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Rajá, turrito, rajá

"Los siete locos", de Roberto Arlt, publicada originalmente en 1929, se ha transformado en una novela inevitable dentro de los recorridos de la literatura argentina. Su universo es particular, lo mismo que el argumento y sus personajes. La tragedia del angustiado Remo Erdosain adquiere proporciones desmedidas y extravagantes a partir de un robo elemental, casi torpe. Su desesperación lo conectará con sujetos fantasmales, oscuros y crueles, que imaginan lo imposible, aquello deliberadamente absurdo y atroz. Arlt (1900-1942) nació y murió en Buenos Aires.
19/05/2011 00:00 Hs.
Rajá, turrito, rajá
Rajá, turrito, rajá

Hay

lecturas que nunca terminan y existen textos a los que es

indispensable regresar de tanto en tanto. No se pueden abandonar. La

sentencia del título debe ser una de las más famosas y reconocidas

de toda la literatura argentina. No requiere de mayores

explicaciones, es contundente, lapidaria, final y deja una especie de

sensación ridícula y desamparada en quien la recibe. Tanto es así

que el gran David Viñas

-escritor, historiador, ensayista y notable polemista, quien murió

recientemente- caminaba por la calle Corrientes, en Buenos Aires, con

una remera con esta leyenda estampada en el pecho: "Rajá,

turrito, rajá".

Viñas,

en varias oportunidades, explicó que tanto Roberto

Godofredo Christophersen Artl

como sus personajes transitaban senderos en los que, poética y

filosóficamente, la idea de Dios no existía. El escriba y sus

fabulaciones habían sido prolijamente abandonados por las

divinidades. Incluso las urbanas.

La

frase es una respuesta que el farmacéutico Ergueta, sentado en un

bar de Perú y Avenida de Mayo, le lanza en la cara al casi

desesperado Remo Erdosaín. Ambos forman parte de la galería de

personajes que Roberto

Arlt imaginó para su

extraordinaria novela Los

siete locos, publicada

originalmente por Editorial Latina en 1929. Erdosain, un gris

cobrador de una compañía azucarera, es acusado de robar 600 pesos

y siete centavos. "Y

lo asombroso para Erdosain no consistía en el robo, sino en que no

se revelara en su semblante que era un ladrón... Cuando tuvo la

idea, cuando una pequeñita idea lo cercioró de que podía defraudar

a sus patrones, experimentó la alegría de un inventor. ¿Robar?

¿Cómo no se le había ocurrido antes?".

Erdosaín,

casado con Elsa, sufría la falta de dinero en una Buenos Aires (y un

país) cosmopolita, hija de la Ley de Educación de 1883, de la Ley

Sáenz Peña y de las desigualdades, que se preparaba para ser el

escenario del primer golpe de Estado que sufriría la Argentina.

Moría el yrigoyenismo. Comenzaba la Década Infame, retornaba el

fraude y la llamada "república restrictiva". Erdosain, conminado

por sus jefes para presentarse con la plata y los recibos, deambula

por la ciudad en busca de una solución. Necesita dinero. De lo

contrario, irá a la cárcel. El azar lo encuentra con el

farmacéutico Ergueta, un tipo absurdo y mefistofélico, transformado

en un fundamentalista cristiano, que habla de revoluciones sociales

que no explica y que se casó con una prostituta para expiar su

espíritu y cumplir con los ritos. Le cuenta su drama y lo manguea.

"Rajá, turrito,

rajá". Y Erdosain

huye, avergonzado. Va al encuentro de el Astrólogo, un extrañísimo

y cínico sujeto que piensa en otra revolución (no se sabe si

fascista o comunista, aunque parece estar claro que se tratará de

una sociedad totalitaria en la que la tecnología tendrá un papel

fundamental) a la que piensa financiar a través de la explotación

de mujeres y de prostíbulos. Aparece, justo allí, otro personaje

extravagante: el Rufián Melancólico, cuyo verdadero nombre es

Arturo Haffner, viejo profesor de matemáticas que comparte algunas

de las ideas del Astrólogo (aunque fundamentalmente está aburrido

de casi todo) y también es un

cafishio: vive de las

mujeres, de las putas, y hasta se propone prostituir a una ciega. Él

formará parte del intento, será el administrador de la cadena de

prostíbulos, y resuelve, por el momento, el problema de Erdosaín.

