miércoles 19 de junio de 2024

Educación

Las escuelas rurales, protagonistas de los parajes rionegrinos

Con matrículas que no significan ni un aula en la ciudad, las escuelas hogar son parte fundamental de la vida en el campo.

martes 21 de marzo de 2023
Las escuelas rurales, protagonistas de los parajes rionegrinos
La matrícula de las escuelas rurales no suele superar los 20 alumnos. Fotos: Marcelo Martínez.
La matrícula de las escuelas rurales no suele superar los 20 alumnos. Fotos: Marcelo Martínez.
 Por Claudia Olate 

Allí donde parece que no hay nada, o que no vive nadie, se erige una escuela rural. En medio de la estepa, y tras un camino de ripio corto pero duro, se ven un montón de árboles. Seguramente una bandera argentina o algún cartel distinga al establecimiento educativo de alguno de los tantos parajes que hay en la provincia.

“Tenemos una buena matrícula”, cuenta Lorena de la escuela de Corralito. Es que este año, hay 19 chicos y chicas que concurren a clases. Diez de ellos, son internos, es decir, que viven allí.

¿Podrá alguien en la ciudad, imaginarse lo que es vivir en la escuela? En la escuela de Pichi Leufu, el estudiante más pequeño no supera el metro de altura. Tiene seis años y vive allí incluso sábados y domingos, y cada dos semanas, lo buscan sus padres.

“Las primeras noches le costó un poco, lloraba un poquito, pero ahora ya está acostumbrado”, cuenta Susana, una de las auxiliares de la escuela hogar 231 de Pichi Leufu, mientras niños y niñas disfrutan del recreo que, esta vez, se extendió un poquito más.

Gran parte de los estudiantes vive en las escuelas hogar.Foto: Marcelo Martínez.

Las escuelas rurales siguen siendo el pilar fundamental de la vida en los parajes o en pequeños pueblos alejados de la ciudad. No solo son la única opción para poder alfabetizar a niños y niñas, si no que muchas veces, es el lugar donde concurren los pobladores a comunicarse ya que actualmente la mayoría cuenta con internet satelital, o también, son el punto de reunión en cada acto que se vuelve un gran festejo con comida, familias enteras que llegan a compartir y música.

La escuela 158 de Corralito fue inaugurada en 1940 y desde entonces, se mantiene con una matrícula que permite el funcionamiento institucional. “Tenemos cinco niños en nivel inicial, lo cual es un número importante”, cuenta Lorena.

A diferencia de algunas otras escuelas donde asisten chicos incluso, de ciudades o pueblos más grandes, la escuela 158 “tiene matrícula 100% rural”, remarca Lorena. Tanto los chicos que viven allí durante la semana como aquellos que pueden ir a diario a sus casas, son de la zona.

¿Qué diferencia a una escuela rural de una urbana?, les pregunto a las y los docentes de distintos establecimientos y la respuesta se repite: los vínculos. La relación entre adultos y menores es distinta, claramente distinta, en el lugar en el que los alumnos no son más de 20 y viven allí todos los días.

La escuela 231 de Pichi Leufu tiene 11 alumnos y 6 de ellos viven allí. Foto: Marcelo Martínez.

“Hay una cuestión vincular muy fuerte, más allá de acompañar las trayectorias educativas de los chicos, hay un trabajo individualizado que hace la diferencia. Podemos tener en cuenta cada contexto social y cultural de las familias. Es un trabajo muy personalizado”, remarcó Lorena.

En la escuela de Pichi Leufu, mientras los chicos juegan al fútbol y otros se hamacan en los juegos que hay en el gran patio del edificio, Gabriela sostiene que “hay otras realidades que en la ciudad no se dan cuenta, hay una relación directamente familiar con los chicos”. Ella es una de las docentes que también deja a su familia semana a semana para vivir en la escuela hogar, donde enseña a los 11 niños y niñas que allí asisten.

Claudia, la directora del establecimiento, cuenta que la escuela se fundó en 1965 con el período septiembre-mayo, pero un incendio la destruyó por completo hace unos 20 años. “Hasta que se hizo de nuevo, se trasladó todo a Pilca Viejo y funcionó allá por unos años”, recuerda.

Los niños y niñas tienen rutinas establecidas y durante el fin de semana, talleres. Foto: Marcelo Martínez.

