Convivir con el fuego: el día a día de los brigadistas de incendios | ANBariloche
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Convivir con el fuego: el día a día de los brigadistas de incendios

26/03/2016 00:00 Hs.
Convivir con el fuego: el día a día de los brigadistas de incendios
Convivir con el fuego: el día a día de los brigadistas de incendios

Por: Claudia Olate.

La mayoría de los trabajos son anónimos, pero están aquellos que por su contribución a la sociedad, revisten mayor importancia, como pueden ser los médicos, los bomberos o en este caso, los brigadistas de incendios. En Bariloche, los brigadistas se dividen entre el ICE (Incendios y Comunicaciones) de Parques Nacionales, y el Splif (Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales).

La sede local del Splif tiene alrededor de 80 trabajadores entre combatientes de incendios y empleados administrativos. Uno de ellos, Leonardo Arriagada, recibió a ANB para contar de qué se trata este trabajo que implica muchas veces, poner en riesgo la propia vida para resguardar los bosques naturales.

Entre mate y mate, Leonardo repasa las fotografías que tiene, sobre todo de los últimos meses de labor, porque en sus diez años como brigadista, muchas imágenes quedaron solo en su recuerdo. “Esto te tiene que gustar”, dice con franqueza mientras en el patio se ve su uniforme recién lavado colgado en un cordel, ya que llegó hace escazos dos días de trabajar en el incendio de Río Pico, Chubut.

Leonardo comenzó a trabajar en el Splif por gusto propio, y si bien los hay quienes ingresan por una salida laboral, “si no te la bancas, no aguantás mucho tiempo”, resume. En los veranos es cuando más visible se torna un trabajo que muchas veces pasa desapercibido. Con esfuerzos, los brigadistas mejoraron su situación año a año, a pesar de que aún no cuentan con edificio propio en Bariloche –continúa en construcción – y se desempeña en una oficina de la Dirección de Bosques.

En los años que lleva Leonardo dentro de la institución, será la cuarta vez que se muden de lugar. El primer tiempo trabajó en lo que actualmente es la Comisaría 28 en La Paz y Onelli, luego pasaron al lugar donde funcionó por años el Refugio de Jesús, en la calle Rivadavia, y después al espacio prestado que ocupan ahora.

En el sector de la piscicultura, como se lo conoce en la ciudad, es donde estarán las instalaciones definitivas del Splif. Allí por el momento, funciona un taller, donde va a diario Leonardo. Las condiciones no son las mejores. “En invierno hace mucho frío y se pone bravo, por eso hacemos guardias pasivas, desde nuestras casas”, señala el brigadista.

“¿Cómo es la vida de un brigadista?” Es la primera pregunta que surge en una charla con mates de por medio en un día nublado, a lo que el hombre se queda pensando y luego de unos minutos se atreve a decir que es “adrenalínica”. La sensación que sienten él y sus compañeros cuando están frente a las llamas es justamente eso, adrenalina.

Durante el verano, los brigadistas se inscriben en planillas para saber quiénes son los que están dispuestos a viajar en caso de que haya que ir a combatir el fuego a otro lugar. Así se arman las cuadrillas que luego vemos trabajando en los lugares donde más los necesitan: Chile, Chubut, Neuquén, el norte argentino, entre tantos más.

Cuando concurren a un incendio de grandes magnitudes, se organizan en grupos de trabajo. “Tenemos un jefe de cuadrilla que nos dice cómo desplegarnos. Generalmente salen brigadistas acompañados de un motosierrista que se encarga, pero nunca tenemos que salir solos”, explica.

El uniforme y el equipo de trabajo es provisto por la institución, aunque luego cada uno lo “modifica”, cuenta Leonardo. A modo de ejemplo, el tiene su propia mochila y sus zapatos, “más firmes que los que nos suelen dar”. Además, tiene una especie de pechera donde guarda su celular o el equipo de comunicación que tenga que llevar. “Nos la ingeniamos para laburar cómodos”, resume.

