06/08/2020

Pobladores rurales: una vida de soledad y sacrificio

Desperdigados a lo largo y ancho de la Línea Sur, viven con lo poco que tienen, siempre dispuestos a compartir con quien llegue a visitarlos.

Pobladores rurales: una vida de soledad y sacrificio
Audolia se emociona al recibir ayuda y remarca lo solos que se sienten.
Foto: Marcelo Martínez.
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or Claudia Olate

Audolia sale de su casa y sube una cuesta empinada y llena de barro. No parece tener 85 años por la agilidad de sus piernas. Recibe una caja con alimentos y cuando le dicen que es ayuda de gente de Bariloche, rompe en llanto. “No me lo voy a olvidar nunca en la vida. Pensé que la gente no se acordaba de nosotros”, dice con sus ojos entrecerrados mientras de fondo cae una nevisca fina que hace más gris el paisaje de estepa, en su Arroyo Chacay natal.

Las chivas andan por los alrededores, en un álamo está el caballo del único hijo de esta mujer que en pocos minutos repitió muchas veces que “es un lugar muy solo”. Además del frío, de la dificultad de alimentar a sus pocos animales, de la precariedad en la que vivieron toda su vida, a los pobladores rurales se les siente la soledad encima.

Audolia Gómez tiene  85 años y vive con su único hijo al final del camino en Arroyo Chacay. (Foto: Marcelo Martínez)

A unos pocos kilómetros, Juan Hipólito sale de su casa con una boina para cubrirse de la nieve. Son muchas las personas que llegaron en camionetas 4x4 hasta su casa para llevarle forraje, comida y un rato de charla. Entre todos, aparece su nieto que trabaja en Villa Llanquín. Lo abraza y Juan llora, intentando disimular las lágrimas que por un rato durante la charla, siguen cayendo silenciosamente por su rostro curtido.

La gente de campo invita a pasar, no lo duda nunca. Abren las puertas de sus casas sin mucho preámbulo. Estar al tanto de todas las medidas que obligó a imponer el Covid-19 no es una preocupación para ellos, que viven a kilómetros unos de otros, por caminos que solo pueden  recorrer camionetas o a caballo.

Juan Hipólito Gómez se emociona al ver llegar a su nieto junto a las personas que le acercaron comida y forraje. (Foto: Marcelo Martínez.)

Pareciera que el distanciamiento social se aplicó en algunas regiones hace muchos años sin posibilidad de elección. “Es dura la vida del campo”, resume Luciano al lado sus caballos que se adelantan y empiezan a comer pasto de los fardos que la gente de Red Solidaria descarga.

La escena parece repetirse: unos palitos de leña debajo de la cocina que los abriga, calienta el agua y les sirve para cocinar. A veces, solo a veces, hay una garrafa por ahí que se usará más que nada en alguna emergencia o quizás en el verano, para cocinar cuando el clima permite vivir sin fuego.

Luciano Cariman tiene 73 años y no duda en afirmar que la vida del campo es "muy dura". (Foto: Marcelo Martínez)

“¿Toman unos matecitos?” pregunta Audolia mientras toma la pava entre sus manos, sin saber siquiera que estamos en momentos de no poder compartir una de las tradiciones argentinas más arraigadas y populares en todo el mundo. La explicación es en vano. Para qué preocupar siquiera a esta mujer que intenta contar la soledad que siente cuando su hijo, la única persona que vive con ella, se va a recorrer el campo. “No se preocupe, nos tenemos que ir en un ratito”, le contestamos.

Pero ocurre que a veces, la gente necesita compartir lo poco que tiene, como modo de agradecimiento. “Entonces les invito un pedacito de pan”, dice y es imposible rechazar su oferta. Entra a su cuarto que hace a la vez de despensa y sale con un pan casero que corta habilidosamente y nos sirve en un plato, disculpándose por no tener nada para untarlo. Como si no tener nada fuera culpa de ella y no de la desidia y el abandono que se sucedieron desde siempre por parte de los distintos gobiernos.

La nieve complicó la situación de los pobladores y ocasionó la muerte de muchos animales. (Foto: Marcelo Martínez)

Segundo también nos invita a pasar a la vuelta, “porque ya van a estar listas las tortas fritas”, dice en la puerta de su casa que requiere, para llegar, vadear un arroyo con un vehículo que lo soporte, o cruzar por una precaria pasarela. “Soy nacido y criado acá”, dice con orgullo mientras abre la puerta de un pequeño galponcito donde guardará el forraje.

Sesenta, setenta, ochenta y tantos años. Los rostros parecen no tener edades determinadas, sin embargo, los pobladores se acuerdan con detalles de cosas que cualquiera de nosotros olvidaríamos sin más vueltas. “Nací el 4 de septiembre de 1939”, cuenta Juan haciendo uso de su impecable memoria con la que además relata que tiene artrosis y que a veces le duelen las articulaciones, como intentando buscar un motivo para los dolores, porque las 8 décadas sobre su espalda, pasando necesidades, frío, teniendo una vida sacrificada en el medio del campo, parecen no ser motivo suficiente para queja alguna.

Segundo Marco invita a volver a pasar por su casa y compartir unas tortas fritas. (Foto: Marcelo Martínez)

“Desde el ’84 creo que no venía un invierno tan crudo”, analiza Luciano quien trae puestos dos sweaters de lana tejidos, casi demostrando que el viento cala los huesos y que un solo abrigo no es suficiente. “Es duro, acá hay que levantarse temprano, salir al campo, darle de comer a los animales. Hay muchas cosas por hacer”, agrega mientras mira a lo lejos y hace parecer que en sus ojos se ven las tareas cotidianas de un hombre de campo.

Luciano aclara todo esto porque parece que nunca falta quien idealiza la vida en el campo, como si solo fuera una casa con la fogata prendida y el aire libre todo para una persona. “Si, es lindo, pero también tiene mucho sacrificio”, añade.

En la estepa la leña no sobra, pero se las ingenian para buscar unos palos que sirvan de calefacción. Cuando le consultamos sobre la provisión de alimentos, Luciano cuenta que “antes del invierno hacemos la compra grande”, como antes, cuando no había transporte, cuando no existían las ciudades como hoy la conocemos.

Los pobladores agradecen profundamente la ayuda para paliar el crudo invierno que viven. (Foto: Marcelo Martínez)

Arroyo Chacay es solo uno de esos parajes en los que sus habitantes parecen sumidos en medio de la soledad estando solo a unos cuantos kilómetros de Bariloche. La Línea Sur está llena de historias similares. Allá, por donde parece que solo hay cerros cubiertos por neneos y coirones, se ven algunos álamos y se adivina que hay un ranchito, o quizás una tapera, como se conoce a los lugares donde vivió gente que un día se fue, dejando todo atrás.

La tierra parece extenderse y no tener fin. Mirar los paisajes da la sensación de soledad, como si nadie viviera allí, pero están ellos, los pobladores que día a día se levantan y con poco se las arreglan porque así lo aprendieron antes de lo que un niño aprende a hablar. Allí están ellos y hoy, cuando alguien llega a su casa, salen a recibirlos un poco sin saber qué pasa, otro poco con la alegría de que alguien los visite y los saque un instante al menos, de su rutina solitaria y sacrificada. Y nunca,  nunca, va a faltar el mate o el pedazo de pan para compartir. (ANB)

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