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Rusia y las elecciones

El viaje de Cristina a Moscú se insertó en un momento crítico de las relaciones entre la Unión Europea y Rusia, con medidas que se parecen mucho a ciertos momentos de la Guerra Fría.
26/04/2015 00:00 Hs.
Rusia y las elecciones
Rusia y las elecciones

La caída del precio del petróleo tiene mucho olor precisamente a una entente entre Estados Unidos y Arabia Saudita para cercar a Irán y a Rusia, dos países con un poderío energético tan notable como la distancia que ambas naciones tienen del eje Washington-Londres-Berlín. Barack Obama avanzó en un proceso de distensión con el gobierno iraní pero centrado en su plan nuclear. 

El ahogo a Irán con las sanciones –que amenazó varias veces con convertirse en un conflicto militar– entró ahora en un camino distendido que podrá coronarse en junio cuando efectivamente se firme el pacto entre el gobierno de Hasán Rohaní y los jefes de Estado de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania, pero también de Rusia y de China. Levantado el castigo de la Unión Europea, el petróleo iraní quizá vuelva a las refinerías del Viejo Continente. Con Rusia, sin embargo, las cosas parecen más complicadas. Entre todos los factores geopolíticos e históricos en juego, el que más pesó fue el acuerdo estratégico firmado en mayo de 2014 entre China y Rusia para que este último provea de hidrocarburos al gigante asiático. 

Esto coincidió en el calendario con la crisis de Ucrania que comenzó con el golpe de Estado al presidente Víctor Yanukóvich y que desató un proceso de acercamiento del nuevo gobierno ucraniano a la Unión Europea al tiempo que Crimea, un Estado con estatus de asociado a Ucrania, decidiera independizarse con autoridades cercanas al gobierno de Vladimir Putin. 

A partir de allí comenzaron las sanciones europeas a Rusia, gran proveedor de gas de Alemania. Sin ánimo de abrumar con las ramificaciones de ese conflicto, es preciso entender que Alemania no sólo es rector del Banco Central Europeo y mandamás del euro, sino que también tiene fuertes intereses en los países que integraban el bloque de aliados a la Unión Soviética y que el nazismo dejó una herencia importante en la derecha ucraniana y que el partido pronazi Sbodova fue la punta de lanza del golpe a Yanúkovich. 

En esta semana, mientras la comitiva argentina llegaba a Moscú, la Unión Europea amenaza con ampliar las restricciones. Concretamente, a las 17 empresas y a varios empresarios a los que no les permiten operar con bancos de Europa y Estados Unidos ni vender sus productos, las autoridades europeas pretenden sancionar a la poderosa Gazprom, la principal empresa de gas del mundo, creada cuando comenzó el proceso de retroceso de la Unión Soviética. Algunos, en Occidente, festejaban entonces el fin de la historia pero pasaron más de dos décadas y la diplomacia rusa da cuenta de que Vladimir Putin pudo traspasar el poder de los oligarcas y las mafias rusas para poner de nuevo a las corporaciones estatales como un factor de juego internacional. Además, si Estados Unidos y la OTAN actúan en las zonas de dominio ruso, Putin no tiene inconveniente en mostrar el crecimiento que Rusia tiene en materia militar.

 

El miedo vernáculo al comunismo. Esta breve introducción tiene por sentido tratar de entender lo compleja y versátil que es la situación en América latina y en particular en la Argentina. Sin perjuicio de que Estados Unidos es la primera potencia militar en el mundo, ya son muchos los indicadores de que China y Rusia adquieren un rol fundamental en el ajedrez del mundo y que también juegan sus fichas en esta región. 

El argumento de los líderes europeos encargados de dinamitar el Estado de Bienestar en el Viejo Continente para sancionar a Gazprom serviría para los récords Guiness de la hipocresía: una posición dominante de mercado. Mientras el presidente de YPF, Miguel Gallucio, busca socios en Moscú para Vaca Muerta, los analistas locales del establishment salieron a maldecir la posibilidad de que la Argentina abra alternativas para inversiones y convenios con otras naciones que salgan de la dependencia mental y económica con Washington. 

Precisamente en momentos en los que el juez Thomas Griesa y los holdouts beneficiados por el fallo de la Corte de Nueva York arrecian contra el país, el gobierno argentino logra colocar deuda y muestra capacidad de financiarse sorteando la amenaza de los buitres, el viaje a Moscú es ninguneado o abiertamente despreciado por las usinas de pensamiento liberal. 

