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Perfiles de Mary Shelley

Mary Shelley (1797-1851) tuvo la ocurrencia de estar siempre un par de metros delante de sus propios días. Hija de una feminista y de un intelectual, tuvo la genial idea de escribir una novela que ya es un clásico: Frankenstein. A pesar de ser lo que se denominaría una "vanguardista", Mary Shelley es fruto de su propia época y de su particular contemporaneidad. Un libro, en este caso mucho más que una biografía, se ocupa de Mary Shelley, de su obra, de su destino y de la particular relación entre ella y sus tiempos con la muerte. Se llama La mujer que escribió Frankenstein. Lo escribió Esther Cross.
28/07/2013 00:00 Hs.
Perfiles de Mary Shelley
Perfiles de Mary Shelley

Frankenstein.

El nombre, cualquiera sea la intención al pronunciarlo, provoca

connotaciones negativas. Él, que no eligió nacer como se encarga de

afirmar a lo largo de toda la novela, es un monstruo. Tiene la

apariencia de aquello que se ignora, de aquello que se desconoce.

Frankenstein, que aprende a ser un hombre a pesar de no serlo, o de

ser otra clase de "humano", escapa de la mesa quirúrgica de su

creador, que nunca le adjudica ningún nombre pero lo llama "bestia",

"demonio", "asesino" o "depravado", sólo puede hablar

sin problemas frente a un ciego. De él aprende. De él recibe

empatía y afecto. Pero él no lo ve. Ignora su aspecto. "Dos

metros, cuarenta centímetros de altura: es un cuerpo enorme. La piel

arrugada, amarilla, apenas cubre los músculos y arterias. El pelo

lustroso es negro, lacio. Los dientes blancos, como el marfil. Los

ojos son casi transparentes, vidriosos, de un blanco sucio. Tiene

labios finos y oscuros. Se parece a los cadáveres que, después de

diseccionar, los estudiantes tenían que ensamblar, lo mejor posible,

para un digno entierro",

describe Esther

Cross.

El "monstruo" es ágil, rápido y valiente, además. "El

cadáver endemoniado posee atributos humanos. Representa una barbarie

civilizada. Eso es lo peor",

arriesga. Víctor Frankenstein nunca aclara cómo fabricó a la

criatura. Su silencio es estruendoso. Su creación, no obstante su

origen, aprendería a pensar y a sentir.

Frankenstein,

de todas las maneras, es una obra de su época. La mujer que lo

inventó, también. Mary

Shelley

estaba predestinada a ser extraordinaria. Nació como Mary

Wollstonecraft Godwin

el 30 de agosto de 1797 (murió en 1851). Era hija de un intelectual,

William

Godwin

(que entre otros textos escribió Ensayo

sobre los sepulcros)

y de Mary

Wollstonecraft,

una feminista de avanzada. Pero la madre de Mary

murió a los diez días de producido el nacimiento. Su papá contrajo

matrimonio nuevamente y con el tiempo, cuando tenía 16 años, la

joven Mary

se fugó con un amigo de su padre, el poeta y escritor romántico

Percy

B. Shelley,

que ya estaba casado.

Más

allá de los datos, La

mujer que escribió Frankenstein,

el libro de Esther

Cross,

no es una biografía: es el retrato de una época (los días de Mary

Shelley)

en la que la medicina -sobre todo la cirugía- exigía cuerpos

(cadáveres) para estudiar y aprender. Y los cirujanos necesitaban

ladrones de cadáveres: muertos que "generaban" vida. Eso es

Frankenstein, el libro célebre y memorable de Mary

Shelley,

el monstruo, el moderno Prometeo, el que intentó regresar a los

hombres como un dios: el doctor Víctor Frankenstein, científico al

fin, intentó derrotar la muerte. Tras él, Mary

Shelley,

a la que no le faltaron ni pasiones ni inteligencias ni tragedias

personales. Mary

Shelley,

la misma que comenzó a garabatear este texto en la casa de Lord

Byron,

leía los escritos de su madre sobre su tumba en el cementerio de

Saint Pancras. Escribió la primera versión de Frankenstein en

1818. La segunda es de 1831. De esa mujer y de esos tiempos se ocupa

admirablemente Esther

Cross. "La

vida de Mary Shelley también estuvo asociada a los cementerios desde

la infancia. Vivió en un tiempo de ladrones de tumbas, disecciones y

coleccionistas de Anatomía, un tiempo romántico de morbo y culto a

la vida",

escribe Cross.

