16/06/2020

"Amar a la Naturaleza"

Una reflexión sobre la querencia: descubrir, conocer, querer y cuidar el entorno que nos rodea.

*Por Alejandro Vaccari.

En nuestro acervo popular se habla de “La Querencia”, que significa exactamente “volver al hogar” aquello que se considera un bien preciado, un afecto para atesorar.

La Querencia es una palabra bellísima, porque va más allá del deber o del hacer… uno ciertamente ha de cuidar su casa, el rancho que lo protege y guarda, junto con su familia y seres queridos, atesora incluso el recuerdo de los que se hubieran ido, todo hace a la querencia, porque uno ha de cuidar aquello que ama y así hace propio, en el buen sentido, esto es no solo como bien material, sino más bien como afecto sentido.

Cuanto nos falta éste sentimiento hoy día, quizá aun estando a gusto en casa, no valoramos muchas veces, ni agradecemos lo suficiente el techo, el calor o la compañía.

Salgamos de la casa, y vayamos al monte, al Catedral nevado, al Cerro Otto, a tomar unos mates a la orilla de un lago…

Desde las costas coloreadas del Mascardi o del mismo Gutiérrez, hasta los ríos y cascadas como el Hess, el Steffen, o la increíble Santa Ana…

Las costas de nuestro Nahuel Huapi, las cimas y las vistas de cada montaña…

Solo el montañés, sin decirlo, lo siente y lo sabe, sólo con el esfuerzo de caminatas interminables, con el aliento jadeante al acercarse a refugios y cumbres, algo cambia en su corazón y su mente, y llega el momento que surge un romance, un amor al bosque, al árbol, al color de las piedras, a la nieve inmaculada, al agua bendita y necesaria en los ríos y en los valles, a la calidez del refugio…  solo quien ha andado y disfrutado lo suficiente, la compañía en una cena, las melodías de una voz y una guitarra, una amistad imprevista, se adentra en un misterio del encuentro, de la belleza, del milagro y la maravilla de la vida.

Y aunque no pueda explicarlo en palabras, porque no alcanzan a describir lo que siente y vive, el amor crece, y a partir de allí ese sentimiento de querencia… se asienta, permanece, y aún lejos, aunque caminemos por Nepal o por España… se siente, que ésta, ésta también es mi casa…

La playa de arena en Las Grutas, la de cantos rodados en el Nahuel Huapi, la vera de cualquier río en la montaña…. Son nuestras, son un regalo del cielo para nuestros ojos, para pasar una tarde, y también para los turistas, quienes vienen y vendrán de visita…

Son también una querencia, algo que valorar y cuidar, algo que respetar, algo que también necesitamos a aprender a amar…

A veces duele, duele mucho ver el color del agua en la costa Este del Nahuel, alguna vez fue absolutamente cristalina, las piedras redondas hoy averdinadas brillaban como cristales con un poco de sol, y no reniego del presente, solo me parece que entre la ignorancia y la desidia, más de una vez nos llevamos puesto el bosque, el río, el mundo mismo; y así nos irá, como un destino fatal, del que todos somos responsables, del que todos parecemos ignorantes y no les quepa ninguna duda que a quienes les corresponde una mayor responsabilidad, algún día se juzgarán sus actos y omisiones, y se les señalará mal, cosa que quizá hoy por torpeza o por urgencia se les deja pasar…

La ignorancia tampoco es escusa, porque la falta de educación es también una torpeza de la que algún día hemos de hacernos cargo…

¡Duele ver residuos en las playas, bolsitas, papeles, botellas, pañales incluso que dejan al paso paseantes eventuales, picnics familiares, una vergüenza!!!… no… una falta de querencia… de amor y respeto por el resto de los seres vivos, por la naturaleza…

Si estás allí, vos mismo, solo o con tu familia, disfrutando del bosque, del sendero, de la playa, de la orilla, incluso del agua fresca…

¿puede ser posible que viertas tus cloacas en la misma agua que vas a beber?...

¿puede ser posible que hoy llenes de basura la playa a la que vendrás mañana y que el mar se llene de plásticos y residuos que tardará años en degradar?...

En algún lugar perdimos la cordura, se nos zafó la chaveta y pareciera no importar nada. Es una época donde cada individuo cree que puede hacer lo que quiere sin consecuencia alguna, lo cual es una mentira garrafal, no hay ninguna elección que no traiga consecuencias, y menos que menos las elecciones equivocadas.

Tal vez me la agarraría con más vehemencia, contra alguien de saneamiento, o de parques, de la muni, o la provincia, según sea el caso, y sí, tal vez se merezcan alguna que otra llamada de atención cuando menos, por desidia, por omisión o por descuido, porque si hay inercia de hacer las cosas mal y no cambiarlas, y, aunque seguramente ya estaba mal, dejarlo así es solo una excusa para no hacer nada, entonces querido… quizá un paso al costado y ya no debieras seguir allí…

No quería en realidad reprender a nadie en particular y estoy en eso… perdón… solo quiero explicar en unas palabras tímidas y breves, que todo se puede aprender a amar, que eso hace mucho bien, y que construye una comunidad y un mundo mejor.

En éste tiempo extraño y recluido de pandemia, casualmente muchas fotos se han publicado y disfrutado entre vecinos del barrio, muchos que en realidad ni nos conocemos, fotos de flores, atardeceres, lago, pájaros, maleza, montaña, belleza…

No va a arreglar el mundo, seguramente, ni siquiera se trata de la vacuna contra éste Covid 19 de origen misterioso (vacuna que quizá llegue cuando emprendamos algún cambio en serio, porque algo también nos enseñará la pandemia) pero creo que ese compartir paisaje y cosas bellas, un poco nos ayudó a estar mejor, a pasar el encierro con alguna sonrisa, con alguna esperanza en una mejor comunidad.

Porque, en un punto, la belleza es contagiosa, como los buenos actos, como la alegría sincera, como la amistad verdadera… así que ahora, nada de pálidas, nada de no hagas esto, ni tires aquello, ni como debieras hacerlo, ni prohibido… que está probado que solo sirve para invitar a transgredirlo…

Probá a darte cuenta del milagro que trae cada día, de la nieve que se vuelve río y lago, de la naturaleza que aún con nuestro descuido persiste y se abre camino, la belleza enorme del lugar que habitamos.

Probá a quererlo, a amarlo como a tu casa y a tu familia; tu entorno natural, el lugar que en realidad te nutre y te sostiene, el lugar maravilloso en el que habitas, que también es tuyo, que disfrutás cada vez que te acordás y pasas un rato allí, que más no sea con tus ojos, con tus hijos en una bici, caminando por la costanera, o yendo de paseo, a caminar al bosque, la montaña o a la estepa… aprovechá el momento, tomate un rato largo en calma y tratá de mirarlo con otros ojos.

Tal vez te des cuenta cuanto te hace falta, esa agua cristalina, la sombra del árbol, el piar de un pajarito, o simplemente la belleza en el color escandaloso con que llena el cielo un solo atardecer.  Y se te ocurra alguna locura como juntar piedritas de colores, jugar con el perro, o reparar en el color de las hojas, mirar bajo el agua cristalina, encontrando en cada detalle el misterio y la abundancia de la vida misma.

Entonces, y sólo entonces empezarás a amar a la naturaleza, cuando te des cuenta que estás habitando en ella, que sos parte de ella y entonces por fin,  lo hagas parte y razón de tu propia querencia.

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