09/08/2020

Nietzsche se equivocó: Dios no ha muerto

Contrario a lo que creemos, la “modernidad” actual tiene nuevos dioses a los que adoramos. Un análisis de Nahuel Michalski sobre cómo lo sagrado y lo profano simplemente cambiaron de objetos, pero sigue rigiendo nuestras vidas.

Nietzsche se equivocó: Dios no ha muerto

*Por Nahuel Michalski

El avance de la cultura denominada “moderna” o “modernidad”, de la que nos jactamos con pompas como si de un trofeo se tratara, ha implicado, sobre todo en Occidente, el sostenimiento de una firme creencia hegemónica por todos nosotros avalada, a saber: que dicho desarrollo histórico ha aparejado por sí mismo una erradicación de los rancios oscurantismos, los peligrosos dogmatismos y las “inexplicables” mitologías religiosas medievales, las cuales, por cierto, de “inexplicables” tuvieron tanto como de “oscura” la Edad Media, es decir, nada. Más allá de los motes que por motivos políticos la Edad Media haya recibido de las emergentes burguesías modernas de los siglos XVII y XVIII, lo cierto es que ella fue todo menos oscuridad e irracionalismo. Los eminentes medievalistas Romero y Le Goff han dado ya sobrada cuenta de tal premisa.

Sin embargo, el sujeto moderno que actualmente encarnamos desconoce aquellas lejanas realidades históricas, lo cual lo lleva a asociar lo “antiguo” con lo “medieval” y a esto con lo “ajeno”. De este modo, dualiza la historia trazando una extraña línea imaginaria mental de la que ni siquiera él está muy seguro percibiendo, por un lado, una “antigüedad olvidada” a la que él no pertenece y de la que supuestamente no ha heredado nada y, por el otro, una especie de “modernidad del ahora” la cual experimenta como su ámbito de seguridad cultural y existencial, y en la que “se siente” entonces emancipado, libre o en tren de liberación. Sin embargo, y paradójicamente, dicho sujeto moderno resulta aún tan dogmático y creyente en mitos como el sujeto medieval denostado por él; en otras palabras: o la medievalidad no resultó tan oscura, o nosotros, en algún sentido, somos todavía bastante medievales.

Por supuesto que asumir seriamente nuestro aún presente comportamiento mítico colisiona con la polémica y lo “políticamente correcto” propio de nuestra era. Reconocer que en nuestras configuraciones humanas actuales pueda aún vivir la herencia medieval con todo lo que ésta conlleva de “atraso” y “barbarie” (por cierto, cosas éstas con las que aún en nuestra “modernidad progresista” convivimos a diario), implica un cierto compromiso no deseado (o socialmente no tolerado) con nociones “anti modernas”, como “conservador”, “anticuado”, “manipulable”, “adormecido”, “religioso”, “dogmático”, las cuales resultan profundamente ofensivas para el ego individualista y “desarrollista” que ha conformado nuestra cultura occidental.

Pero lo cierto es que, pese a la expansión científica, dicho ego no ha abandonado la fuerza del mito y el dogma, sobre todo si se tiene en cuenta su respuesta protectora y defensiva automática con respecto a mitos masivamente deglutidos e institucionalmente reproducidos como lo de la “democracia”, el “desarrollo”, la “calidad institucional” y el “valor republicano”, entre otros. Cosas éstas que no van más allá de lo meramente metafórico, pues hablan como-si, pero sin ser parte de la realidad efectiva. Es decir, performamos como-democráticos, aunque disponemos de escaso poder real. Nos lucimos como-humanistas, aunque nuestro norte no sea otro que el éxito, la acumulación y el placer. Oramos como-tolerantes, aunque excluimos rápidamente de nuestros registros a cualquier Otro que no-sea-como-nosotros. Y así, como avizoró ya Platón, la ficción y la performance resultan ser elementos centrales, aunque indeseables, de nuestras formas de vida contemporáneas.

