César debe morir (2012), de Paolo y Vittorio Taviani
Lo primero que vemos es una obra de teatro. Los ángulos de cámara son cerrados, primeros planos de Bruto, el asesino de César, que le pide a varios amigos que lo ayuden a morir. Después la cámara toma vistas más abiertas, descubrimos al público en la platea que aplaude al final, a los actores que saludan con la tradicional venia para luego saltar de alegría y gritar de satisfacción.
Esta extraña forma de agradecer no parece la de profesionales del retablo. Es el primer indicio de que estamos ante algo distinto. Luego, un par de guardias explican con su sola presencia que esa obra de teatro, esa obra de Shakespeare, es interpretada por presos de un penal de alta seguridad de Rebibbia, en las afuera de Roma.
Los famosos y ya octogenarios directores Paolo y Vittorio Taviani, se instalaron en el penal junto al director teatral y del taller de actuación para reclusos, Fabio Cavalli para filmar durante unos seis meses, la preparación de la puesta de "Julio César". Todos los intérpretes son reclusos que cumplen condenas que van de 14 años a perpetua. Una de las primeras escenas nos muestra el casting, y ya ahí se despierta el interés por seguir viendo. Una de las primeras y agradables impresiones tiene que ver con la fuerza e intensidad de la mirada del preso que interpreta a Bruto. Su desempeño en esta versión es deslumbrante, imprescindible y necesario en tanto en su existencia como actor y como hombre/preso, nos da la exacta dimensión de lo que el arte puede ser para el ser humano.
La película es una mezcla entre ficción y documental, aunque preferiría decir que los Taviani la pensaron como ficción a partir de un par de hechos de la realidad. Y lo que mejor les sale a los viejos maestros, es la toma documental de los ensayos con puesta de cámara de ficción. Parece un embrollo y así debe ser este fascinante territorio donde las etiquetas real/ficticio no bastan, pero es fácil entender la apuesta de los directores: buscar cuanto hay en la obra de Shakespeare y de su drama humano más exaltado, en esos pasillos, esas ventanas, esos patios alambrados por los que estos hombres que penan, declaman lo que la historia les dejó.
Mucha gente a esta altura, tal vez piense que los mejores momentos del film son aquellos en los que nos muestran a estos personajes que habitan la soledad y el encierro en sus cotidianeidades, o en las anécdotas de sus vidas como actores. Todo lo contrario. Para conocerlos, nos basta con los carteles al inicio que sobreimprimen sobre sus expresivos rostros en blanco y negro, que indican por qué están presos y cual es su condena. Lo intenso, la verdad, el arte, la emoción, están en los parajes de la obra, en el texto de Shakespeare hecho carne en esa otra situación, en ese otro retablo que son los pasillos, el patio, las ventanas de la cárcel.
Pero tampoco es, ni quiere serlo, un film sobre el aparato penitenciario romano, o sobre el submundo carcelario. No hace falta. En una escena tal vez demasiado artificial, uno de los reclusos, al final, después del estreno y volviendo al encierro, dice a cámara: "Desde que conozco el arte, esta celda se ha convertido en una prisión".
Por Mariano Benito