Paul Thomas Anderson, director de cine
En el panorama de la industria cinematográfica actual de los EE.UU, hay muchos directores de cine pero pocos autores. La gran mayoría de ellos prestan sus servicios a proyectos de grandes estudios que sólo buscan la rentabilidad económica. Son casi todos (en el mejor de los casos), hábiles artesanos que consiguen amalgamar las partes para lograr un conjunto eficaz que rápidamente se consume y con mayor velocidad, se olvida.
Pasaron ya los tiempos de las vacas gordas (décadas del 30, 40 y 50); y, de aquellos maestros que irrumpieron en los 70 como Martin Scorsese, Francis Ford Copola o Woody Allen, sólo queda el recuerdo de sus grandes obras, cada vez mas empañado por la pobreza de sus últimas películas.
La revista Entertainment Weekly ha publicado una lista con los 25 mejores directores de cine que se encuentran activos trabajando en la actualidad. Y dice bien "trabajando", que es en realidad lo que la mayoría hace, ya que apenas un puñado entre los que rescato a Los Cohen, Michael Mann, David Fincher, Clint Eastwood y Tim Burton, se dedican a dirigir películas.
Otro de los mencionados, al cual separo del pelotón, es Paul Thomas Anderson. Director y guionista de seis películas para guardar bien guardadas y no olvidarse de cada tanto, volver a verlas.
No puedo hacer en esta columna un análisis pormenorizado de todos, pero a modo de juego y para probarme, haré una suerte de tweteo de 140 caracteres por película (parece una tontera, y seguramente lo sea, pero me viene bien como excusa y así poder hablar de las seis grandes películas de PT Anderson).
Hard Eight o Sidney (1996).
Opera prima de Anderson. Un extraño hombre empeñado en ayudar a otro. Casi al final se devela el por qué. El entramado argumental es elaborado y sigue muy bien todos los pasos del suspenso, aunque aquí estamos frente a un drama. Y ese drama tiene cara y se llama "Sidney"; un apostador profesional de casinos que lleva a cuestas y perfectamente enmarcado en un rostro como el del brillante actor Philip Baker Hall, una tragedia del pasado. La rutinaria vida de los hoteles casino en Las Vegas o Reno, las muchachas fáciles y tristes que buscan una oportunidad en sus vidas y por primera, pero no por última vez, un director que sabe retratar a su país, sin pena ni gloria. También es la primera, más no la última, película de personajes fuertes de esa promesa llamada P.T. Anderson.
Boogie Nights (1997).
Y volvemos a tres constantes del cine de Anderson: los personajes fuertes, la intensidad en las relaciones humanas y el perfecto retrato de una sociedad y un acertado apunte sobre los estadounidenses: la importancia de tenerla más grande que nadie. Un film sobre un realizador audiovisual que cree ser director de cine (en su caso de películas porno), y que logra manipular con eficacia a su florida tribu. Si bien no se explicita que esta obsesión pudiera ser la de quien se sienta en el sillón principal de la Casa Blanca, la pintura de ese grupo humano que hace películas de penetraciones carnales, bien puede ser metáfora de la política internacional de los últimos setenta años. Lo bueno de los buenos directores de cine, es cuando nos están diciendo algo sin que nos demos cuenta que nos están diciendo algo.
Magnolia (1999).
Varios personajes Andersonianos en un día normal de la (en principio) soleada California, se conectan sin fisuras gracias al inteligente libreto que el director pergeña. Una historia coral, en la que una vez más, asistimos al microscopio de PTA y vemos como se comporta esta modélica sociedad. Un policía que pierde su pistola, una cocainómana que alguna vez fue abusada por su padre, quien a su vez conduce un programa de TV de preguntas y respuestas, preguntas que él deberá contestar, al igual que un niño brillante con un (otro) padre feroz, tan feroz como el padre (Jason Robards) que abandonó a su hijo Tom Cruise, y que hoy pretende que su enfermero llorón lo traiga a casa, mientras su jóven esposa se da cuenta que está enamorada de él. Casi al final, llueven ranas en las calles californianas.
Embriagado de amor / Punch Drunk Love. (2002).
¿Tal vez la mejor? Es muy subjetivo. Si se puede decir, con implacable certeza, que ésta es la mejor película que haya interpretado Adam Sandler . Dos personajes extraños (cuando no) pero no freaks, en una comedia romántica original e intensa. Un chico conoce a una chica (aunque tal vez no sea ese el orden) pareciera ser algo poco novedoso a esta altura; sin embargo, PTA se las ingenia para volver a atraparnos gracias a lo que él cree que es y debe ser el cine: algo que combine la intencionalidad de convocar al espectador, pero haciéndolo trabajar en su butaca, al tiempo de lograr conmover los sentidos y generar reflexiones. Una empresa que muchas veces deviene fallida, sobretodo en los cines más adocenados como buena parte del made in Hollywood y también de otros lugares del mundo, inclusive Argentina.
Petróleo Sangriento / There will be Blood (2007).
Acá adapta una novela llamada "Oil" y por primera vez no repite a nadie de sus elencos anteriores. Ni falta le hace: ha fichado a Daniel Day -Lewis para el intensísimo protagónico que como un viento huracanado y venenoso, va dejando huellas y marcas (algunas empetroladas, otras ensangrentadas) en todo aquél que se le cruce en su camino; incluso su hijo. En este bellísimo film, no sólo se puede ver y oir bien a ese incipiente comienzo del siglo XX en los Estados Unidos que presagian el advenimiento del sueño americano; la puesta en escena de Anderson, permite que nuestro olfato y nuestro tacto, perciban el ambiente. Las películas que llegan a eso, merecen el olimpo. Los tres oscar en los que competía Anderson, película, dirección y guion adaptado, quedaron en manos de los Cohen. Premio consuelo ganó Daniel Day-Lewis.
The Master (2012).
Como en Petróleo, hay aquí un duelo, un enfrentamiento entre dos personajes extremos. Uno es un borracho perdedor (grandísimo Joaquin Phoenix) y el otro, un excéntrico gurú de una nueva religión que lo engatusa y utiliza para probar sus teorías (genial Philip Seymour Hofmann). Como en todas las películas de PTA, hay escenas emblemáticas e inolvidables. Como en todas sus películas hay un especial cuidado por la imagen, a la cual le confiere una delicada mezcla de potencia y estilización, siempre al servicio de la historia, pero generando también sensaciones alejadas de la mera trama, que perduran por siempre en el espectador abierto. Otra vez la visión lúcida de un país y de su sociedad. Cito a modo de ejemplo una excelente frase del crítico Roger Koza: pocas películas retratan tan bien el delirio estadounidense, una cultura sostenida en supersticiones diversas.
Por Mariano Benito