2013-05-18

El baile de la sabiduría

No es absurdo suponer que el comisario Salvo Montalbano tiene ganado un lugar de privilegio junto a otros grandes protagonistas de la novela negra. Nadie se asombraría si dentro de un tiempo una foto imaginaria lo retratara tomando un gimlet junto a Philip Marlowe y colegas de su generación como Kurt Wallander, Kostas Jaritos, Harry Bosch, Erlendur Sveinsson o Harry Hole. La décima novela de Andrea Camilleri lo enfrenta con varias situaciones complejas: las metáforas que generan ciertas imágenes, las mujeres, su edad y la desaparición del inspector Fazio, uno de sus más directos colaboradores. Se llama La danza de la gaviota.

Ya

no es novedad que Andrea

Camilleri

y su extraordinario personaje, el comisario Salvo Montalbano, están

de vuelta y no requieren de prólogo alguno. Tampoco es indispensable

anotar que se trata de un policía cultísimo, de un lector ávido y

de un tipo que es amante "oficial" de la buena gastronomía

italiana. Ni siquiera es necesario recordar que sus aventuras

transcurren en Vigata, una ciudad que nunca existió, que se ubica en

una provincia, Montelusa, que tampoco existió jamás. Ambas, sin

embargo, acercan el aroma, las melancolías, los recuerdos, las

esquinas, los insultos y los atardeceres de dos sitios que hace

cientos de calendarios que figuran en el mapa: Porto Empédocle

(ciudad en la que nació Camilleri en 1925), provincia de Agrigento,

vocablos misteriosos que remiten al Imperio Romano (y a las

"biografías" de Asterix y Obelix...) y a denominaciones como

"Mare Siculum", "Mare Ionium" o "Sardinia".

Pero

como la ficción y la Literatura son disciplinas insuperables, suelen

conseguir lo imposible: desde el año 2003 la pequeña metrópoli se

llama, y también oficialmente, "Porto Empédocle Vigata" en

honor al dúo Camilleri/Montalbano,

sus "habitantes" más célebres. Y eso que la ciudad se llamaba

como se llamaba en homenaje a su "anterior" habitante más

"ilustre", el filósofo Empédocles

(que había nacido allí en el 495 a.C) cuando Agrigento era parte

del universo de la Magna Grecia. Y para que todo sea como debe ser,

desde el 2009 hay una estatua que homenajea a Montalbano. El detalle

nominal parece no ser menor, tanto como otra singular coincidencia

que incluye a otro detective y a otro autor, ya canónicos y clásicos

como también lo serán Camilleri

y Montalbano: Arthur

Conan Doyle

y Sherlock Holmes.

La

ciudad es otra, Londres, pero el fenómeno -con la salvedad de que

fue inaugural- es similar. Gilbert

Chesterton

había observado que Londres le debía una estatua a Holmes porque la

antigua capital imperial no tenía secretos para él. Ese particular

"acto de justicia" chestertoniano tardó mucho tiempo en hacerse

realidad, desde los años ’20 del siglo pasado hasta no hace

demasiados años: la estatua de Sherlock Holmes estuvo en su lugar en

septiembre de 1999. Como todo tiende a la perfección, el monumento

no podía estar en otro sitio que no fuera las vecindades del 221B

Baker Street, precisamente en Marylebone, la estación de trenes más

próxima a la mítica morada de Holmes y Watson, quienes "vivieron"

allí entre 1881 y 1904. Porto Empédocle y Londres han decidido

distinguir eternamente a la literatura, que de manera directa ha

sido, en estos dos casos, un modificador de disciplinas tan

aparentemente antagónicas de las letras como la Cartografía o la

Geografía.

Más

allá de toda circunstancia, la décima novela del comisario de

Vigatá (que se acerca a los sesenta años) responde a todas las

expectativas, las del género y las de la saga en particular.

Montalbano es una estrella: como sucede en la vida real, en la novela

también el actor Lucca

Zingaretti interpreta

al comisario, que no sólo evita hablar de él sino también

acercarse a los lugares donde se filman las acciones; y así como en

La

edad de la duda

Montalbano sueña su propia muerte y sus propios funerales, en La

danza de la gaviota

todo comienza con una danza macabra. Desde su casa en la playa ve

morir una gaviota y sus estertores le hacen imaginar una escena de

baile programada, organizada y ensayada. El acontecimiento lo

perturba durante todo el libro, cuyo enigma se centra en la

desaparición, misteriosa y furtiva, de Fazio, quizá su ayudante más

confiable.

La

trama, que en algunos momentos (y como siempre sucede) es hasta

surrealista, adopta los bemoles que todos los lectores de Camilleri

ya conocen y esperan. Las dudas metafísicas del comisario, su

relación con las mujeres, con su propia vejez, sus almuerzos

silenciosos, sus enojos monumentales, las burlas respecto a la

burocracia policial y sus ineptitudes, la delgada línea de la que

depende, muchas veces, si se conoce la verdad o no, si se denuncian

corrupciones oficiales o si se hace justicia, están presentes en el

texto, en el que los personajes, desde Catarella hasta el médico

forense Pasquano, pasando por Livia, la eterna novia de Montalabano

que vive en Génova, son adorablemente reconocibles en sus

psicologías y comportamientos particulares. Y de manera notable,

Camilleri

logra que todo tenga sentido. La repentina ausencia de Fazio complica

la investigación precisamente porque un tipo de esas características

jamás se desvanece en el aire: su talento se debe, entre otras

razones, a su espíritu detallista, a cierto apego a las reglas. Si

no ofrece señales de vida, la situación es preocupante. Y allí

están Montalbano y toda la comisaría de Vigatá para desenrollar la

madeja, que presumiblemente es mucho más compleja. En dos palabras

le dice y le miente Montalbano su jefe, Boneti- Alderighi: "...Como

había recibido un soplo sobre un probable tráfico de droga en el

puerto, encargué al inspector jefe Fazio que fuera a echar un

vistazo. Por lo que hemos sabido, en cuanto Fazio llegó, le

dispararon y resultó herido en la cabeza, tras lo cual se lo

llevaron. Nos enteramos, por una llamada anónima, de que habían

visto a Fazio con dos hombres en los parajes de los tres pozos...".

La

danza de la gaviota

se lee vorazmente, lo que parece ser una buena y mala noticia al

mismo tiempo. Pero aún no es todo. Todavía hay cinco libros en

italiano de Andrea

Camilleri

que esperan los buenos oficios de la traducción castellana para que

Montalbano pueda seguir recorriendo sus propios silencios. Y queda

Riccardino,

una especie de obra póstuma que Camilleri,

irónica y genialmente, ha explicado como una solución impecable

para cuando su Alzheimer sea "irreversible". Textual, de acuerdo

a lo publicado por La

Repúbblica

de Palermo en noviembre de 2006: "Ho

dato Riccardino

alla

casa editrice solo a questa condizione: che venisse tirato fuori

quando l’alzheimer per me sarà irreversibile. Intanto, con le

facoltà di intendere e di volere intatte, mi diverto a inventare

nuove storie".

  • La

    danza de la gaviota.

    Andrea

    Camilleri,

    Salamandra, Barcelona, España, 2012.

Te puede interesar