24/05/2020

La ausencia institucional como modo de asegurar el conflicto

El filósofo Nahuel Michalski reflexiona sobre la violencia y la justicia, a propósito de los eventos sucedidos esta semana en Villa Mascardi.

La ausencia institucional como modo de asegurar el conflicto

Por Nahuel Michalski

Esta semana se conocieron los conflictos acaecidos en la Villa Mascardi entre la comunidad mapuche Lafken Winkul Mapu y la policía; conflicto que tuvo como como resultando una serie de daños parciales entre los que encontró como damnificado el cuidador de la zona quien perdió su vivienda en un incendio intencional. Por supuesto que frente al aluvión de noticias hegemónicas, tendenciosas, sesgadas y parciales (que, como ya sabemos, se caracterizan por nunca explicar ni contar la totalidad de la trama que da sentido a los hechos), la respuesta mas sencilla, irreflexiva y menos meditada es, por cierto, la adoptada de forma masiva por las personas.

Una respuesta cuasi instintiva, animalesca, que opera ideológicamente en la psiquis de los individuos de este modo: “son unos violentos incivilizados, que caiga todo el peso de la ley sobre ellos; y cuanto más violento sea el castigo, mejor”. Al respecto de esto último, es paradójico que los mismos que se jactan de estar del bando de “la civilización” justa, racional y trabajadora, son los que más cuotas de violencia punitiva exigen a la hora de juzgar a otros. Sin embargo, no nos meteremos en esta ocasión con dichas consideraciones de perversión y sadismo moral.

El interés que reviste a las presente líneas es sustancialmente más elemental, va por otro canal, y recae en la siguiente pregunta: ¿por qué la violencia se intensifica? Por supuesto que nunca se conoce la totalidad de lo real de lo que acontece; y tampoco es la función de los medios expresar dicha realidad, aunque nosotros, paradójicamente, actuamos, pensamos y decimos como si nos dijeron “toda la verdad”. En esto consiste, por cierto, el componente ideológico de las personas: en saber que están siendo embaucadas, que la información que se les está dando se encuentra parcializada y orientada según intereses particulares, pero, aun a sabiendas de eso, comportarse como si se encontraran frente a la verdad absoluta y final. Sin embargo, pese a esta calamitosa e inhumana forma que los medios hegemónicos tienen de informar a las personas, hubo un dato que parece haber circulado con suficiente “claridad”, a saber: el dato de que las instituciones que deberían responsabilizarse por lo que está sucediendo (y que no es algo nuevo ni de ahora), no intervienen de forma eficaz, penetrante y resolutiva. En otras palabras, no hay justicia para nadie, ni para los del bando de la denominada “civilización” (que no ven resarcidos los daños sobre su propiedad), ni para los del bando de la denominada “in-civilización” (que no consiguen vivir en paz y tranquilamente dentro de un Estado que los ignora, empobrece, excluye e invisibiliza constantemente).

El problema parece ser, otra vez, que nunca hay justicia para nadie. ¿Y qué sucede cuando un Estado supuestamente garantista y de derecho no ejerce la justicia para la cual precisamente fue legitimado por la población? Bien, no solo incumple con su objetivo primordial histórico habilitando entonces su deslegitimación, sino que además las personas no tienen más opción que apelar a sus propios medios para garantizar la supervivencia. De este modo, el abandono y descuido estatal arrastra a los individuos nuevamente al famoso “estado de naturaleza”, y la violencia comienza a predominar. Sucede que como dijo Hobbes “el hombre se convierte en un lobo para el hombre”.

Ahora bien, dos consideraciones. En primera instancia, ¿quién tiene ciertamente la responsabilidad de dicha violencia? ¿Las personas abandonadas o el Estado que abandona? ¿Quién está incumpliendo primeramente el famoso “contrato social”? La respuesta parecería ser obvia, no admite demasiada diatriba. Si los padres abandonan a su hijo pequeño en un barrio hostil y éste se ve obligado a robar y violentarse con tal de sobrevivir, ¿quién tiene la responsabilidad primera, el niño o los padres? Todos pediríamos que esos padres negligentes sean castigados con todo el rigor de la ley. Entonces, ¿por qué no hacemos lo mismo en estos casos de conflicto social? ¿Por qué en vez de exigir todo el rigor de la ley sobre los que fueron abandonados, expulsados, invisibilizados, asesinados y empobrecidos, no solicitamos todo el rigor del castigo sobre las instituciones estatales que hacen la vista gorda y abandonan la situación a su propio devenir natural?

