El baile de la sabiduría
Ya
no es novedad que Andrea
Camilleri
y su extraordinario personaje, el comisario Salvo Montalbano, están
de vuelta y no requieren de prólogo alguno. Tampoco es indispensable
anotar que se trata de un policía cultísimo, de un lector ávido y
de un tipo que es amante "oficial" de la buena gastronomía
italiana. Ni siquiera es necesario recordar que sus aventuras
transcurren en Vigata, una ciudad que nunca existió, que se ubica en
una provincia, Montelusa, que tampoco existió jamás. Ambas, sin
embargo, acercan el aroma, las melancolías, los recuerdos, las
esquinas, los insultos y los atardeceres de dos sitios que hace
cientos de calendarios que figuran en el mapa: Porto Empédocle
(ciudad en la que nació Camilleri en 1925), provincia de Agrigento,
vocablos misteriosos que remiten al Imperio Romano (y a las
"biografías" de Asterix y Obelix...) y a denominaciones como
"Mare Siculum", "Mare Ionium" o "Sardinia".
Pero
como la ficción y la Literatura son disciplinas insuperables, suelen
conseguir lo imposible: desde el año 2003 la pequeña metrópoli se
llama, y también oficialmente, "Porto Empédocle Vigata" en
honor al dúo Camilleri/Montalbano,
sus "habitantes" más célebres. Y eso que la ciudad se llamaba
como se llamaba en homenaje a su "anterior" habitante más
"ilustre", el filósofo Empédocles
(que había nacido allí en el 495 a.C) cuando Agrigento era parte
del universo de la Magna Grecia. Y para que todo sea como debe ser,
desde el 2009 hay una estatua que homenajea a Montalbano. El detalle
nominal parece no ser menor, tanto como otra singular coincidencia
que incluye a otro detective y a otro autor, ya canónicos y clásicos
como también lo serán Camilleri
y Montalbano: Arthur
Conan Doyle
y Sherlock Holmes.
La
ciudad es otra, Londres, pero el fenómeno -con la salvedad de que
fue inaugural- es similar. Gilbert
Chesterton
había observado que Londres le debía una estatua a Holmes porque la
antigua capital imperial no tenía secretos para él. Ese particular
"acto de justicia" chestertoniano tardó mucho tiempo en hacerse
realidad, desde los años ’20 del siglo pasado hasta no hace
demasiados años: la estatua de Sherlock Holmes estuvo en su lugar en
septiembre de 1999. Como todo tiende a la perfección, el monumento
no podía estar en otro sitio que no fuera las vecindades del 221B
Baker Street, precisamente en Marylebone, la estación de trenes más
próxima a la mítica morada de Holmes y Watson, quienes "vivieron"
allí entre 1881 y 1904. Porto Empédocle y Londres han decidido
distinguir eternamente a la literatura, que de manera directa ha
sido, en estos dos casos, un modificador de disciplinas tan
aparentemente antagónicas de las letras como la Cartografía o la
Geografía.
Más
allá de toda circunstancia, la décima novela del comisario de
Vigatá (que se acerca a los sesenta años) responde a todas las
expectativas, las del género y las de la saga en particular.
Montalbano es una estrella: como sucede en la vida real, en la novela
también el actor Lucca
Zingaretti interpreta
al comisario, que no sólo evita hablar de él sino también
acercarse a los lugares donde se filman las acciones; y así como en
La
edad de la duda
Montalbano sueña su propia muerte y sus propios funerales, en La
danza de la gaviota
todo comienza con una danza macabra. Desde su casa en la playa ve
morir una gaviota y sus estertores le hacen imaginar una escena de
baile programada, organizada y ensayada. El acontecimiento lo
perturba durante todo el libro, cuyo enigma se centra en la
desaparición, misteriosa y furtiva, de Fazio, quizá su ayudante más
confiable.
La
trama, que en algunos momentos (y como siempre sucede) es hasta
surrealista, adopta los bemoles que todos los lectores de Camilleri
ya conocen y esperan. Las dudas metafísicas del comisario, su
relación con las mujeres, con su propia vejez, sus almuerzos
silenciosos, sus enojos monumentales, las burlas respecto a la
burocracia policial y sus ineptitudes, la delgada línea de la que
depende, muchas veces, si se conoce la verdad o no, si se denuncian
corrupciones oficiales o si se hace justicia, están presentes en el
texto, en el que los personajes, desde Catarella hasta el médico
forense Pasquano, pasando por Livia, la eterna novia de Montalabano
que vive en Génova, son adorablemente reconocibles en sus
psicologías y comportamientos particulares. Y de manera notable,
Camilleri
logra que todo tenga sentido. La repentina ausencia de Fazio complica
la investigación precisamente porque un tipo de esas características
jamás se desvanece en el aire: su talento se debe, entre otras
razones, a su espíritu detallista, a cierto apego a las reglas. Si
no ofrece señales de vida, la situación es preocupante. Y allí
están Montalbano y toda la comisaría de Vigatá para desenrollar la
madeja, que presumiblemente es mucho más compleja. En dos palabras
le dice y le miente Montalbano su jefe, Boneti- Alderighi: "...Como
había recibido un soplo sobre un probable tráfico de droga en el
puerto, encargué al inspector jefe Fazio que fuera a echar un
vistazo. Por lo que hemos sabido, en cuanto Fazio llegó, le
dispararon y resultó herido en la cabeza, tras lo cual se lo
llevaron. Nos enteramos, por una llamada anónima, de que habían
visto a Fazio con dos hombres en los parajes de los tres pozos...".
La
danza de la gaviota
se lee vorazmente, lo que parece ser una buena y mala noticia al
mismo tiempo. Pero aún no es todo. Todavía hay cinco libros en
italiano de Andrea
Camilleri
que esperan los buenos oficios de la traducción castellana para que
Montalbano pueda seguir recorriendo sus propios silencios. Y queda
Riccardino,
una especie de obra póstuma que Camilleri,
irónica y genialmente, ha explicado como una solución impecable
para cuando su Alzheimer sea "irreversible". Textual, de acuerdo
a lo publicado por La
Repúbblica
de Palermo en noviembre de 2006: "Ho
dato Riccardino
alla
casa editrice solo a questa condizione: che venisse tirato fuori
quando l’alzheimer per me sarà irreversibile. Intanto, con le
facoltà di intendere e di volere intatte, mi diverto a inventare
nuove storie".
- La
danza de la gaviota.
Andrea
Camilleri,
Salamandra, Barcelona, España, 2012.