Además del convenio entre el Estado argentino y la empresa rusa Rosatom Overseas destinado a construir una planta nuclear de 1.200 megavatios (entre Atucha I y II más Embalse, hoy la energía atómica en la Argentina es de 1.700 megavatios en total), Rusia puede incrementar la compra de granos y carnes a partir precisamente del distanciamiento de Ucrania, históricamente proveedor de alimentos a Rusia, y de la prohibición de comprarle a las empresas radicadas en los países que se sumaron a las sanciones a ese país. 

Es difícil saber cuánto puede avanzar el Gobierno en la relación con Moscú, habida cuenta de que es el último tramo del mandato. Sin embargo, vale la pena que los aspirantes a la Casa Rosada tomen nota de la necesidad de abrir mercados y explorar socios en un escenario de cambios en el mundo. Es probable que el acuerdo con China convertido en ley en febrero de este año tenga muchos flancos. Así como el gobierno no aceptó el fallo de Griesa, también podía darse tiempo para ver si las autoridades chinas firmaban el swap de asistencia financiera por sus propias necesidades de abastecerse de soja y girasol argentinos. No hay ventajas claras para la Argentina en un acuerdo con un país con el poderío tecnológico de China que nos vende productos altamente industrializados y nos compra commodities. Un acuerdo especial parece justificarse con un socio que esté dispuesto a contribuir a procesos tecnológicos con fuerte aporte nacional. China es un buen socio comercial y hasta ahora resultó un mal socio estratégico, si por estratégico se entienden las inversiones para fortalecer el perfil industrial argentino que apunte a la independencia económica. Los vínculos con Rusia hasta ahora se limitan también a venderles productos de origen agropecuario. 

Dado que un punto crítico para la Argentina es el déficit energético, sería importante saber cuánto puede interesar a las empresas rusas hacer inversiones en Vaca Muerta. En principio, Gazprom y sus empresas asociadas tienen como centro los yacimientos de gas y petróleo de Liberia. Gazprom, además, tiene fuertes intereses en medios de comunicación en Rusia y el club de fútbol inglés Chelsea no tiene complejos en aceptar el esponsoreo del gigante energético ruso. 

El próximo 1 de mayo se cumplirán 70 años desde que un soldado del Ejército Rojo soviético enarbolara la bandera roja en el Reischstag (el Congreso alemán, asentado en Berlín). Era la constatación de que la carrera por llegar a la capital de Alemania era ganada por la Unión Soviética. Pasados 45 años del fin de la Segunda Guerra, Alemania se reunificaba y en pocos años se convertía en la potencia industrial y financiera más fuerte de Europa. La era Putin se inauguraba en 2000, cuando este ex agente de la KGB llegaba a la presidencia de Rusia. En estos 15 años no sólo logró que su país fuera imprescindible para la provisión energética, sino que Rusia logró un acercamiento grandísimo con China y volvía a poner a Moscú como una de las capitales donde se deciden los destinos del mundo.

Sería interesante saber si los gabinetes de los aspirantes a la Casa Rosada tienen presente que para salir de los dilemas del dólar, de la negociación con los fondos buitre y de otros tantos problemas que quedan pendientes, no alcanza con constatar que no se logró crear el Banco del Sur pero que tampoco sirven los tratados librecambistas que arruinan aún más las pocas y débiles industrias locales. Además de los grandes esfuerzos para fortalecer los sectores de punta y mejorar la participación del Estado en sectores estratégicos –energía, minería, agronegocios, puertos, transporte fluvial, marítimo y terrestre–, parece clave buscar más y mejores alternativas de asociación internacional. 

Estados Unidos está fuerte pero no tiene toda la iniciativa. Stratfor –una consultora texana dedicada al análisis estratégico para empresas norteamericanas– acaba de elaborar un documento que alerta sobre los cambios en el poder internacional. En efecto, afirma que la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura es la certificación de que Estados Unidos “perdió su rol de garante del sistema”. La afirmación fue escrita el pasado 5 de abril nada menos que por el secretario del Tesoro, Lawrence Summers, y no sólo el devaneo de los analistas estratégicos. Con 22 países asiáticos firmantes y con un capital inicial de 50.000 millones de dólares, esta iniciativa puede ser el inicio de una etapa donde el financiamiento a largo plazo no sea dictado sólo por Washington y que permita quizá a los países de América latina acceder a financiamientos a largo plazo con beneficios recíprocos, tanto para las economías locales como para mercados, como el chino, cada vez más abiertos tanto al comercio como a las inversiones.