23/08/2020

Los límites del "es mi opinión"

Una nueva columna del filósofo Nahuel Michalski.

Los límites del

*Por Nahuel Michalski

Independientemente de que se encuentren bien fundamentadas o no, lo cierto es que de antemano no nos gusta en lo más mínimo que nos limiten o condicionen la expresión de nuestras opiniones personales; pues, tendemos a considerar que ​por el mero hecho de ser nuestras deben ser correctas y valiosas y, por tanto, se les debe habilitar un ​espacio de validez en el foro público (redes, medios, conversaciones cotidianas, lugares de trabajo, esferas afectivas, etc). 

Esto implica que ​por inercia tendemos inconscientemente a sacralizar nuestras propias opiniones personales sobre las cosas, experimentándolas psíquicamente como espontáneamente bien armadas, convincentes e incontestables, y coronándolas con el epítome por todos ya conocido: “es mi opinión”. De este modo, es nuestro “yo” el que prima en el discurso de modo que, y paradójicamente, aunque nos jactamos de “ser democráticos” (pues es lo “políticamente correcto”), en ciertas ocasiones resultamos marcadamente totalitarios e inquisitivos con respecto a nuestros juicios personales; en otros términos: que vivamos en democracia no nos convierte en sujetos democráticos. 

Este peculiar fenómeno psicosocial de autoensalzamiento de la carga cognitiva y emocional del “yo personal” lo cual, como ya señaló el psicoanálisis, resulta tan peligrosamente narcisista, admite, por supuesto, diversas explicaciones. Una de ellas, quizá la más importante en términos históricos, es la provista por la antropología filosófico-política, la cual nos indica que la fuerza aplastante y a la vez desgarradora que el “yo” y su “es mi opinión” han adquirido en nuestras sociedades en las últimas décadas (casualmente, el individuo comenzó a colocarse a sí mismo como centro de verdad al mismo tiempo que tuvo inicio el desmoronamiento de las instituciones oficiales), se puede deber a que aunque la “cultura oficial” sostenga que vivimos en una república, lo cierto es que nuestras formas primarias de la experiencia personal (factor antropológico) no son propias del ámbito de lo público (“nosotros”), sino y más bien, del ​ámbito de lo privado (“yo”). Y esto, asimismo, atiende a que no somos educados realmente ​como republicanos, es decir, ​al servicio de lo compartido y de un decir y sentir general que recojan la experiencia de un nosotros comunitario y homogéneo, sino más bien como individuos liberales y competitivos, enfrentados entre sí y al servicio de nosotros mismos, de nuestra propia y angustiante supervivencia, de nuestros intereses privados e íntimas opiniones. 

Sujetos cuyo único “deber público” apenas se extiende más allá de una perspectiva atrofiada que observa el trabajo como algo “patriótico”, el pago de los impuestos como una suerte de “compensación moral” y el meramente simbólico acto electoral como “participación responsable” (un acto tan simbólico como cuando en un restaurante nos dejan “elegir libremente” entre opciones que ya estaban armadas de antemano). Por cierto, ¡qué interesante y peculiar aporía el que nos indiquen desde la infancia que vivimos en una república pero que luego constatemos que ésta se encuentra mayormente poblada por individuos cuya constitución antropológica, política y moral no parece responder, estructuralmente hablando, a prácticas republicanas, es decir, y como se señaló, ​orientadas a la defensa de lo que Rousseau llamaba el ​bien común y la voluntad general (saberes y deseos colectivos instituidos), en vez de al caprichoso sostenimiento de una ​voluntad particular (la mera opinión personal), la cual, para el filósofo ginebrino citado, no era más que facción y antipolítica. 

Lo dicho hasta aquí nos sugiere que, a diferencia del tipo de sujeto republicano (Rousseau, Kant) o incluso comunitarista (Aristóteles, Hegel), para los cuales la opinión privada y personal nunca puede estar por encima de ciertas verdades públicas necesarias y objetivamente compartidas con la comunidad (por ​deber en los republicanos, por ​deseo en los comunitaristas), con el tipo de sujeto individualista y privatista liberal (Locke) ocurre exactamente lo contrario: es su opinión personal psíquicamente ​percibida como autoevidente, como ​inmediatamente deseable, la que se disloca de toda referencia objetiva sobre el bien y la verdad en pos de imponerse sobre la visión de conjunto y ​reclamando validez pública, actitud que la tradición moderna burguesa-liberal de la que ha surgido protegió con la apelación a fórmulas muy afines a nuestros propios intereses privados y egotistas como aquella que profesa que toda opinión debe ser libre, respetada y admitida “porque vivimos en democracia”. Sin embargo, pensemos por ejemplo en los mediáticos, opinólogos y “expertos en cosas” al servicio de la construcción y dirección de la opinión pública (que hoy reciben el nombre de periodistas o ​influencers) y observaremos que, paradójicamente, las personas que repiten con más ahínco dicha fórmula no buscan más que obtener un ​mantra de impunidad frente a cualquier dicho o sentencia, por más bárbara o violenta que resulte. En otras palabras, lo que en el fondo pretenden defender no es que todos se expresen libremente, sino que ​ellos puedan decir cualquier cosa sin costo político personal. 

