26/04/2020

Nietzsche y los ídolos de hoy

Una nueva columna de filosofía a cargo de Nahuel Michalski.

Nietzsche y los ídolos de hoy

Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, y Doctorando en Ciencias Sociales y ... (+ Info)

*Por Nahuel Michalski

Todos, estemos en el ámbito de la filosofía o no, hemos alguna vez sentido nombrar a Nietzsche, y por supuesto posiblemente también hayamos intentado acceder voluntaria y autónomamente a algunos de sus textos. Y es que, paradójicamente, la gente suele acercarse al pensamiento filosófico a partir de autores subversivos. Han sido notablemente escasas las ocasiones en las que me han solicitado consejos y tutorías para leer de modo primerizo a San Agustín, Platón o Spinoza. Sin embargo, con casos como los de Nietzsche, Heidegger o Beauvoir (solo por citar algunos) el asunto ha resultado radicalmente diferente. 

He sido interpelado en innúmeras oportunidades por amantes de la filosofía, curiosos, indagadores, avezados, autodidactas, alumnos y experimentadores del pensamiento, quienes me solicitaron bibliografía sugerida, tutoría en las lecturas, consejos para la interpretación y “tips” para entender mejor los libros. Corroboré entonces que la empatía colectiva con las líneas filosóficas contestatarias es casi inmediata, espontánea, incluso aunque se desconozcan las profundidades reales de las mismas y las consecuencias últimas de sus esbozos conceptuales y temáticos. Que el espíritu crítico comunitario de hoy vive, se gesta y se impone con excelsa notoriedad por sobre planteamientos más conservadores, racionalistas e idealistas. Y esto, tal vez he de concluir, no sea por mero capricho de las sociedades, por volatilidad espiritual o mental o desorden en los abordajes.

Tampoco creo que atienda, tal y como el poder hegemónico pretende presentarlo mediáticamente, a un resurgimiento de las denominadas “ideologías revolucionarias” en el interior de la cultura occidental. ¿”Ideologías revolucionarias”? Hoy por hoy ni siquiera es posible afirmar que exista una división real, una brecha contundente, entre posicionamientos personales ideologizados (comúnmente tildados de “románticos”, “utópicos”, “obtusos” e “intolerantes”) y no ideologizados (comúnmente tildados de “racionales”, “progresistas”, “responsables” y “pacíficos”).

Esas separaciones son quiméricas, ilusorias. Cualquier postura frente a la vida es esencialmente el ejercicio de alguna ideología constituida sobre principios y valoraciones personales que regulan nuestra percepción de las cosas. Incluso las personas más pretendidamente “neutrales y objetivas” ejercitan las formas ideológicas propias (y por tanto ilusorias) de la “neutralidad” y la “objetivad”, viviendo así la ficción (también ideológica) de la “racionalidad neutral y científica”. Más aún, el sello inconfundible de la presencia profunda del efecto ideológico en nuestras mentes es cuando comenzamos a creer férreamente que nosotros no estamos ideologizados.

Por lo tanto, contrariamente a lo anterior, considero que el acercamiento masivo a la filosofía escéptica y detractora responde más bien a la concreta necesidad humana de ejercer una crítica desesperada frente a un mundo que ha decepcionado a las mayorías desplazadas y sufrientes. Un mundo que quizás no ha hecho otra cosa más que poner frente a los ojos de éstas una supuesta “realidad” que, en sí misma, y como agudamente señaló Nietzsche en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, no es más que un conjunto de “ilusiones que hemos olvidado que lo son”.

Pero, y he aquí el corazón de la crítica nietzscheana, lo hemos hecho con consciencia, hemos olvidado voluntariamente. Es decir, nuestro olvido del carácter metafórico e ilusorio de nuestras convicciones sociales y personales más íntimas nunca fue un mero olvido, sino un “olvido”. En otras palabras, una negociación, un canje que hemos aceptado implícitamente como comunidad a cambio de “gozar” de los “beneficios de la modernidad”. Por eso, para Nietzsche, la sociedad occidental moderna es esencialmente hipócrita y decadente. Porque en algún resquicio de su consciencia colectiva sabe que las ficciones del “progreso”, la “paz” y la “democracia” de las que se jacta solo se sostienen al costo de “mirar para otro lado”, es decir, al precio del ejercicio social del desentendimiento.

Sabe la sociedad que las creencias sostenidas por ella son efectivamente ilusiones y metáforas, que no van mucho más allá de eso, y que el olvido que las sustenta es un “olvido” metódicamente practicado por todos cada y uno de nosotros a diario, en el mismo sentido que muchas veces los enamorados trágicamente deciden “olvidar” las penas y sufrimientos que el vínculo amoroso potencialmente les implica a cambio de “gozar” de los beneficios que de éste puedan extraer (garantía sexual, legitimidad social, sensación de pertenencia, fortalecimiento del propio ego, paliación del sentimiento de soledad, etc). Precisamente por esto es que en El malestar de la cultura, Freud, releyendo estas tesis de Nietzsche, señala que “el hombre civilizado [hipócritamente] ha trocado una parte de posible felicidad por una parte de seguridad”. 