Nuevamente, esto podría sonar “políticamente incorrecto” o, como diría Benjamin, a contrapelo de la historia. Pero lo cierto es que el hecho de que esto no resulte de agrado para el sujeto moderno y que golpee en el centro de su corazón progresista, no implica que se trate de algo falso; es decir, la mera inclinación o aversión personal con respecto a una idea, mal que nos pese, no constituye por sí misma ningún fundamento sobre ella ni grado de conocimiento. Podría esto no gustarnos y, aun así, resultar verdadero. Más aún, la epistemología más elemental fuerza a reconocer que incluso de nuestra incredulidad en algo no se extrae su inexistencia: que no creamos en “lo político” o en “lo religioso medieval en nosotros” no significa que estas cosas no existan y no nos afecten a diario; del mismo modo que a partir del hecho de no creer en Dios no se puede concluir su inexistencia.

Lo Religioso, el Poder o Dios (que funcionalmente operan del mismo modo en nuestras sociedades contemporáneas), portan entonces un maravilloso y místico atributo que nunca ha desaparecido: sus existencias y capacidades de acción no dependen de que nos agraden, creamos en ellos o estemos de acuerdo: podrían todos los humanos resultar ateos y, sin embargo, deber su ateísmo a un Dios generoso que les permita la actitud desconfiada. Podrían todos ellos jactarse de “modernos y desarrollados” y aun así estar hundidos en los más repetitivos y atrasados hábitos dogmáticos y religiosos. Más todavía, podrían exhibir su condición descreída y “apolítica” y aun así estar plenamente subordinados a una existencia política que los excede y a sus relaciones inmanentes de fuerza. Y es que, paradójicamente, la idea misma de “apoliticidad” resulta una contradicción en términos, pues para poder aceptarse uno como correspondiendo con ella debe, de entrada, disponer de un lenguaje y una cultura a partir de los cuales pronunciar dicha aseveración; en otros términos, no solo la “apoliticidad” en sí no existe, sino que incluso para jactarse las personas de ser “apolíticas” deben estar fuertemente politizadas desde un primer momento; y para politizarlas resulta menester, como se sabe, invocar frente a ellas ciertas “religiosidades” y “dioses” (modernos y seculares) en torno a lo cual aquellas prestarán consentimiento incondicional.

Del mismo modo, la famosa condición atea no anula el problema de Dios, sino que, contrariamente, lo refuerza; pues, ¿no es preciso para el ateo disponer de alguna noción de Dios frente a la cual pueda negarse a creer? Y si esto es así, y siguiendo el pensamiento dialéctico de Hegel, ¿no ocurre que cuanto más se niega a Dios tanto más se refuerza su existencia en la medida que, precisamente, mas acepto con mi negación que ello existe? ¿No es acaso esto mismo lo que el psicoanálisis se encarga de trabajar cuando muestra que cuanto más negamos el trauma más fuertemente lo hacemos existir y retornar sobre nosotros? ¿No es lo que Nietzsche insinuó al decir que “cuanto más miramos al interior del abismo más el abismo mira dentro nuestro”? Entonces, luego de Hegel, el ateísmo y la “apoliticidad” no resultan más que actitudes defendibles por arbitrariedad emocional pero no ya por medio de la razón.

Aceptemos entonces que Dios, o “la religiosidad” o “lo divino”, no se ha extinguido conjuntamente al avance de la “modernidad”; tan solo cambió de forma “readaptando” su función política. Lo socialmente mítico, los dioses culturales adorados y la praxis “religiosa” frente a ellos en absoluto han quedado esfumados. Ya no rezamos en monasterios y abadías, no compramos indulgencias, no creemos en la existencia formal de un infierno y un cielo, ni en la sangre azul de los gobernantes, pero rezamos frente a la fluctuación de las divisas, pedimos la indulgencia de la autoridad social (a la mirada del Otro) cuando nos sentimos en falta, creemos en el infierno de la pobreza y en el cielo de la riqueza y no pocas personas aún continúan idolatrando la sangre mesiánica de ciertos líderes políticos. Esto quiere decir que no somos “oficialmente” religiosos, pero sí en la efectividad de la práctica diaria atravesada por nuestra subjetividad inconsciente.

