"Érase una vez en Anatolia", de Nuri Bilge Ceylan (2011) | ANBariloche
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"Érase una vez en Anatolia", de Nuri Bilge Ceylan (2011)

Una película que no envejecerá. La he visto tres veces y siempre le he encontrado una nueva virtud. Algunos, probablemente no llegarán a verla completa. Pero apelo al válido intento por desmarcarse del gusto adocenado y manipulado y poder comenzara disfrutar de bocados de los que no teníamos idea que existían.
24/05/2014 00:00 Hs.
"Érase una vez en Anatolia", de Nuri Bilge Ceylan (2011)
"Érase una vez en Anatolia", de Nuri Bilge Ceylan (2011)

Una pequeña caravana de tres autos recorre los esteparios caminos de Anatolia. Allí, sobre esos autos y por esos hipnóticos caminos, van policías, un procurador o fiscal de la justicia turca, un médico forense, algunos gendarmes y dos presuntos homicidas. Van en busca del cuerpo de un hombre asesinado y enterrado en alguna de las curvas, cerca de alguna de las tantas fuentes, junto a un campo labrado en donde hay un árbol redondo.

Hasta allí, pareciera el comienzo de un thriller nocturno, al estilo "Zodiaco" de David Fincher; pero no. Al director turco Nuri Bilge Ceylan no le gustan las novelas policiales y confiesa haber visto en su vida una sola película del género; era Chinatown de Polansky y no le gustó demasiado. En cambio se confiesa admirador y devoto de la literatura rusa, de Tolstoi, de Chejov y de Dostoievsky. ¿Habrá pensado Ceylan en "Crimen y Castigo" cuando escribió "Érase una vez en Anatolia"?

Ni los presuntos homicidas intentan una fuga, ni hay una intervención de la policía federal o del FBI, los campos están desiertos de zombies, no hay tornados ni catástrofes climáticas (sólo la amenaza de un chaparrón) y tampoco hay mujeres, ni fatales ni de las otras. Así las cosas, los personajes deben hablar en algún momento. Primero del yogurt casero, después de una receta médica, de los caminos y kilómetros que los separan de la ciudad y de los problemas de próstata del procurador que debe parar a cada rato para orinar. Pero tampoco es una película de personajes que hablan solamente, ni mucho menos un remedo tarantinesco. Es una película de Ceylan, uno de los directores más reputados del momento; un hombre que empezó ya grande en el cine (tenía 36 años cuando realizó su primer cortometraje) y que antes había estudiado ingeniería electrónica. Esto sin embargo no ha sido obstáculo para la conformación de un corpus cinematográfico que ya cuenta con siete títulos, la mayoría de ellos reconocidos y premiados en variados festivales internacionales.

Un director que genera un cierto estado de hipnosis en el espectador gracias a los climas que genera, valiéndose de todos los recursos de los que dispone cualquier director al hacer una película. Ceylan los utiliza a todos, y con gran pericia y sensibilidad. Lo primero que notamos es la cuidada fotografía, elaborada más con idoneidad y experiencia que con recursos económicos (las películas de Ceylan son consideradas de bajo presupuesto aunque esto no se note); la paleta de colores de verdes y ocres que despliega en su primera parte nocturna y rutera, sumado a las interpretaciones de todos sus actores, a las elecciones de encuadres, al tiempo que le dedica a cada plano y a la utilización de cada elemento visual y sonoro que el ambiente le ofrece, nos entrega una experiencia cinematográfica más relacionada con lo sensorial y lo climático que con los vericuetos de la trama. Y no es que no los tenga, de hecho pasan muchas cosas y hay muchas dudas sobre como fueron los acontecimientos del homicidio. Pero no está allí puesto el énfasis ni el interés. Ceylan pareciera querer mostrarnos algunas emociones, sentires y pesares de los hombres, en tanto habitantes de Anatolia, pero también de Turquía y del mundo.

La película podría dividirse en dos partes: una es la que comprende la búsqueda del cuerpo con los tres autos en un road movie mágico y misterioso. Y el misterio no está dado por ningún acontecimiento sobrenatural o peligro subyacente. Quizás, el único y gran misterio en el que el director intenta bucear, es ni más ni menos que en el de la naturaleza humana; del por qué hacemos lo que hacemos y por qué no, entre otras cosas. Sólo que Ceylan sabe encontrarle ese tono, porque sabe de puesta en escena.

Y voy a dar un solo ejemplo de ello; o mejor dos, ya que son escenas contiguas: la primera tiene que ver con una aparición cuasi angelical; cuando la caravana se detiene a descansar en un poblado a la madrugada, lo hacen en la casa del intendente del pobre pueblucho. Allí comen y beben y hablan de las necesidades del lugar y de la posible reparación del cementerio local. El intendente manifiesta a sus invitados que el pueblo carece ya de jóvenes; que éstos se van a probar suerte a las grandes ciudades. Sin ir más lejos, a él, sólo le queda la hija menor viviendo con ellos. Esta hija menor, es la que protagoniza una de las escenas más mágicas y bellas de toda la película. Para ello, el director se apoya en dos cosas: la belleza de la joven, y el enorme talento del encuadre de miradas y de los tiempos de duración de cada uno de sus planos.

Tras esta escena, hay una charla entre el procurador y el médico fuera de la casa. También en este momento se da una acción fuera de campo que involucra a la policía y sus métodos más oscuros. Sin embargo, lo más importante es esa charla que de hecho ya viene de antes y continúa en otros momentos del film. El procurador debe ir a ver a los policías y el médico se queda solo. El viento sopla fuerte y la joven sale de su morada para juntar la ropa colgada. El médico la observa, y no es la primera vez que lo hace. Sabemos que el médico está separado, y ella lo ha fichado un par de veces. La soga tiene bastante ropa, lo que debería generar un tiempo suficiente para el abordaje. Sin embargo, Ceylan escamotea ese tiempo. Es, tal vez, el único momento en el film, en el que utiliza la elipsis. La joven se mete en la casa y nos quedamos con la cara y el gesto del médico (un gesto neutro), y gracias al poder de la puesta en escena, pensamos o sabemos o creemos saber lo que el personaje piensa. Esta habilidad de poder traspasarle al espectador cierta responsabilidad para completar el relato, tanto de acciones como de pensamientos, se da en pocos cineastas hoy en día, ya que la gran mayoría nos da el bocado ya masticado y otros, traspasan mal, dejando al espectador indefenso y perplejo.

Hay también un momento sublime, cuando el procurador hace el informe sobre el cadáver. La jerga es, como la policial, graciosa. ..."Hombre de contextura media, pesando entre 80 y 90 kilos, de un metro ochenta y parecido a Clark Gable...". Todo esto lo dice el funcionario muy serio. Y se queda en silencio, sólo su rostro en plano. Uno se pregunta si lo habrá dicho en serio, porque no parecía el muerto parecido a la estrella de hollywood. Y Ceylan, se toma el tiempo para meternos en esa duda, y ahí nos mantiene, hasta que el funcionario se ríe y cuenta que en realidad, a él lo confundían con Gable en épocas de estudiante universitario.

La otra parte del film, se da a partir de la llegada del grupo a la ciudad. Algunas dudas podrán despejarse allí; una, relacionada con el hecho policial, la otra, con la historia que el procurador le viene contando al médico. El cambio de ambiente se hace notar; asistimos a un espacio menos mágico, menos misterioso. Una instancia burocrática triste y melancólica que pareciera no querer terminar nunca. Vuelve a la vida normal, a la vida que no se ve en las películas y que sin embargo es la que más tiempo nos lleva.