Memorias de la Patagonia Rural: La Escuela Hogar 158 de Corralito | ANBariloche
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Memorias de la Patagonia Rural: La Escuela Hogar 158 de Corralito

Fue creada en 1940 y hoy asisten 26 niñas y niños de los alrededores. Algunos de ellos, viven en el albergue y le dan vida a este edificio que se convierte en hogar. 
13/03/2026 10:55 Hs.
La escuela está ubicada a 140 kilómetros de Bariloche y asisten niñas y niños de poblados cercanos. Fotos: Marcelo Martínez.
La escuela está ubicada a 140 kilómetros de Bariloche y asisten niñas y niños de poblados cercanos. Fotos: Marcelo Martínez.

A casi 140 kilómetros de Bariloche, aparece un cartel en la exruta 40, tras mucho camino en el que el paisaje es solo la estepa. De fondo se ve un caserío y allí mismo, está la Escuela Hogar 158, en el paraje de Corralito. “El sueño que hace soñar”, reza una frase en el ingreso, antes de cruzar el arroyo Panquehuau que ahora solo lleva un hilo de agua, víctima de la sequía que golpea a toda la zona. 

Hace unos 80 años que esta escuela se erigió allí mismo, aunque con el paso del tiempo, el edificio fue tomando otras formas y dimensiones, para albergar a niñas y niños que transcurren el nivel medio en el lugar. 

Hace unos 80 años, todo era diferente en la zona, incluso, la cantidad de escuelas rurales en los parajes rionegrinos, que poco a poco fueron desapareciendo. Así como cambió la tierra y el clima, cambiaron las poblaciones. La gente comenzó a irse cuando vivir del campo se convirtió en una misión imposible y ahora, cuando la gran mayoría son adultos, los niños son cada vez menos. 

El paraje se encuentra ubicado a unos 140 kilómetros de Bariloche. Foto: Marcelo Martínez.

De todas maneras, la escuela de Corralito es, quizás, a la que más alumnos concurren en la Zona Andina. Quizás, porque es un dato oficial al que ANB intentó acceder aunque no hubo respuestas desde el Consejo Escolar, donde parece que el impacto social que tuvo el cierre de una escuela rural cercana, dejó una sensibilidad que todavía les impide responder a las consultas de los medios.

Una veintena de niños concurre a clases y la mitad permanece en el albergue. Es un día soleado y aunque un tercio de los 140 kilómetros que separa a Bariloche de Corralito, transcurre en estepa, neneos y coirones, la escuela parece casi un oasis, con su césped de verde brillante, árboles y frases escritas con distintos colores, que le dan una impronta alegre al edificio. 

Más de 20 niñas y niños le dan vida a la escuela. Foto: Marcelo Martínez.

Lorena Chimento hace casi una década que es directora de la escuela. Recorre el pasillo y señala cada espacio de este lugar, al que después de un rato de charla califica como “mi mundo paralelo”. Su “otro mundo” sería Bariloche, desde donde viaja todas las semanas, así como algunos docentes. 

“Laburar en la ruralidad es una decisión”, afirma y agrega que “son elecciones muy diferentes. Hay un riesgo al que nos exponemos constantemente teniendo que viajar, salir a la ruta todas las semanas. También es otra la realidad; acá convivimos todos los días con otros adultos, con niños. Es muy distinto”. 

Este año, el Ministerio de Educación aceptó el ingreso de niños de tres años y además, también, asisten allí, dos adolescentes que realizan el nivel medio de forma virtual, pese a las malas condiciones de conexión a internet. Son 28 chicos, repartidos en nivel inicial, primaria y secundaria, que junto a los docentes, auxiliares y personal de servicio, le dan vida a esta escuela.

Diez niños permanecen en el albergue de lunes a viernes. Foto: Marcelo Martínez.

