2013-06-16

Tres años de dolor

"Todos los días lo espero", "es un dolor interminable", "voy a sufrir toda la vida", "es muy duro, insoportable". Pasaron tres años desde que el Estado rionegrino mató a Diego Bonefoi, Sergio Cárdenas y Nicolás Carrasco. El tiempo no cierra las heridas, y el recuerdo, en fechas como la de hoy, crece. Mariela, Karina y Carmen, buscan todavía respuestas; en la Justicia, y en lo profundo de cada una de sus vidas, para entender cómo y por qué en un instante les arrebataron parte de lo más querido. ANB charló con las tres.

Karina

"En esta fecha se hace especialmente duro, pero los familiares lo recordamos continuamente, en todo momento". Karina Riquelme pasó la tarde del domingo pegando afiches en las paredes de la fría Bariloche. Carteles que reclaman justicia y piden, en realidad, no olvidar. Se lo piden a una sociedad que "en muchos momentos nos dejó solos. No sé si la gente se enteró que acá mataron a tres personas", dice Karina, las manos con engrudo.

Para ella, esposa de Sergio Cárdenas, junio es un mes especialmente duro. El 11 su esposo hubiese cumplido años, el Día del Padre sus hijos vuelven a hacer las mismas preguntas, y el 17 se mezclan la fuerza que da la lucha por la causa justa y la angustia de sumar un año al almanaque. "Se me cambia el humor estos días, me agarra mucha nostalgia", confía.

Desde que la Policía mató a Sergio, ella y sus chicos tienen acompañamiento psicológico que los ayuda a seguir adelante.

"Me gustaría que la gente sepa quién era él, cómo era, lo buen padre que era", repite

En medio del dolor y la tarea de estampar en las paredes la imagen de Sergio, en afiches que piden no olvidar, se acuerda de la Justicia. "Unos días antes del 17 de junio siempre hace algún movimiento, a propósito, como para que nos quedemos tranquilos. Pero yo hasta que no me siente cara a cara con los responsables y escuche que los condenen, voy a seguir. Lo voy a seguir hasta el final", dice convencida.

La presentación de la pericia que confirma que una bala policial mató a su marido "es un primer paso", pero "hay que espera. Hubo ya muchas idas y vueltas", recuerda.

Pero las heridas no cierran, y "todos los días espero a Sergio", confiesa.

Carmen

Carmen Curaqueo se aferró al cielo. O a Cielo, para mejor decir. Un nacimiento después de la muerte, la volvió a la vida. Su hija Cielo, de sólo 1 año y 4 meses, es -además de sus otros hijos-, la razón de su fuerza cotidiana. Es que el "dolor por la muerte de Nino no termina nunca".

Nicolás Carrasco tenía 16 años. "Era un adolescente, tenía toda la vida por delante. Me lo arrebataron, en menos de un minuto no tenía a mi hijo", se lamenta.

Muchas veces sintió que las fuerzas la abandonaban porque "parte de mi vida se fue con él. Lo esperaba siempre, los últimos años, y lentamente me voy dando cuenta que no va a volver".

Su familia "nunca se volvió a construir", porque "ese espacio no se llena con nada". Pero volver a cambiar pañales, sus otros hijos, Nahomi -su nietita de cuatro años-, y una fuerza que nace del dolor la mantienen en alto.

Cielo "nos volvió la esperanza", resume.

Los meses posteriores a que una bala de la Policía matara a Nino "fueron terribles. A todo el dolor le sumamos la crítica de la sociedad. Nos juzgaron, dijeron que todos éramos iguales. Todo cambió, en lo laboral y personal. Se juzgó mucho a la familia en esos días. Hasta mis propios compañeros de trabajo, juzgaron. Se jugó con los sentimientos de una mamá, y una compañera", aún se lamenta.

La posibilidad que la Justicia pueda determinar quién asesinó a Nicolás "trae un poco de tranquilidad, aunque la angustia siempre está".

"Esperemos que no sea como otro 17, que se muestra algún avance unos días y después se para todo", pide, y deja en claro: "Que haya Justicia y que condenen a los asesinos, nos traerá algo de tranquilidad. Paz, no. Un hijo es un hijo, y ese espacio queda vacío siempre", por más aferrada al Cielo que ahora le reclama su atención.

Mariela

La madrugada del 17 de junio, el cabo de la rionegrina, Sergio Colombil, le pegó un balazo en la cabeza al chico Diego Bonefoi. La vida, desde ese momento, se encargó, cotidianamente, de repetirle a Mariela que la muerte de su hijo no sería la única desgracia que iba a tener que afrontar. "Estamos destruidos. Seguimos destruidos", se lamenta.

Gritos de chicos. Muchos. "No, no soy Mariela, soy su hijo. Mi mamá salió y le agarramos el celular". Sería el de 16, o el de 13 o el más chiquito de 6 años. La tarde del domingo estaba llena de chicos en la casa de Mariela. Como casi siempre. Muchos chicos, menos Diego.

"El dolor lo llevo siempre, y cada vez es más doloroso. Me siento muy sola -dice, rodeada-, no sé de dónde saco las fuerzas".

Mariela tiene seis hijos, está separada y el apellido de muchos de sus chicos está impreso con sangre en la conciencia del sentido común medio pelo barilochense. "Hablan sobre mi familia, no se dan cuenta que tengo chicos chiquitos y les hace mal", se queja. Hasta perdió su trabajo como becada de la Provincia. "Después de la pérdida de Diego se destruyó todo", resume con dolor.

En su casa, en esta tarde de domingo anterior al tercer aniversario del asesinato, se escuchan los juegos y gritos de los nenes. Por eso habla poco, pausado, busca un rincón para mencionar el dolor sin ser escuchada. "Como mamá, pago la condena más dura", susurra.

Mariela no marcha junto a otros familiares reclamando Justicia. Las diferencias con su ex marido, la estigmatización, pudieron más. Hace un año, colocó una placa con el nombre de Diego, en una calle del barrio. Pero ahora, "me siento muy sola... muy sola", repite. (ANB)

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