05/07/2020

La perversión en un sentido estético

¿Qué es el “mal” y qué el “bien”? ¿Cómo se los define ética y moralmente?. Una nueva columna del filósofo Nahuel Michalski.

La perversión en un sentido estético
P

or Nahuel Michalski.

El término “perversión” es un derivado del latín que se conforma por el prefijo per- (por completo) y el átomo versus (dado vueltas). Es decir, toda perversión resulta, etimológicamente hablando, una completa inversión “de algo”, un “dar vuelta” las cosas. Un pervertido no es sino un “per-versus”, un invertido con respecto a algo o un “maestro en invertir cosas”. Por supuesto que, como “buenos” sujetos racionalistas y occidentales que somos, nuestra asociación mental habitual y cotidiana en torno a tales nociones se muestra la mayor de las veces portando un carácter marcadamente moral (o incluso moralista), a saber: entendemos e interpretamos que un acto o sujeto perverso es aquel que “invierte el bien por el mal y el mal por el bien”. Y entonces, nuestra “misión” moralista en tanto que nos percibimos siempre “los buenos de la historia”, consiste en detectar con habilidad dicho enroque moral para poder señalar tempranamente y con claridad la obscena perversión que creemos observar en nuestro mundo social habitual.

Sin embargo, nos enfrentamos a un problema no menor: ¿qué es el “mal” y qué el “bien”? ¿Cómo se los define ética y moralmente? En nuestras comunidades de hoy relativistas (toda opinión vale por igual independientemente de la calidad argumental que las sustente), subjetivistas (yo tengo mi opinión) y ultra individualistas ( opinión es la opinión válida en general), donde cada individuo se autopercibe problemáticamente a sí mismo como el primer y último “centro de referencia” moral del cosmos (en eso consiste la vanidad y egolatría, generalmente asociadas a profundas emociones inconscientes de inseguridad y vulnerabilidad personal), nos es intuitivo reconocer que definir categorías ético-morales tan densas como el “bien” y el “mal” no resulta una tarea sencilla y/o que se encuentre ya acabada. Aún hoy debatimos entre nosotros en torno al “bien” y el “mal” individual y colectivo sin consagrar un consenso universal. Por supuesto, esto último, es decir el debate crítico a escala social (hoy falazmente denominado “deconstrucción”; falaz pues criticar y deconstruir no resultan cosas en sí mismas equivalentes) no implica sin embargo que resulte algo espontáneamente deseable ni que equivalga per se a “evolución y progreso”; criticar no necesariamente redunda en progresar. En otros términos, el desmontaje crítico de conceptos filosóficos tradicionales de primera línea como el “bien” y el “mal” no resulta directamente sinónimo de progreso cultural, humano y político; y esto pese a que el progresismo de talante burgués no lo comparta (burgués en el sentido de que fueron las burguesías europeas, y no los sectores campesinos y de artesanos, las que asociaron el concepto de “crítica social” con el de “progreso”). Sin embargo, esto será tema de otro desarrollo. Quedémonos por el momento con la intuición básica y común a nuestras comunidades relativistas por la cual reconocemos que la definición de las categorías morales básicas (como el “bien” y el “mal”, y todo lo que a ellos compete) no resulta aún un asunto zanjado para todos ni se orienta a un consenso de carácter universal.

Ahora bien, si esto es así, entonces la noción de perversión también queda oscurecida. Pues, si no podemos determinar rápida y rígidamente qué es lo bueno y lo malo, al ejecutar el acto perverso de inversión de dichos polos obtendremos aún más oscuridad pantanosa. Es decir, si no podemos conocer con certeza lo que el “bien” y el “mal” sean en sí mismos (“bondad” de nuestra forma cultural flexibilizada), ¿de qué modo reconocer a partir del enroque entre ellos lo que un sujeto perverso sea en sus acciones? Esto conduce a una conclusión paradójica de carácter binario: (a) o partimos de una base de indefinición social con respecto a las categorías ético-morales primarias (el “bien” y el “mal”) pero entonces no podemos conocer a ciencia cierta ninguna otra categoría ético-moral secundaria (como la perversión, ya que ésta sólo se entendería entendiendo a las primarias), o (b) aceptamos que deseamos poder identificar claramente al sujeto perverso y su acción perversa pero al precio de acabar con el relativismo moral de nuestras sociedades actuales y definir con claridad y rigidez las categorías primarias del “bien” y del “mal”, lo cual implicaría, por cierto, un costo político demasiado elevado para nuestras ideologías individualistas y liberales propias del “a mí no me gusta que me digan que tengo que creer”.

Pues bien, dicha paradoja que implica en sí misma la eterna tensión entre racionalidad (la lógica antes descrita es lógicamente válida) y emocionalidad (pero no nos gusta, pues no queremos que nos digan qué es el “bien” y el “mal”, pero sí queremos poder juzgar a aquellos que consideramos “los malos de la historia”) parecería tiene una posible solución que no pocos filósofos de la modernidad europea (S.XVII - XIX) la encontraron en el campo estético. Un ámbito de la experiencia humana en el que se pone en juego la percepción y el sentido del gusto, de lo bello, lo agradable y lo que place, tanto como lo inmundo, lo horrendo y lo que genera rechazo. Se trata de un plano de la experiencia que, como se sabe, condujo a que la filosofía moderna comenzara a hablar del surgimiento del arte como manifestación autónoma de la esencia humana, natural, divina e histórica. 