A diferencia de algunos otros lugares donde la población infantil es casi inexistente, en Corralito hay jóvenes que decidieron quedarse en su lugar y esto marca también el futuro de una escuela. “Hay proyección de matrícula”, afirma Lorena, y a su vez destaca que el objetivo primordial, en todo momento, “son los nenes”. Con esta premisa, trabajan y conviven.

Hay una realidad en las escuelas rurales que cuesta imaginar o dimensionar en la zona urbana. La escuela es, verdaderamente, escuela, hogar y familia. Es patio para el recreo y también para los ratos libres. Es convivencia con gente sin vínculo alguno más que la educación, pero que terminan creando lazos y cariño por todo lo compartido. 

Los niños en las escuelas rurales viven distinto también. Si bien no son todos los casos iguales, la mayoría no tiene teléfonos celulares, porque además, en el medio del campo, la conexión suele ser o un anhelo sin cumplir, o un intento de tecnología poco eficiente. “Es otra infancia. Estudian y juegan. Interactúan, hablan, piensan juegos para distraerse”, relató Lorena. 

La vida transcurre distinto en la Escuela Hogar 158. Foto: Marcelo Martínez.

“Creo que no hay noción de lo que se vive en una escuela rural, pero cuando vienen de la ciudad, ya sea chicos de otras escuelas o médicos que suelen venir a atender, se sorprenden de que los chicos hablan, conversan, se relacionan sin un celular de por medio”, destacó la directora. 

Esta convivencia también implica algo más: la confianza plena de las familias que dejan a los niños en las escuelas hogar, donde duermen cuatro noches a la semana. Quienes se quedan allí, no lo hacen solo por una elección, sino casi como una obligación. “Tenemos una gran responsabilidad”, destacó la directora. 

En la Región Sur, los parajes se encuentran dispersos, alejados entre sí, con caminos muchas veces en mal estado, que demandan quizás dos horas para un puñado de kilómetros. Muchas familias además, no cuentan con vehículo propio para llevarlos y buscarlos y aquí cumple un rol fundamental el transporte que todos los lunes busca a los chicos en sus viviendas.

Niñas y niños asisten a clases de jornada extendida. Foto: Marcelo Martínez.

Todo esto también lleva a algo que no se, pero con lo que se vive: la responsabilidad de tener menores a cargo durante toda la semana, sabiendo que puede haber emergencias, cuestiones de salud, llantos, tristeza, miedo. “Estamos muy alejados de un hospital, por ejemplo”, añade Lorena. 

La semana inicia siempre con clases a las 10,30 horas, porque es el día en que los niños de los alrededores, llegan con el transporte y también los docentes que vienen desde otras localidades. Ese día, las clases se extienden hasta las 18,30 horas, porque igual se cumple con la jornada extendida.

Quienes no viven en el albergue y se encuentran próximos a la escuela, igual comparten el día a día con el resto. Almuerzan y meriendan juntos, y de esta manera también se garantiza que todos accedan a una alimentación variada en la escuela.

Vanesa Marín, una de las encargadas de prepara la comida en la Escuela. Foto: Marcelo Martínez.

Lorena conoce los vericuetos de la burocracia y las vueltas que muchas veces tiene el Estado para proveer de los insumos necesarios a las escuelas, pero en un lugar alejado a dos horas del pueblo más cercano, esperar una respuesta en muchos casos es quitar posibilidades, por lo que los mismos docentes o trabajadores del lugar suelen ingeniárselas para cubrir todos los huecos que van apareciendo.

Entre tantas otras diferencias que hay en una escuela rural con pocos alumnos y las escuelas en las zonas urbanas, muchas veces colapsadas y con situaciones muy complejas, los trabajadores de la Educación coincidieron en algo puntual: el respeto. “Todavía se conserva el respeto al docente. “Incluso los padres, aunque vengan molestos por algo, nunca jamás hay una falta de respeto”, remarcó Lorena. 

