14/06/2020

Mi charla con Felipe Pigna

Nahuel Michalski comparte las reflexiones que intercambió con el Historiador, en una charla donde se abordaron los autores y paradigmas más importantes que atraviesan a la filosofía y a la historia.

Mi charla con Felipe Pigna

Por Nahuel Michalski.

La semana pasada, desde Charlas de Filosofía tuve el honor de compartir una conversación con el historiador, profesor y divulgador Felipe Pigna (la misma puede ser encontrada en www.youtube.com/charlasdefilosofia). Sin temor a exagerar, la experiencia no fue sino un revitalizante bálsamo que habilitó a quien escribe a sonreír genuinamente en semanas marcadas por convulsiones y conflictos internacionales de público conocimiento. Un conversatorio tan agradable que no pudo más que devenir una contradicción radical con respecto a, por ejemplo, los reclamos sociales acaecidos en EEUU a causa de la aún vigente segregación racial de sus instituciones formales e informales, el retorno de los discursos totalitarios conservadores sutilmente matizados de libertarismo plastificado y “mentalidad emprendedora”, y las considerables cuotas de incerteza propias de una pandemia que ya ha sabido ganarse su lugar en el ideario y sentir colectivo.  Felipe se mostró como de costumbre; con la misma actitud y disposición con que se lo puede ver en los medios públicos de que participa (abajo detallados).

Abierto, dialoguista, simpático y, por supuesto, por demás formado. Sin dudas, un perfil que confunde en una época donde la soberbia mediática abunda, la opinología vacía se camufla bajo el mantra de la “pluralidad de ideas”, y la arrogancia académica se cierra a las masas populares al mismo tiempo que se jacta de ser la portavoz de “la verdad”. En un contexto sociocultural y político así dado, dar con un intelectual así, tan cálido y democrático como profundo en sus saberes, resulta indudablemente un fenómeno singular que estimula el sentimiento de extrañamiento, noción ésta que Heidegger acuño en las décadas previas a la Segunda Guerra Mundial para referirse a aquellos momentos en que el hablar y discurrir poético-filosófico resquebraja la regularidad aplastante de un mundo inauténtico para echar algo de luz en su interior. Sin embargo, el encuentro virtual con Felipe no resultó únicamente en admiración personal.                        

También cristalizó en la forma de un vivo zigzagueo entre Filosofía e Historia; disciplinas cuyas coordenadas se preñan mutuamente desde los inicios mismos de la Humanidad. La primera no tendría marco vital de referencia sin la segunda, y ésta última carecería de sentido, de thelos, sin aquella. Es por esto que Filosofía e Historia (al igual que otras disciplinas) no pueden escindirse, abstraerse ni conceptualizarse de forma fría y rígida como si se tratara de meros sistemas argumentales aislados, desprovistos de sustancia. Esto es algo que, a decir verdad, el muchas veces anacrónico y burocrático sistema educativo vigente no llega a incorporar al interior de sus prácticas.

Para éste, incluso en el nivel de grado, lo que prima son los compartimentos estancos y rígidamente diferenciados, y las más de las veces lo que el progresismo educativo con entusiasmo y esperanzas denomina “transdisciplinariedad constructiva”, en el fondo no es más que un conjunto de intentos fallidos por invitar a los profesores a que al menos acuerden el dictado de ciertas “temáticas en común”. De un modo u otro, muy lejos parece encontrarse eso de lo que podríamos llamar un vitalismo de los saberes afines a un real desarrollo del individuo y su sociedad de pertenencia. Afortunadamente, con Felipe, los saberes que se pusieron en juego en aquel conversatorio consiguieron danzar juntos armoniosa y vitalmente dando lugar así al surgimiento de algunas pocas pero valiosas ideas. En particular, tres de ellas quedaron destacadas: (a) la crítica a los conceptos obsoletos, (b) la reivindicación de lo  infantil y lo nuevo, y (c) la crítica a la apatía académica. 

Con respecto al primer eje, acordamos sobre el carácter oxidado y obsoleto de ciertas nociones extremadamente arraigadas en aquello que el filósofo Castoriadis denomino “el imaginario social”. Y es que la Historia avanza, pero en ciertas ocasiones el lenguaje colectivo no acompaña sincrónicamente el ritmo de la marcha. Es decir, mientras que el mundo material de la cultura humana se despliega con rapideces interestelares, la mayor de                           las veces el lenguaje preserva sus duras fijaciones con categorías ancestrales y “de otros tiempos”. ¿Por qué motivo tiene lugar dicho retardo en el aggiornamiento del lenguaje con respecto a la realidad de los acontecimientos? Las hipótesis son innúmeras, y surecopilación exigiría tal vez un trabajo de años de investigación y estudio.