Cuando llegan al lugar donde esté el fuego, se dividen y comienzan a trabajar, generalmente, muy temprano en la mañana. Lo primero que hacen, según relata, es “una franja de seguridad”. Es decir, que despejan un sector que bordea al fuego, y sacan ramas o troncos que hayan allí – por eso es necesario el motosierrista – para que puedan caminar tranquilos o pasar las mangueras de agua en caso de que lleguen camiones a donde estén.

El trabajo sigue cortando árboles, tirando tierra, tratando de impedir que las llamas avancen. “A veces sentís mucha impotencia, te sentís nada al lado de las lenguas de fuego que se levantan”, asegura con un mate en la mano.

Leonardo sigue con el relato, pero de pronto se acuerda de algo vital: la familia. “La preparación para un incendio empieza mucho antes. A veces te llaman y te dicen que te tenés que ir a trabajar a tal o cual lugar, y ahí empezás a ver qué podés llevar, qué hay que comprar y demás”, dice y mira y a su compañera Sofía que asiente y asegura que muchas veces salió “corriendo” a comprar un shampoo, un jabón o elementos similares.

“Las jornadas duran lo que tengan que durar”, afirma el brigadista. Generalmente paran a almorzar o comer alguna vianda que les mandan. No falta el compañero que lleva el mate a cualquier parte, así que “por suerte siempre tenemos para tomar un verde”, dice entre risas.

Cuando los brigadistas trabajan en otros pueblos, suelen dormir en gimnasios o albergues. “Lo lindo de esto es que conocés mucha gente, después en otros incendios vas encontrando a personas conocidas, pero el tema de charla siempre es el fuego”, apunta.

Al ser consultado sobre el incendio que más lo haya impactado, Leonardo queda pensativo pero no duda en decir que “cada fuego tiene lo suyo”, aunque recuerda con tristeza el que se desató en Ruca Choroy, donde se quemaron árboles milenarios. “Cuando terminas de trabajar y te parás un rato a ver el lugar en el que estás, sentís mucho pesar por lo que se pierde con las llamas”, lamenta.

“Cuando estás enfrente del fuego, sacás fuerzas de cualquier lado para tirar un árbol, palear o llegar corriendo al lugar donde están las llamas”, asegura y vuelve a remarca “la bronca que da cuando no podés hacer nada y tenés que esperar nada más”.

Bariloche no cuenta con aviones hidrantes, y generalmente los lugares donde van a trabajar, tampoco. “Sería de vital importancia tener una, sobre todo en los lugares donde hay tantos lagos cerca”, reflexiona el brigadista.

Luego del incendio en Los Alerces, incluso se creó un grupo de Facebook para recaudar dinero y comprar un avión hidrante. Si bien, no pasó más allá de las redes sociales, fue una demostración de la preocupación que genera no tener los recursos necesarios en una zona donde los incendios son algo frecuente.

El miércoles 23 volvieron del incendio en Río Pico, “un poco bajoneados”. Es que al volver de una jornada combatiendo el fuego, notaron que les habían robado sus pertenencias a varios brigadistas en el gimnasio donde estaban pernoctando. “Se llevaron un celular, una notebook que había llevado un compañero para escuchar música y 60 pesos”, recuerda aún con algo de bronca. “Eso nos desanimó mucho”, vuelve a decir.y

De todas maneras, las ganas de trabajar están siempre. Cada día van a sus puestos laborales sin saber si los llamarán para tener que ir a otra ciudad, por cuántos días o cómo volverán. “A veces, cuando estás arriba de un helicóptero o cerca del fuego, pensás en tu familia, en tus seres queridos, te da un poco de temor”, analiza.

ANB:  ¿Cómo es la respuesta de la gente cuando van a trabajar cerca de viviendas o de pueblos?

Leonardo: La gente siempre te apoya. A veces pasan y te tocan bocina, te aplauden, o incluso te preguntan si necesitás algo. Recuerdo una vez que bajábamos de un incendio en el cerro Piltriquitrón y una señora nos esperaba con una tarta casera para agradecernos. Eso te llena de emoción, finaliza.

 

Fotos y videos: gentileza Leonardo Arriagada.

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