“Esto es el paraíso”, afirmó sin mucho rodeo, Clarisa Goicoechea. Es el segundo año que da clases en la Escuela 158. Oriunda de Cipolletti, conoce las diferentes realidades de la educación y a poco de jubilarse, no quería hacerlo sin cumplir un sueño que tenía desde siempre: enseñar en contexto rural. “Siento que acá verdaderamente se puede cumplir el rol pedagógico. En la ciudad hay otros problemas y situaciones que a veces te dificultan llevar adelante el trabajo”. 

En un aula, un grupo de niños de la primera sección está en una clase a cargo del maestro Rafael Bruno en la que aprenden el abecedario. Juegan, colorean y luego salen al patio para practicar las letras, en el camino del aprendizaje para la lectura. El docente es de Melico, un pequeño paraje ubicado a unos kilómetros de Corralito, aunque cuenta que sale bien temprano de su casa, por el estado del camino. 

Niñas y niños comparten desayuno, almuerzo y merienda en la escuela. Foto: Marcelo Martínez.

Es la hora del recreo y salen todos al patio. Los más pequeños aprovechan los juegos de plaza y los más grandes, charlan al sol. Mientras, en la cocina, Vanesa Marin y Patricia Noches preparan lo que será el almuerzo y cuentan que se las ingenian para intentar variar las comidas e incluir más verduras que harinas, aunque cuesta convencer a los pequeños comensales. 

“Pato” es de Panquehuau, otro de los parajes cercanos, en los que vive un puñado de familias, ya todos adultos. Ella y su marido, son los más jóvenes. “Se ha ido mucho la gente, porque se complica mucho con el tema del agua”, cuenta. Con su pareja, tienen una chacra de alfalfa que con mucho esfuerzo logran mantener, aunque la sequía que golpea a la Región Sur desde hace décadas, pone todo mucho más cuesta arriba. “Los jóvenes tienen que irse porque no hay fuente de trabajo”, dice.

Vanesa, por otro lado, es de las jóvenes que se fue y volvió y ahora ya tiene su vida armada en Corralito. Sus pequeñas hijas asisten a la escuela en la que ella trabaja. “Hace cinco años que estamos acá, a mis peques les encanta, aunque a veces es complicado tener trabajo”, dice mientras no deja de prestar atención a las ollas en las que preparan la comida que luego compartirán todos juntos en el comedor. 

En un espacio que sirve como sala de profesores, Franco trabaja frente a su computadora. Es el segundo año que trabaja en la Escuela 158, aunque ya tiene experiencia en escuelas rurales. Vino de San Juan a probar suerte, y su primera experiencia fue en la Escuela de Pichileufu. Luego, pasó por Cerro Alto, por aquel establecimiento que este año decidieron cerrar, y ahora, continúa en Corralito. “Es dura la Patagonia, pero me gusta”, afirma sin dudarlo.

Cuando terminan las clases, los niños que se quedan en el albergue pasan sus ratos con diferentes actividades. “Ayer estuvieron cosiendo, a veces van al invernadero o salimos a caminar”, relata Lorena. Los niños están acompañados las 24 horas por auxiliares que conviven con ellos. 

Lorena Chimento es la directora de la Escuela Hogar 158. Foto: Marcelo Martínez.

En invierno, el frío los obliga a estar en el salón que oficia de comedor y patio interno. Las temperaturas en la estepa suelen descender hasta los -20 grados y esto obliga a repensar juegos, tareas y propuestas, ya que no cuentan con un SUM. 

La escuela hogar es mucho más que el lugar donde los niños aprenden. Es el espacio al que llegan fundaciones, organizaciones o escuelas de otros lugares para conocerlos, compartir y dar una mano en lo que sea que necesiten. Es el lugar donde se hacen reuniones, o el punto de referencia para quien llega a Corralito. Es la casa de niñas, niños y docentes, que pasan allí los meses de un calendario escolar que muchas veces desconoce de realidades y docencia rural. Y es, como lo definen sus protagonistas, una familia.  (ANB)

Memorias de la Patagonia Rural: La Escuela Hogar 158 de Corralito
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