La mar estaba serena | ANBariloche
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La mar estaba serena

"Cuando todo está perdido" (All is Lost, 2013) es un film dramático, con algo de aventura y un suspenso minimalista que se sale de los cánones del actual cine comercial para darnos un momento de buen lenguaje cinematográfico de la mano del siempre querible Robert Redford.
08/02/2014 00:00 Hs.
La mar estaba serena
La mar estaba serena

Dicen que al mar hay que admirarlo y animársele, pero siempre y por encima de todo: respetarlo. En este film acuático, el director decide mantener esa premisa en su obra y para con el espectador. El respeto por ambos es ostensible y merece el agradecimiento. Viéndola, sentimos ese respeto en cada plano. Percibimos en su cuidada planificación una intención franca de no engañarnos, de no apelar a golpes bajos ni a situaciones extravagantes o inverosímiles para mantener el ritmo y el interés. Asume un importante riesgo a través del calmado muestreo de maniobras que el único tripulante de un velero debe hacer si quiere sobrevivir. Todas acciones absolutamente creíbles que supongo figurarán en los manuales de supervivencia en el mar ante posibles naufragios. Un riesgo que muchos especialistas han señalado en sus crónicas, tratándose de un film de hollywood que sólo ofrece a un personaje y ningún diálogo.

"All is Lost" es una película que va de menor a mayor. Uno comienza a verla y con lo primero que se encuentra es con una voz en off que habla de una situación fallida, de que probablemente algo salió mal. Inmediatamente después nos encontramos con Robert Redford unos días antes. Aquí, ya no es el Sundance Kid, compañero de Butch Newman Cassidy; Robert, ya mayor, rondando los 80 se despierta mojado, dentro de su velero, sólo y en el medio del océano. No adelanto nada y sólo menciono el punto de partida, agregando que el velero ha sido alcanzado por un container que flotaba por allí y ha dañado el lateral de la embarcación.

Pronto ronda el recuerdo de dos películas: "Náufrago" y "Life of Pi"; "All is Lost" está muy lejos de ambas. La propuesta en este caso es mucho más sencilla y sin tantas pretensiones. En principio, todo el film transcurre en el mar, parte en el velero y parte en un bote salvavidas. No hay prácticamente referencia alguna sobre la vida anterior del personaje; pareciera ser un hombre de clase acomodada, al que le gusta la soledad del mar. Sin embargo se sobreentiende que hay "alguien" esperándolo merced a la voz en off, que en definitiva no es más que una suerte de "message in a bottle", que el personaje envía en este caso en un tarro de mermelada vacío, minutos antes del final. No habla con nadie ni tiene una pelota de voley como interlocutor, ni mucho menos a un tigre de bengala como incómodo compañero de aventuras. Es sólo el gran Redford que sufre estoicamente cada una de las desavenencias que el destino le siembra en su camino.

El océano índico es el escenario natural donde los acontecimientos se suceden. El agua, objeto preciado del gran director ruso Andrei Tarkovski, quien cierta vez, en una conferencia de prensa y consultado por la presencia del agua en sus películas, dando por sentado que era un símbolo que ocultaba alguna idea o algún mensaje cifrado, el cineasta se enfureció hasta tal punto que impresionó a todos los presentes, pero se controló y se limitó a contestar: "amo el agua".

Traigo al director ruso no porque encuentre similitudes de su cine con este film. Tarkovski hacía películas mucho más complejas; pero se me ocurre que ese amor por el agua del creador de "El Sacrificio", entre otras grandes obras maestras, es parecido, o de la misma naturaleza que el que J.C. Chandor le tiene al cine en su estado más puro. Mostrar a un hombre que va viendo como se le va cayendo la estantería y peligra su vida de una forma, que en todo momento se percibe como real. Y para ello alcanza sólo con la cámara y un rostro que sin estridencias nos transmite la procesión interna de la eterna angustia existencial.

Roberto Redford, batallador de tantos recordados films, director de estirpe clásica y creador del festival de cine independiente llamado "Sundance", entrega una interpretación perfecta. Así como su personaje hace gala de una gran economía de esfuerzos para poder sortear lo mejor posible la tragedia, Redford como actor da clase frente a cámara. Y para ello no necesita de grandilocuencia o de tics efectistas: él conoce el poder de una cámara y como al mar, lo respeta.

Por Mariano Benito