Las llamas que consumieron el edificio original, también arrasaron con documentación e información de la escuela, por lo que no se sabe cuál es el día original de la inauguración, pero “calculamos que en septiembre debe ser el aniversario, por el período de las clases”, dice la directora.

“En este ciclo lectivo, después de tener cada vez menos estudiantes, tenemos 11 en dos ciclos. Una nena en 7º grado y un ingreso de 1º de acá de la zona”, relata la mujer que también vive en la escuela, en una casita ubicada en la parte del frente del edificio.

Brenda, la futura egresada de 7º grado, cuenta con timidez que todavía no sabe dónde estudiará el secundario, aunque tiene a una de sus hermanas en Pilcaniyeu. Su familia vive en La Fragua y cada dos semanas, transita una hora y media a caballo hasta llegar a la ruta 23, donde la buscará el transporte. Durante 7 años, cada dos semanas, hizo el mismo recorrido.

Los estudiantes se dividen en 1º y 2º ciclo. Foto: Marcelo Martínez.

En las escuelas rurales que tienen permanencia, es decir que los chicos y chicas no se van cada viernes si no que viven allí también los fines de semana, se preparan distintos talleres para brindar los sábados y domingos a cargo de los auxiliares. “Hay taller de cocina, de arte, de pintura”, añade Claudia.

Los horarios están definidos y a las 8,30 luego del desayuno, empiezan las clases que cortan para almorzar y luego, finalizan la jornada a las 16. Pero en las escuelas hogares, la vida sigue allí. No hay un timbre que marque la señal de volver a casa.

“Nos cruzamos a la tarde en el patio, nos vemos en las comidas o afuera”, cuentan las mujeres que viven en la escuela 231 y añaden que “los conocemos tanto que les hacemos todas las mañas”.

En las escuelas hogares, “se maneja el tiempo de forma diferente”, dicen, aunque los y las estudiantes tienen sus horarios bien marcados. “A las 19 es la hora del baño y después, cenan. Luego, siempre miramos un rato de películas o series o jugamos al bingo o a la lotería”, detalla Claudia.

En las escuelas rurales, el equipo docente y auxiliar también vive en la escuela.Foto: Marcelo Martínez.

“A las escuelas urbanas les decimos escuelas monstruos porque son tan grandes y las vemos desbordadas por la violencia y problemas sociales muy fuertes. Es el otro extremo de lo que sucede acá. Tenemos otra realidad totalmente diferente. Hay un respeto hacia el adulto, hacia las maestras. Nunca tuvimos un problema de violencia dentro de la escuela”, remarca Lorena.

La mayoría de las escuelas rurales tienen un patio amplio, donde niños y niñas juegan a diario, donde pasan sus tardes mientras dure el ciclo lectivo, y donde aprenden a convivir de otra manera.

Algunos juegos, un invernadero donde siembran y cosechan sus verduras, y la infaltable canchita para correr, pelotear o dibujar en la tierra una rayuela. Al ser muy chicos, casi ninguno de ellos cuenta con teléfono celular, así que el entretenimiento se busca de otra manera.

“Creo que la palabra para definir a la educación rural es ‘desafío’” dice por su parte Federico, director del Centro Educativo Regional de Pilca Viejo, donde asisten jóvenes del nivel secundario y también viven allí de lunes a viernes.

Las escuelas rurales se encuentran en los numerosos parajes de la provincia. Foto: Río Negro.

“Conociendo a los docentes de muchas escuelas rurales de la zona, me parece que creen en lo que están haciendo, apuestan al acompañamiento y educación de esos chicos que incluso  viven en el colegio. La vocación está, acá los chicos viven, así que hay que seguir. El docente de escuela rural le mete para adelante, porque sabe que tiene 10 o 15 chicos que van a estar ahí”, remarca.

Caminos de tierra y en su mayoría, en pésimo estado, grandes extensiones de campo sin nadie alrededor, el viento patagónico que casi nunca abandona, distancias que hacen el camino más cuesta arriba. Y allí, donde parece no haber nada, se erige una escuela rural donde niños y niñas reciben a la visita con algo de timidez y la curiosidad propia de la infancia, donde acompañan de la mano en el recorrido por el edificio y donde despiden con un abrazo apretadito, fuerte, de esos que quedan guardados. (ANB)

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