¿Qué sucede entonces en nuestras profundidades subjetivas? ¿En esa extraña región mágica y puramente simbólica que desde la nada de lo que es logra condicionar nuestros actos, percepciones y entendimientos habituales? En ese lugar nuestro lleno de mística, rituales y ensoñaciones, ¿no viven aún ciertas creencias míticas que se acoplan con nuestras rutinas cívicas, familiares y personales diarias y “culturalmente oficiales”? Quizás Dios tan solo “se haya mudado” para cambiar el cielo medieval por el “cielo” de nuestra subjetividad, un ámbito personal, íntimo e incondicionalmente idolatrado por nosotros. Pero si ello es así, ¿no hemos devenido entonces sujetos cuyas “prácticas religiosas” inconscientes se orientan hacia nosotros mismos? Y esto, ¿no es el origen mismo del profundo narcisismo que atraviesa a nuestras comunidades actuales, es decir, tomarnos a nosotros mismos como referencia de “lo divino”? Creo que es esto lo que tan pertinentemente fue observado por la intelectualidad crítica de la primera parte del Siglo XX cuando aseguró que el sujeto moderno ilustrado en el fondo no es más que un sujeto tan barbárico como el de la mitología antigua.

En resumen, no nos hemos desembarazado de ciertas formas seculares de religiosidad bajo las cuales, aún hoy y más que nunca, continuamos aplicando filtros religiosos como los de lo sagrado y lo profano. Y así, el mercado, la democracia, el trabajo, la familia nuclear monogámica, la riqueza, el conocimiento, la autoridad son cosas tan sagradas para nosotros como Dios lo era para los campesinos medievales y, por tanto, portadoras de todos los atributos propios de la divinidad: incuestionabilidad, carácter eterno, objetividad plena, autoridad indiscutida. 

Por su parte, el ocio, el placer, la burocracia asistencialista, la no-profesionalización, el nativo, el pobre, la mujer adquieren hoy el status de lo profano, lo yecto, y son condenados con toda la fuerza del prejuicio social con la misma intensidad con la que las cortes papales de la medievalidad condenaban a los ateos, homosexuales, herejes, científicos, rebeldes, magos y adoradores de “otros dioses”. ¿No es acaso el hecho de que continuemos tratando a ciertas cosas como sagradas y a otras como profanas la prueba obvia de lo medievales que aún somos? ¿No es acaso la intolerancia, la ira, el rechazo del otro, el fanatismo y dogmatismo que aún preñan a nuestras sociedades, una clara muestra de que la actitud religiosa no desapareció ni quedó erradicada en la modernidad, sino que tan solo “cambió” de nombre, contenido y carátula, pero conservando su función política en nuestras subjetividades? ¿Acaso cuando juzgamos aquello que no nos gusta no lo hacemos con el mismo carácter condenatorio y marcial con que los tribunales de sacerdotes medievales se referían a los profanos? 

Nietzsche resultó ser, por supuesto, uno de los primeros en advertir que a lo divino había que erradicarlo cabalmente, y no “solamente” transvalorarlo. Seguido a él, Weber y Durkheim observaron el mismo peculiar fenómeno sociocultural. Lo divino, lo sagrado y lo profano, no son cosas perimidas, al contrario, resultan ser categorías que estructuran nuestra percepción en torno al mercado, el consumo, el capital, la autoridad gubernamental y mediática, la ciudadanía, la convivencia y la solidaridad. Son formas de nuestra mentalidad misma que todavía sostienen nuestros prejuicios mayoritarios, desprecios y apegos y todo ello desde el inmaculado ámbito de nuestra propia subjetividad personal, ámbito del cual, por supuesto, de tanto que nos amamos, jamás sospecharíamos. Quizás por esto Hegel tuvo razón: siempre fuimos Dios, lo que ha sucedido es que nos percibimos como lo-otro de Dios, es decir, como lo que Nietzsche denominó lo humano, lo demasiado humano.

 

*Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.

Su tarea es difundida a través de las redes Instagram Facebook donde se lo puede encontrar como Charlas de Filosofía.

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