Esto conduce a la siguiente pregunta paradójica radical: vivir en democracia, ¿implica que cualquier opinión debe ser válida o permitida tan solo por ser la opinión “de alguien” con “derecho a expresarla” (liberalismo), o, contrariamente, tales opiniones personales deben encontrar algún límite o regulación en pos de cuidar el sentir, decir y convivir público (republicanismo, comunitarismo)? ¿Qué tiene que ser priorizado: ¿ciertos principios e ideas generales que regulan el bien colectivo y que no pueden cuestionarse o, contrariamente, la maximización de la posibilidad de expresión de las personas atomizadas, incluso aunque dichas expresiones puedan, potencialmente, ​herir la misma esfera de politización de la que dependen? 

Es decir, el problema no es tanto el garantizar que todos piensen algo personal y privado que experimentan psíquicamente como incuestionable e inmediatamente cierto y que tengan la posibilidad de expresarlo públicamente (basamento de la doctrina liberal), sino esto otro: ¿qué ocurre a escala política-estructural cuando tal diversidad de cosmovisiones individuales ya no puede ser contenida ni articulada o cuando, peor aún, colisionan conflictivamente entre sí en virtud de la diferencia de cosmovisiones que implican o los grados de agresión y violencia que arrastran? La respuesta es evidente y el siglo XX tardío la ha iluminado con claridad: adviene la crisis institucional y pública, el surgimiento de facciones, el desgarro de cierta sensibilidad humana colectiva necesaria y la incontenible y violenta desintegración de la comunidad; y no debe olvidarse que, históricamente, de esta clase de crisis sociopolíticas, algunos pocos “pescadores” siempre se han llevado sus ganancias. 

En otras palabras, la crisis de muchos siempre ha sido el negocio de unos pocos oportunistas. Y para que dicho negocio siga girando quizá haya resultado una buena estrategia convencer a las personas de algo que, a excepción de la doctrina liberal, nunca ha formado parte de la teoría política democrática republicana o comunitarista clásica, a saber: que la noción de democracia equivale, por sí misma, a “poder decir lo que quiero, cuando quiero y, sobre todo, ​contra quien yo quiera”. Si Aristóteles, Rousseau, Kant o Hannah Arendt hubieran leído esa fórmula casi escolar tan ​naif e infantil propia de una emocionalidad yoista, narcisista y caprichosa- se hubieran vuelto a morir. Y es que para estos autores tan importantes para el pensamiento político (el serio, no el de los debates televisivos) hay un principio fundamental que se encuentra por encima de la libertad de expresión, a saber: ​el principio de la vida de todos. En otras palabras, para ellos, la libertad de pensamiento y expresión está muy bien, pero se encuentra limitada si en su pronunciarse lo que hace es lastimar la integridad, dignidad y vida de los demás conciudadanos. 

¡Qué gran formula y qué necesario sería que los directores de los grandes medios de desinformación la repasaran de tanto en tanto! Tan sencilla, tan clara, tan humana: la mera opinión personal no puede estar por encima del bienestar colectivo. ¿Puede alguien decir que eso no debe ser así? ¿No resulta evidente el hecho de que si por sostener la propia opinión sobre cualquier tema se lastima la esfera pública de politización (es decir, al ​otro y al ​nosotros) no sólo se incurre en una inhumanidad flagrante, sino también en una contra-estrategia por la cual aniquilamos el mismo espacio que precisamente permite que podamos expresarnos? John Rawls hará de esto un análisis maravilloso en ​Liberalismo Político

Por ejemplo, y siguiendo estos razonamientos, ¿qué ocurriría si un partido antidemocrático (por ejemplo, uno neonazi) se postulara a elecciones y las ganara gracias a un enorme trabajo mediático muy bien financiado y, una vez en el poder, suspendiera las garantías democráticas de las personas como, por ejemplo, el derecho al voto o incluso las constitucionales como el derecho a vivir? ¿No sería esa una tremenda y lastimosa paradoja consistente en que el mismísimo proceso democrático, apoyado en una noción errática de que “cualquier opinión es válida y permitida” habría habilitado en su interior la existencia y crecimiento de una fuerza política movida por principios antidemocráticos, es decir, contrarios a la supervivencia, bienestar, dignidad y satisfacción de ​todas las personas? ¿No fue esto lo que ha sucedido con Macron, Trump o Bolsonaro? 

