementerios desde
la infancia. Vivió en un tiempo de ladrones de tumbas, disecciones y
coleccionistas de Anatomía, un tiempo romántico de morbo y culto a
la vida",
escribe Cross.
Cuenta, incluso, que fue en Saint Pancras donde Mary
y Percy
Shelley
se juraron amor eterno. Mary, cuenta Esther
Cross,
recuerda los días en los que apareció Frankenstein como "felices".
Frankenstein,
el libro, dicen los expertos, no sólo fabricó su propio contexto
sino que, además, inauguró el universo de la novela gótica o de la
actual ciencia ficción. No es casual que su argumento recupere
varias temáticas que en su tiempo estaban asociadas a las
discusiones académicas y científicas, desde el poder de la
electricidad hasta la Medicina, desde la vida misma, la muerte y
hasta la posibilidad de desafiarla. El propio Víctor Frankenestein,
el hacedor, es estudiante en la Universidad de Ingolstadt. Avanza
más allá de todo. Comete lo que los griegos llamaban "hybris".
Intentó (de hecho lo hizo) hacer aquello que sólo estaba al alcance
de los dioses. Pero la desmesura de Frankenstein, el aspirante a
científico, incluye su propia y particular némesis.
La
historia del libro surgió casi como una broma en casa de Lord
Byron,
amigo de las apuestas y la vida al límite, en 1815. Junto a ellos
estaba el médico de Byron,
John
Polidori,
que también allí contó su historia (El
vampiro).
Pero fue Mary
Shelley
la de la mejor de las ideas. Allí comenzó a imaginar seriamente a
Frankenstein. Ella concibió el concepto de que un hombre podía
animarse a generar vida a partir del uso de la ciencia y de la
tecnología. Frankenstein, como todo hombre culto de comienzos del
Siglo XIX, ama la ciencia y está al tanto de los últimos adelantos
de la química, el fenómeno de la galvanización y la electricidad,
la "disciplina" del momento. Pero Frankenstein, el monstruo, se
enoja con su creador y con su destino. Parecía humano pero no lo
era. Con toda seguridad, Víctor Frankenstein lo "armó" con
partes de cadáveres y a partir de impulsos eléctricos. Escribe
Esther
Cross
que en esa Inglaterra, el cirujano real se llamaba Sir Astley
Cooper.
Él, entre otros muchos, desde las sombras pero desde la obligación
y la necesidad, apadrinaba a las bandas de "resurreccionistas"
(así se llamaba a los ladrones de cadáveres). Hasta 1832 sólo los
condenados a la horca iban a parar, legalmente, a las manos de
anatomistas y cirujanos. Todos sabían de donde salía el resto de
los cadáveres. "No
había anestesia y los médicos tenían que ser rápidos como magos.
Un buen cirujano podía abrir, encontrar, extirpar cálculos y coser
en quince minutos. Cada minuto que se salvaba era importante porque
el dolor podía matar al paciente. También ponía a prueba la salud
mental del médico",
asegura Cross.
Luego de 1832 los cuerpos de los que morían en la calle, los pobres
y los indigentes, reemplazaron a los ahorcados.
Frankenstein,
la criatura, es abandonado miserablemente por su creador. Escapa y se
venga. Aprende mirando y escuchando. Sigue al atormentado científico.
Lo sigue siempre. Quiere sólo una cosa: una mujer igual a él. Su
monólogo frente al doctor, en las montañas, es memorable. Le cuenta
sus penas y las formas en las que, lentamente, se convirtió en un
hombre pese a no serlo. La criatura sabe leer. Piensa. Argumenta.
Entiende. Sufre. Primero mata a William, el hermano pequeño de
Víctor. Justine, casi un miembro de la familia Frankenstein, es
condenada injustamente. Frankenstein, el doctor, crea una mujer igual
a la criatura. Pero la destruye, aterrado. Frankenstein, el monstruo,
entonces, mata a Elizabeth, la prometida de Frankenstein científico.
Luego asesina a su amigo, Henry Clerval. El padre de Víctor muere de
tristeza infinita. Creador y criatura están solos y se persiguen. No
se sabe quién escapa de quien. El perseguidor y el perseguido se
confunden ("Estoy
en busca de alguien que huía de mí",
le dice el doctor al capitán Walton). El monstruo, cuenta Walton,
llora la muerte de su creador en el Polo Norte. Luego se arroja al
agua. Es lícito suponer que mueren ambos. Pero Víctor ya ha contado
la historia. Y esa es la eterna justificación de Mary
Shelley.
El
libro de Esther
Cross
no sólo es buenísimo en sí mismo y por sus propias virtudes. Lo
es, además, porque casi obliga a releer Frankenstein. O a leerlo,
directamente. Cada lectura o cada relectura son únicas e
intransferibles. No se trata de la única interpretación posible
para repasar las peculiaridades de la vida de Mary
Shelley, cuya
producción literaria avanzó mucho más allá de Frankenstein, su
obra más conocida. Pero es cierto que la muerte y sus arrabales
forman parte de su biografía intelectual. Es indispensable recordar
que a los 26 años habían muerto dos de sus hijos y que a los 29 ya
era viuda. La mirada (una de ellas) de Esther
Cross
avanza en este sentido. Dice: "En
las mesas de disección, los anatomistas leen, cuestionan,
interpretan los cuerpos. En su mesa de trabajo, Mary
Shelley
mira al profesor de Anatomía y a sus alumnos, disecciona la
disección. Escribe la historia de un cuerpo hecho de partes
ensambladas por medio de suturas, sobre cuerpos trastornados y
trasplantes. La escritora une en su escritorio lo que el hombre ha
desunido en las mesas de Anatomía. Los cirujanos abren y cortan, el
doctor Frankenstein cose. Percy
B. Shelley
corrige los borradores".
El mérito, sin duda, es todo de Mary.
Absolutamente.
La
mujer que escribió Frankenstein.
Esther
Cross,
Emecé, Buenos Aires, 2013.