Antes, durante y después, está Barsut, primo de la mujer de Remo, a

quien odia y detesta. Todos se detestan. No está enamorado de Elsa:

sólo quiere humillarla. No la ama, no la desea, no pretende robarle

la mujer a Erdosain. Quiere ridiculizarla. Y es él, Barsut, quien

denuncia a Erdosain a la compañía azucarera. Barsut, que le

obsequia a Erdosain una brutal e inexplicable paliza cuando confiesa

la delación, es la imagen de una obsesión. Todo es una miseria, una

colección de extraordinarios personajes miserables, solos, dementes

citadinos, soñadores absurdos y peligrosos, desesperados acaso,

imaginados por un Arlt

-hijo de inmigrantes

y con estudios primarios incompletos- que, como todos, no tiene otra

alternativa que la de ser fatalmente contemporáneo, un sujeto de su

tiempo y de su circunstancia, que resuelve su literatura de manera

brutal (en el sentido poético del término) Erdosaín, atormentado

pero cerebral, resuelve secuestrar y asesinar a Barsut. La sentencia,

la trampa, la fábula, el conflicto, la probable estafa, la mentira,

están planteadas. Elsa ya ha abandonado al angustiado y metafísico

Erdosaín: "¿Qué

importa que yo sea un asesino o un degradado? ¿Importa eso? No. Es

secundario. Hay algo más hermoso que la vileza de todos los hombres

juntos, y es la alegría. Si yo estuviera alegre, la felicidad me

absolvería de mi crimen. La alegría es lo esencial. Y también

querer a alguien..."

Arlt

crea un mundo fabuloso y atroz, en el que el argumento y la trama

están íntimamente relacionados con los personajes. Los

siete locos es una

inimitable novela de personajes atormentados por su existencia, todos

encerrados en un laberinto genial. No es casual que se trate de un

texto clásico, canónico, por motivos distintos -pero también

inobjetables- por los que El

Aleph de Jorge

Luis Borges, por

ejemplo, está también en el mismo anaquel de la misma biblioteca.

Dice Erdosain, inmerso en su propio soliloquio: "...Si

ahora viniera un dios y me preguntara: ¿quieres tener fuerzas para

destruir la humanidad? ¿Yo la destruiría? ¿La destruiría yo? No,

no la destruiría. Porque el poder hacerlo le quitaría interés al

asunto. Además, ¿qué iba a hacer yo sólo en esta tierra? ¿Mirar

cómo se oxidaban las dínamos en los talleres y cómo se

desmoronaban los esqueletos que estaban a caballo encima de las

calderas? Cierto es que él me ha abofeteado, pero, ¿me importa eso?

¡Qué lista! ¡Qué colección! El capitán, Elsa, Barsut, el Hombre

de Cabeza de Jabalí, el Astrólogo, el Rufián, Ergueta. ¡Qué

lista! ¿De dónde habrán salido tantos monstruos? Yo mismo estoy

descentrado, no soy el que soy, y sin embargo, algo necesito hacer

para tener conciencia de mi existencia, para afirmarla. Eso mismo,

para afirmarla. Porque yo soy como un muerto..."

El

libro puede leerse de manera independiente porque plantea un

escenario concreto. Pero es imposible no avanzar hacía lo que se ha

transformado en su segunda parte, Los

lanzallamas, novela

publicada en 1931. Los personajes se repiten. La trampa se hace

evidente. Unos viven. Otros son asesinados. Dentro de algunas

inmortalidades alguien imaginará otras líneas sobre Los

siete locos, un texto

único e invulnerable.

  • La

    novela Los siete

    locos, de Roberto

    Arlt, se ha publicado

    en muchas oportunidades. No obstante es pertinente sugerir una de

    sus versiones clásicas e históricas, la de Editorial Losada, que

    en 2009 lanzó en Buenos Aires la edición que conmemoraba el

    setenta aniversario del libro.