Ahora bien, habiendo señalado el modo en que hipócrita y voluntariamente decidimos “olvidar” que, como diría Calderón de la Barca, “los sueños, sueños son”, y que las ilusiones y metáforas no son realidades objetivas y contundentes, y habiendo enfatizado asimismo que esto lo hacemos para poder vivir más cómodamente en nuestras cápsulas cotidianas, la pregunta filosófica que inmediatamente nos interpela no es sino la siguiente: ¿quiénes serían hoy las ilusiones y metáforas a las que, a modo de “nuevos ídolos” sociales y personales, les permitimos guiar nuestras vidas a cambio de un poco de tranquilidad? 

Tengo la sensación de que la actual coyuntura global pone sobre la mesa y denuncia a un nuevo ídolo ilusorio al que Nietzsche rápidamente buscaría derribar con su filosofía escéptica y verborrágica. A saber: el ídolo por el cual creemos en la estabilidad social (aunque en realidad no creamos de verdad pero “olvidemos” nuestra falta de creencia genuina a cambio de “poder vivir” en comunidad) ¿Acaso hay algo más ilusorio y metafórico que el hecho de pensar que el mundo y sus instituciones son entidades estables, armoniosas y que se encuentran preparadas para “contener a todos” en todas las contingencias y escenarios imaginables? Nadie parecería aceptar eso de entrada. La experiencia cotidiana más inmediata lo contradice sin dificultades, y el más mínimo revisionismo casi escolar termina por desbaratar rápidamente semejante quimera discursiva y fantasiosa. 

Sin embargo, “creemos” en ello (aunque en realidad decidimos “olvidar” que no creemos de verdad) y actuamos dócilmente conforme a dicha “creencia” en la estabilidad y progresión del mundo y sus metáforas. Y entonces, como “creemos”, nos alborotamos cuando una crisis como la actual nos denuncia la realidad detrás de la ficción, la realidad a la que hemos decidido no mirar. ¿Por qué motivo operamos de esta manera? ¿Por qué motivo relegamos la crítica filosófica al mero lugar del “entretenimiento crítico” de modo que, incluso luego de haber leído toda las obras más críticas y escépticas, cerramos los libros para continuar con nuestro crédulo día a día en el mismo exacto modo en que lo veníamos haciendo? 

Reivindicamos a Descartes, pero “olvidamos” su llamado a que atendamos a nuestras (y no la de otros) ideas más claras y distintas. Nos gusta acercarnos a Heidegger, pero “olvidamos” su convocatoria a una experiencia de vida espiritual y profunda que únicamente resulta posible si dejamos de prestar atención a las “habladurías” propias de la vida inauténtica. Nos regocijamos con la fenomenología de Husserl, pero “olvidamos” su llamado a atender a las cosas que se nos presentan de modo puro y simple, sin mediación cultural alguna. 

Entonces, ¿creemos realmente en la estabilidad de las sociedades de hoy, en su genuina disponibilidad con respecto a la población y en su capacidad para cuidarla y protegerla frente al avance de una crisis político-sanitaria-económica como la que se presenta, o sencillamente “olvidamos” por un rato el hecho de que no creemos de verdad en todo ello tan solo para poder jugar cómodamente el juego del “progreso” donde nos sentimos seguros y avalados? 

Siento, y esto es lo que me preocupa, que tal vez la manera en que la actual coyuntura mundial nos inyecta un sentimiento de temor frente al avance de una crisis de las sociedades globales y sus instituciones en desmoronamiento, sea en realidad no tanto un temor a la caída de la sociedad institucional como tal, sino al fracaso de nuestros esfuerzos por sostener ídolos personales y colectivos, con la consiguiente manifestación a las claras de lo que Nietzsche denominó “nuestra hipocresía y vanidad”. 

Percibo entonces que no tememos tanto al fin de las formas usuales de nuestra civilidad global (pues el humano siempre se ha recompuesto frente a las peores tragedias), sino a que precisamente con el desmoronamiento de ésta y de toda su pretendida estabilidad institucional, quede patente frente a nuestro propio ego no solamente cuán fácil creemos en las metáforas, sino, y mucho peor aún, cuán fácil hemos decidido “olvidar” que no creemos de verdad en ellas tan solo para poder llevar adelante un estilo de vida apacible y predecible pero tan ficticio como las ilusiones mismas de que nos valemos para ello. 

Frente a la inminente ruptura del vínculo amoroso, aquellos enamorados patológicos que habían decidido asociarse “olvidando” los sufrimientos y penas en nombre de los beneficios extraíbles de la relación, no temen tanto la desintegración de ésta última en tanto tal sino el tener que reconocer en qué grado decidieron mentirse a sí mismos en nombre de la estabilidad de aquella institución amorosa. Nunca duele la caída de la máscara en sí misma (toda máscara siempre es sustituible por otra), lo que duele es tener que reconocer que la máscara, metafórica e ilusoria, ha resultado desde el comienzo del juego algo necesario en pos de sobrellevar una existencia afable pero, como dijo Nietzsche, decadente.

 

*Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.

Su tarea es difundida a través de las redes Instagram Facebook donde se lo puede encontrar como Charlas de Filosofía.

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