2013-07-14

"No" (2012), de Pablo Larraín

En su cuarta película, el joven director chileno vuelve a escarbar en las arenas pantanosas de la última dictadura militar que sufrió nuestro hermano país vecino durante dieciséis años y medio; esta vez, a partir de una historia que transcurre durante los días previos al plebiscito que decidió el fin de la dictadura de Pinochet. Su visión no es épica ni heroica. Es bastante cínica, como lo es en fin, la publicidad.

Pablo Larraín es uno de los máximos responsables del buen momento que el cine chileno está viviendo a nivel nacional y fundamentalmente internacional. Las películas que desde hace poco más de una década se están haciendo allí, recorren con éxito los más prestigiosos festivales del mundo. "NO", fue premiada en el festival de Cannes del 2012, y representó a Chile en la última entrega de los Oscar en la categoría de mejor película de habla no inglesa. De no haber estado en dicha competencia la excelente "AMOUR" del austríaco Michael Haneke, probablemente la estatuilla hubiese sido chilena.

Se ha hablado mucho de los riesgos estéticos que asumió el director al rodar su película en un formato de video de los años 80 llamado U-MATIC, renunciando a las bondades que hoy ofrece el video digital de alta definición, o la todavía viva película de 35 milímetros. Lo cierto es que el riesgo ha dado sus frutos ya que la principal conclusión a la que se llega en éste aspecto, es que uno llega a confundirse y no saber bien- a veces- cuales de las imágenes son de archivo y cuales, las que se han hecho para el film.

Sin embargo, creo que el mayor riesgo al que se somete Larraín, tiene que ver con la mirada que le imprime a esta adaptación de una obra de teatro inédita de Antonio Skármeta, llamada "El Pebiscito". A poco de uno estar viendo la película, ya sabe el final: la victoria del NO en el plebiscito de 1988 que devino en el llamado a elecciones y al comienzo de la transición democrática. Hay que decir que conocer el resultado final del plebiscito de antemano, no le quita al relato ni un ápice de tensión; y es que ésto, es lo menos importante de lo que nos quiere decir Larraín.

La estrella latinoamericana (y algo más) Gael García Bernal, interpreta al publicista René Saavedra, un joven que tras haber estado exilado en México, vuelve a su país a trabajar en una prestigiosa agencia de publicidad, perteneciente a un fervoroso admirador del modelo chileno de Augusto Pinochet. Un dirigente comunista lo tienta para que se haga cargo de la campaña por el No, René acepta, y allí se pone en marcha la trama del film.

Su mirada deja al final de la proyección, un sabor semiamargo. La utilización de los métodos de la publicidad para ganarle al tirano, desnaturaliza y hasta banaliza los genuinos deseos de gran parte de la población chilena de que la dictadura se termine. Uno de los personajes, un dirigente de la concertación perteneciente a un partido de izquierda, se opone con vehemencia a la campaña que pergeña René Saavedra. Lo putea y termina yéndose de la reunión en la que el joven publicista muestra a sus clientes los pormenores de una campaña que se olvida del dolor de tantos años de muerte y tortura. René muestra en sus spots a chilenos que apuestan por la alegría y por el futuro, poco se dice en los spots sobre los muertos y desaparecidos. René utiliza los recursos y la lógica del lenguaje publicitario; el mismo que se emplea para vender un auto o un paquete de galletitas. René quiere ganar más por razones profesionales (que no económicas) que políticas. Su personaje parece ensimismado y obsesionado por los recursos que la publicidad le da para cambiar una situación, que por la situación misma. No es que sea apoítico o que no asuma riesgos (su posición en la agencia atraviesa momentos de gran tensión, ya que su jefe termina encargándose de la campaña por el Si a Pinochet); René cree en su trabajo y cree que es la única manera de lograr un cambio. Es por eso que algunas lecturas sobre la película, hablan de la permanencia del modelo de Pinochet, aún sin su presencia. Y algo de cierto hay en eso.

La publicidad en campañas políticas, es algo que ha crecido exponencialmente en el mundo. Nos hemos acostumbrado a ver a políticos/actores que pretenden no ser aburridos, o que quieren que los sigamos a un oculto infierno tentador o que desde un ring nos incitan a pelear por nuestros derechos. Nadie se salva de esos momentos, a veces ridículos, de los que, contrariamente a lo que dice el dicho: "se vuelve". Pocos años después de que René hiciera campaña mostrando a chilenos alegres y felices que dicen NO, aquí los políticos iban a la cama con Moria.

Larraín bien podría haber hecho una película en la que "el joven exiliado vuelve a su país para luchar contra el asesino, utilizando las armas del relato publicitario y de la mancomunión de todo un pueblo"; final en donde la muchedumbre lo carga en andas y todos terminan festejando en las calles de Santiago. Sin embargo, al final casi todos festejan, pero el genio publicista sólo observa a la muchedumbre y se prepara para generar una nueva campaña de bebidas gaseosas.

Por Mariano Benito

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