Bien, para que este peculiar fenómeno ideológico suceda, es decir, para que nuestro odio y nuestra manera misma de odiar estén tan bien dirigidos por el poder, se precisa la acción constante de lo que Althusser denominó como aparatos ideológicos del Estado; es decir, dispositivos discursivos, simbólicos, educativos e informativos a cargo de que precisamente nunca logremos juzgar y criticar las cosas adecuadamente; sobretodo, que nunca responsabilicemos al Estado (victimario) por sus faltas, carencias, negligencias y abandonos, sino que dirijamos la atención hacia la víctima, para descargar sobre ella todas nuestras exigencias morales y personales. En otras palabras, para que naturalicemos en las víctimas (comunidades originarias, mujeres, inmigrantes, pobres, etc) de una sociedad esencialmente injusta, desigual e inequitativa, la violencia; como si dichas víctimas fueran natural y esencialmente violentas, como si la violencia a la que recurren no fuera el efecto de un abandono y un despojo previos. Y que quede claro: no se trata aquí de tomar partido por nadie. Toda forma de violencia es repudiable. De lo que se trata aquí es de señalar cómo nuestro odio, instinto castigador y juicio crítico se encuentran dirigidos y manipulados por el mismo Estado victimario y responsable de lo que sucede.

Volviendo al caso del niño abandonado, el ejemplo sería así: los padres lo abandonan y el niño se ve obligado a violentarse con tal de sobrevivir en un barrio hostil. Al cometer algún delito (por ejemplo robar comida), el niño es juzgado severamente por la opinión pública. Cuando alguien cuestiona a los padres acerca de por qué lo han abandonado, ellos replican así: “lo abandonamos porque era muy violento y agresivo, no podía vivir con nosotros; hay que castigarlo por lo que hizo” Bien, así funciona el discurso hegemónico frente a las situaciones de conflicto social. Se castiga a la víctima y se defiende al victimario, o, al menos, no se lo odia a éste con tanto encono o no se le piden demasiadas explicaciones. Todo el poder de la ira social recae sobre el que fue despojado en primera instancia.

Vayamos a nuestra última consideración: cuando decimos que no hay justicia para nadie ¿realmente nunca hay justicia para nadie? Nuevamente, el abandono de los padres (el Estado y sus instituciones) genera que ni la comunidad originaria reciba justicia por los crímenes que se han cometido contra ella, la pobreza, el destierro y el hambre, ni tampoco el dueño de la propiedad incendiada que ha visto arder frente a sus ojos el esfuerzo laboral de quizá toda una vida. Lamentablemente lo más probable es que todo eso quede en el olvido y cada uno tenga que solucionar sus inconvenientes personalmente, como pueda.

Ahora, ¿qué ocurriría si el incendio hubiese sido en un Hotel lujoso destinado al turismo pudiente y acomodado? ¿Qué ocurriría si el delito se hubiese perpetrado en una finca de cien mil hectáreas de un terrateniente aristocrático, o en las instalaciones de algunas de estas empresas extranjeras que pueden extraer los recursos naturales de nuestro suelo sin pagar ninguna clase de impuesto? ¿Qué pasaría si el damnificado no fuese el humilde trabajador que ha construido su cabaña con el esfuerzo de toda una vida, sino el dueño de una de estas mega empresas turísticas habilitadas a amarrocar toneladas de dólares no declarados y a explotar los recursos naturales zonales generando contaminación en un parque nacional? ¿La indiferencia estatal hubiese sido la misma? Difícilmente. Seguramente en esos casos si “habría habido justicia para alguien”.

Con lo cual, no es que no haya justicia. Hay justicia y atención estatal, el tema es que no es para todos, sino para un cierto y muy bien seleccionado sector de la población que, naturalmente, no es el mayoritario. Tanto la comunidad originaria, como el dueño de la cabaña, como los consumidores de información mediática masiva (mayoritariamente trabajadores) no son ni la aristocracia agraria, ni la multinacional extractivista ni el empresariado del turismo.

Nos han enseñado a odiarnos y temernos de forma muy eficaz entre nosotros, entre los integrantes de un mismo sector poblacional y a respetar los favoritismos estatales hacia otros sectores como si eso mismo fuese “la” justicia. Pero no, favoritismo y parcialización de favores y prebendas no es justicia. Y nuestro repudio colectivo debería estar colocado allí, en el amiguisimo, la segregación y la corrupción institucional; únicos y auténticos responsables de la violencia y el conflicto social. Ningún humano es esencialmente violento. Se torna así cuando es abandonado y no posee otros recursos para subsistir dignamente. Llegó la hora de que dejemos de naturalizar la violencia (es decir, de pensar que es natural a ciertos sectores poblacionales), y empecemos a observar que en realidad el abandono, el despojo, el oído sordo y el favoritismo institucional son los que producen las anomias sociales. Quizá sea tiempo de que entendamos que la culpa nunca es del niño, sino de los padres corruptos y negligentes.

 

*Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.

Su tarea es difundida a través de las redes Instagram Facebook donde se lo puede encontrar como Charlas de Filosofía.

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