Ahora bien, lo que tales filósofos observaron es que tal dimensión estética de la experiencia humana no resultaba en absoluto un mero ámbito estrictamente sensorial gracias al cual el sujeto resultaba impactado por sensaciones (estímulos) provenientes del mundo en función de las cuales sentía placer o displacer, gusto o desagrado, belleza o fealdad (eso nos reduciría a un nivel casi animalesco de la existencia). Pero tampoco consistía aquello en algo exclusivamente racional-intelectual; es decir, el agrado propio de lo bello (como lo señalaron Hume o el conde de Shaftesbury), o los sentimientos estéticos de temor ante la muerte (como lo predijo Burke) o de impresión y congoja ante lo sublime (como lo denominó Kant) no son emociones que se mediten y calcules consciente e intelectualmente; diríamos que son mas bien “pre-reflexivas” o inconscientes. Y no solo ello, sino que, asimismo, incluso pese a que no parecería intervenir la razón consciente frente a tales emociones estéticas (y es que toda imagen acarrea siempre un estado emocional determinado), sin embargo todos los seres humanos pareceríamos concordar, con independencia de procedencia, en la impresión estética dislocada que nos ocasiona la imponente explosión de un volcán o en la belleza presente al contemplar los magnánimos techos de la Capilla Sixtina: ¿podría alguien acaso presenciar un atardecer de aquellos en los que el paisaje se entremezcla con una infinita paleta de colores y decir “que inmundo y horrible”? Parecería ser imposible.

Lo dicho condujo a que los filósofos modernos testigos de los acuciantes cambios históricos que se sucedían (caía de la Iglesia Católica y el tradicionalismo medieval, consolidación del espíritu burgués, expansión de la ciencia y el Estado y el proto-surgimiento de lo que hoy denominamos “clase media”), observaran en la integración armoniosa de los sentidos y el entendimiento (Kant) o incluso de aquellos y la Razón histórica misma (Hegel) el marco propicio para el progreso humano universal (cosmopolitismo estético burgués). Es decir, si todas las personas concordaban en que lo bello era efectivamente bello y por eso mismo bueno (moral social aceptable) y verdadero (discursos de la ciencia y el Estado), a la vez que lo vicioso (injusticia, tiranía, desigualdad) resultaba inmediatamente repugnante (la incorrección moral era “escandalizante”) y esencialmente falso (ninguna institución verdadera podía erigirse desde la inmoralidad), entonces la estética se convertía en una socia inseparable de las pujantes democracias burguesas emergentes. En la articulación estética de los sentidos y el del intelecto (sin que sea totalmente ni uno ni lo otro) se daba la norma humana real y natural para todos, históricamente verificable en todos los puntos del globo y garante de un cosmopolitismo progresista que lograba anudar en un mismo ámbito experiencial aquello que Platón tanto había pensado: la ética, la belleza y la verdad. ¿Podía ser el “mal” algo bello y el “bien” algo asqueroso? Imposible.

Ahora bien, la historia ha corroborado que nada ha resultado imposible para nuestros conflictivos Siglos XX y XXI posthumanistas, postmodernos y postcapitalistas (¿acaso también post ideológicos?). Y si todos los conflictos y contradicciones tuvieron lugar en ellos (y Hegel y Marx se encargaron suficientemente de advertirnos al respecto), ¿no cabría pensar también que, en lenguaje nietzscheano, se han “transvalorado todos los valores”, que hemos sido radicalmente “invertidos” y que, por consiguiente, quizá toda nuestra existencia misma, en tanto invertida, se encuentre atravesada por alguna forma de perversión (inversión) que ni siquiera se nos torna posible percibir? ¿Qué ocurriría si en aras de satisfacer las exigencias de la sociedad de consumo moralmente flexibilizada, ontológicamente degradada, plenamente consumista, mercantil, hedonista y relativista, nuestra era hubiera logrado invertir (pervertir) aquellas antiguas esperanzas humanistas y progresistas de los filósofos modernos, colocando su el agraciado y jovial nudo moral-estético-político “patas para arriba”? En otras palabras, ¿sería posible que en nuestras actualidades se nos haya logrado ofrecer lo realmente malo (y no ya el “malo”) como algo bello y verdadero, quedando el bien (y no ya el “bien”) asociado con lo asqueroso y lo falso? ¿No es acaso esa la función operativa y fin último de, por caso, el marketing político y su colosal poder discursivo-simbólico propagandístico? Entonces, ¿que ocurriría si la perversión estética y moral contemporánea se hubiese pergeñado con tal grado de cautela y estrategia propagandística que las mayores ignominias políticas se hubiesen pertrechado al fragor de una estética socialmente apetecible? ¿No habría entonces devenido la experiencia estética misma una forma de perversión para nada socia de las democracias y pueblos sanos y bien constituidos, sino de las reales fuerzas de degradación que operan “detrás del poder”? Ya lo advirtieron Adorno y Horkheimer en el brillante texto La industria cultural: “La barbarie estética ejecuta hoy la amenaza que pesa sobre las creaciones espirituales desde el día en que empezaron a ser recogidas y neutralizadas en nombre de la ‘cultura’ ”.

*Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.

Su tarea es difundida a través de las redes Instagram Facebook donde se lo puede encontrar como Charlas de Filosofía.

 

 

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