Quedemos por el momento con lo siguiente: como decía Wittgenstein en Investigaciones Filosóficas, las sociedades se habitúan al uso práctico de ciertos lenguajes y formas colectivas de pensar (pragmatismo lingüístico-cognitivo) que les permiten explicar (valor heurístico) la realidad que les acontece. De este modo, dichas sociedades extraen de allí ciertas cuotas de seguridad y control sobre el acontecer sociocultural (planteo análogo al de Nietzsche Verdad y mentira en sentido extramoral). En otras palabras, portar un lenguaje socialmente compartido e interpretado capaz de explicar los fenómenos del mundo equivale a retener, conceptualizar y dominar el contexto dado. Con lo cual, toda “actualización” de las nociones de un cierto lenguaje socialmente compartido (por ejemplo, el denominado lenguaje inclusivo) siempre interpela al colectivo desde un lugar de incertidumbre y apertura a lo desconocido que activa en los sujetos que de él forman parte las más profundas y arraigadas emociones conservadoras, es decir, temerosas. Y es que cualquier hábito                     consolidado, individual o grupal, siempre resulta, por definición, tan conservador como reactivo y temeroso de caras a la alteridad y lo nuevo. 

En particular, según dialogamos, lo dicho acontece al referirnos, por caso, a conceptos como lo son las categorías de “izquierda” y “derecha”; categorías que, a nuestro gusto, se encuentran ya perimidas, pero no porque hayan “desaparecido” los sistemas de creencias a los que corresponden, sino, y precisamente, porque sus propias semánticas no dan ya cuenta de estos. En otras palabras, no es que, por ejemplo, se hayan extinto los valores conservadores usualmente denominados como “la derecha”, sino que el uso colectivo que se le da a la expresión “la derecha” no refleja lo que “ser conservador” en el siglo XXI propia y realmente es. Lo mismo acontece con las distancias entre lo que se entiende y usa como“ser de izquierda” y lo que la izquierda realmente ha sido durante estas décadas.

Más aún, ¿no se ha denominado como “de derecha” a gobiernos que fueron progresistas en materia de derechos (por ejemplo, el peronismo en Argentina), y se ha señalado como “de izquierda” a manifestaciones monstruosas de poder totalitario y genocida como el estalinismo? Con lo cual, convenimos con Felipe que más que referencias a términos oxidados y enrarecidos como “izquierda” y “derecha”, parecen ser las nociones de “conservador” y “progresista” más afines y propicias para dar cuenta del mundo sociocultural líquido, fluido y cambiante de hoy, en tanto que “todos entendemos” lo que es el conservadurismo y el progresismo político, económico y moral sin quedar atrapados en ambigüedades y oscuridades ideológicas e histórico-terminológicas. 

Con respecto al segundo eje, el de la reivindicación de lo infantil y lo nuevo, Felipe se mostró romántico en un sentido nietzscheano, es decir, para nada ingenuo, y su avance resultó bifronte. Por una parte, se encargó de enfatizar la importancia capital de dar lugar y visibilizar a las generaciones jóvenes actualmente pujantes, cuyas formas sociales de interacción parecen haberse renovado y purificado de ciertos resabios histórico-ideológicos tóxicos que aún aquejan las mentes y disposiciones espirituales de las camadas adultas y mayores. Indudablemente, las generaciones jóvenes contemporáneas que empujan desde abajo en el ciclo vital de las comunidades occidentales se están reformulando en lo estético, discursivo, moral y socio-organizativo, encarnando un nuevo tipo de anthropos portador no solo de una real mirada crítica del mundo y sus instituciones clásicas, sino también de una poderosa reserva moral de acción humana conjunta.

Asimismo, el historiador no dejó de reivindicar con igual esmero el segundo polo perteneciente a la figura potente, creadora y desembarazada del niño (patologizado, ridiculizado e invisibilizado por la “historia oficial” tanto como la mujer), el cual encarna el constante resurgir de un proyecto sano, fuerte y renovado que sabe dejar atrás las pesadas mochilas del resentimiento y el revanchismo; que sabe jugar con las fuerzas dionisíacas de la Historia. Con esto, Felipe no hizo más que rememorar en mí el modo en que en el infinito Zaratustra Nietzsche señala que el Superhombre únicamente advendrá en la historia humana bajo la forma final del niño y como producto de la mujer redentora. Con lo cual, convenimos también en que ningún futuro próspero puede resultar histórico-filosóficamente pensable si no incluye en sus coordenadas del devenir las dimensiones vitales de la juventud, las mujeres y lo   eternamente creador y profético escondido en la aparente pequeñez prematura; una pequeñez que siempre es constante grandeza.    