Coloquemos otro ejemplo: resulta por demás frecuente en las redes, medios y espacios de discusión y aniquilamiento mutuo (también llamado “debate”) que un sujeto A se pronuncie de forma hiriente, agresiva, hostil y descalificadora para luego rematar con “bueno, pero es mi opinión y estamos en democracia, por tanto, tengo el ​derecho de decirla”. ¿No son esta clase de oraciones mediáticas o colectivas el ​summum máximum del cinismo y la hipocresía? Pero ¡más todavía! ¿Qué ocurriría si apareciera un sujeto B que le dijera al impertinente sujeto A: “bien, en mi opinión vos tendrías que morir por lo que acabas de decir, y debes respetarla porque estamos en democracia”? La paradoja es autoevidente y políticamente insostenible; la vida política misma no se podría realizar y lo que advendría es el terror. 

Por esto mismo, es que importantes pensadores como Adorno, Benjamin o Fromm, preocupados en su momento por el totalitarismo nazi, señalaron con agudeza que el liberalismo y su exigencia de “poder decir cualquier cosa en contra de cualquier persona”, en realidad, esconde y camufla un comportamiento genocida puesto que claramente el sujeto A y el sujeto B “gozan” ambos por igual de la ​posibilidad de “expresar su opinión” con respecto al otro, pero ​una de las opiniones primará sobre la otra, y esa que prime será, como avisó Nietzsche, la del más fuerte: ¿no es esto lo que sucede cuando, por ejemplo, los pronunciamientos de manifestantes que no tienen con qué alimentar a sus familias o de mujeres encolerizadas por el asesinato a mansalva de sus compañeras son ridiculizados por los medios hegemónicos y aplastados por el poderío económico, simbólico y estético (pues todo poder siempre conlleva una estética y una simbología que lo legitima) de un periodista de saco y corbata que las reduce e “interpreta” a su gusto y piacere? ¿No es esto lo que se observa cuando a tales expresiones provenientes de sectores sociales minoritarios e históricamente excluidos se las censura y castiga, reprime y persigue, mientras que a otras tantas provenientes de grupos sociales culturalmente favorecidos se las favorece con luz, cámara y voz para que se “expresen libremente”? 

Entonces, el problema fundamental se encuentra precisamente aquí: la gente ha confundido democracia con libertad para decir cualquier barbaridad (alocuciones prejuiciosas, clasistas, racistas, misóginas, xenófobas, incluso antidemocráticas, etc), y ha aprendido a exigir que a sus barbaridades se les habilite un espacio en el foro público en nombre de la “tolerancia y el respeto” democráticos. Sin embargo, lo que esa gente no consigue ver, es que las opiniones solo se pueden admitir si ellas mismas ya presuponen de antemano un respeto y una tolerancia por la vida política compartida en general, incluyendo a ​todas las asociaciones y expresiones humanas. Como mínimo ello; si, además, el individuo adquiere grados espirituales de empatía, humanidad y solidaridad que le impidan resultar vilmente prejuicioso y cognitivamente estereotipado y subjetivista, aún mejor; ese sería un ​bonus trackque todos, creo, aceptaremos con gusto. 

Al respecto de estas palabras, el día jueves tuve el agrado infinito de entrevistar al eterno Alejandro Dolina (la entrevista estará disponible este domingo a la noche en el canal www.youtube.com/charlasdefilosofia​), quien muy fiel a su estilo poético, humanista e intelectual pero directo y contundente, no pudo más que resumir las líneas de este artículo en una frase aplastantemente clara con una estilística prosaica como solamente Dolina es capaz de articular, a saber: “que la gente pueda decir todo lo que piensa no significa que todas las opiniones deban respetarse”. 

Bravo Alejandro.

 

*Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.

Su tarea es difundida a través de las redes Instagram Facebook donde se lo puede encontrar como Charlas de Filosofía.

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