Finalmente, el conversatorio culminó perspicazmente con una reflexión no menos importante en torno al rol desempeñado por el actual sistema académico correspondiente a las Ciencias Sociales y su socia predilecta: la “investigación”. Una consideración que ciertamente no es novedosa ni exclusiva de nuestro intercambio. De hecho, son muchos ya los intelectuales críticos que se han pronunciado al respecto. Nos referimos, claro está, al aún vigente carácter enciclopedista de esta clase de institución formal, su relación a veces excesiva con el eruditismo, su tendencia a la burocratización del pensamiento y su dificultad para encontrarse “conectada con el mundo”. Pues, parecería ser que en ciertas ocasiones el mundo, las personas y sus mutuos conflictos y “realidades concretas” marchan por una senda ajena con respecto a aquella otra encarada por las teorías sociales de la academia “erudita”. Teorías a veces más preocupadas por la validez argumental y verosimilitud narrativa al interior de sus propias redes endogámicas de legitimación que por el hecho de impactar de lleno en el mundo vivo de las comunidades conformadas por individuos reales, de carne y hueso, y no por meros “modelos del sujeto”.

Y así, paradójicamente, parecería ser que el universo vital de las personas podría continuar existiendo de igual manera, con sus mismos conflictos irresolutos, independientemente de la hiperproducción de artículos científicos (papers) cuyo destino, la mas de las veces, no es otro que un repositorio digital  únicamente a cargo de sostener el mecanismo de reproducción de lo que ya se sabe y ya se dijo.

¿Será posible para nuestra Academia de hoy y el tipo de investigación que fomenta pergeñar en su seno cráneos como los de Simone Weil, Walter Benjamin o Borges? ¿Será  posible suponer que la burocracia academicista ha aniquilado toda posibilidad de  pensamiento diferenciado, construcción histórica renovada y filosofía “del porvenir”? ¿Viven hoy en el interior de sus mecanismos productivos y reproductivos (como diría Bourdieu) semblantes intelectuales que no renuncian al riesgo asumido en la praxis concreta al estilo  de una Victoria Ocampo, un Jauretche, un Rodolfo Walsh, un José Martí o un Scalabrini Ortiz? ¿Cuánta realidad de los pueblos a la que el pensamiento “oficial” podría estar  sirviendo, fue abandonada y escondida tras las sombras de la apatía institucional y el olvido histórico en nombre de un escritorio y una beca? Al respecto de esto, Felipe nos regaló con una lúcida anécdota que tiene como protagonistas a Frondizi y Ernesto Guevara, por todos conocido como “El Che”. Según narró el historiador, resulta que en ocasión de un encuentro furtivo y escasamente publicado entre ambos líderes políticos, el ex presidente argentino, de familia letrada e intelectual, interpelo con ironía y chicana al revolucionario rosarino acusándolo de desconocer en profundidad los meollos conceptuales de la doctrina marxista; a lo cual, Guevara respondió: “es probable, pero yo hice la revolución”.

Nos despedimos finalmente con ligeras sonrisas cómplices y ademanes de amabilidad encontrada. Tanto nosotros dos como las personas que presenciaron virtualmente el conversatorio sabíamos de lo que estábamos hablando; el goce rebosaba entonces para todos. Asumo que Felipe, hombre extrañamente amable para el calibre de sus saberes, se retiró para continuar con su trabajo usual. Por lo que a mí respecta, y quizás en virtud de mis propias movilizaciones internas, anhelos, temores y esperanzas, no pude hacer más que regresar a mi casa recordando la eterna decimoprimer proposición del texto de Marx titulado “Tesis sobre Feuerbach”. Una tal proposición que reza y concluye como sigue: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo. Pues bien, de lo que se trata es de transformarlo”.

*Felipe Pigna puede ser escuchado los lunes a las 23.00 Hs por Radio Nacional, y los martes  a las 11.30 Hs en Radio con Vos FM 89.9.

**Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.

Su tarea es difundida a través de las redes Instagram y Facebook donde se lo puede encontrar como Charlas de Filosofía.

 

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