Cuenta, incluso, que fue en Saint Pancras donde Mary

y Percy

Shelley

se juraron amor eterno. Mary, cuenta Esther

Cross,

recuerda los días en los que apareció Frankenstein como "felices".

Frankenstein,

el libro, dicen los expertos, no sólo fabricó su propio contexto

sino que, además, inauguró el universo de la novela gótica o de la

actual ciencia ficción. No es casual que su argumento recupere

varias temáticas que en su tiempo estaban asociadas a las

discusiones académicas y científicas, desde el poder de la

electricidad hasta la Medicina, desde la vida misma, la muerte y

hasta la posibilidad de desafiarla. El propio Víctor Frankenestein,

el hacedor, es estudiante en la Universidad de Ingolstadt. Avanza

más allá de todo. Comete lo que los griegos llamaban "hybris".

Intentó (de hecho lo hizo) hacer aquello que sólo estaba al alcance

de los dioses. Pero la desmesura de Frankenstein, el aspirante a

científico, incluye su propia y particular némesis.

La

historia del libro surgió casi como una broma en casa de Lord

Byron,

amigo de las apuestas y la vida al límite, en 1815. Junto a ellos

estaba el médico de Byron,

John

Polidori,

que también allí contó su historia (El

vampiro).

Pero fue Mary

Shelley

la de la mejor de las ideas. Allí comenzó a imaginar seriamente a

Frankenstein. Ella concibió el concepto de que un hombre podía

animarse a generar vida a partir del uso de la ciencia y de la

tecnología. Frankenstein, como todo hombre culto de comienzos del

Siglo XIX, ama la ciencia y está al tanto de los últimos adelantos

de la química, el fenómeno de la galvanización y la electricidad,

la "disciplina" del momento. Pero Frankenstein, el monstruo, se

enoja con su creador y con su destino. Parecía humano pero no lo

era. Con toda seguridad, Víctor Frankenstein lo "armó" con

partes de cadáveres y a partir de impulsos eléctricos. Escribe

Esther

Cross

que en esa Inglaterra, el cirujano real se llamaba Sir Astley

Cooper.

Él, entre otros muchos, desde las sombras pero desde la obligación

y la necesidad, apadrinaba a las bandas de "resurreccionistas"

(así se llamaba a los ladrones de cadáveres). Hasta 1832 sólo los

condenados a la horca iban a parar, legalmente, a las manos de

anatomistas y cirujanos. Todos sabían de donde salía el resto de

los cadáveres. "No

había anestesia y los médicos tenían que ser rápidos como magos.

Un buen cirujano podía abrir, encontrar, extirpar cálculos y coser

en quince minutos. Cada minuto que se salvaba era importante porque

el dolor podía matar al paciente. También ponía a prueba la salud

mental del médico",

asegura Cross.

Luego de 1832 los cuerpos de los que morían en la calle, los pobres

y los indigentes, reemplazaron a los ahorcados.

Frankenstein,

la criatura, es abandonado miserablemente por su creador. Escapa y se

venga. Aprende mirando y escuchando. Sigue al atormentado científico.

Lo sigue siempre. Quiere sólo una cosa: una mujer igual a él. Su

monólogo frente al doctor, en las montañas, es memorable. Le cuenta

sus penas y las formas en las que, lentamente, se convirtió en un

hombre pese a no serlo. La criatura sabe leer. Piensa. Argumenta.

Entiende. Sufre. Primero mata a William, el hermano pequeño de

Víctor. Justine, casi un miembro de la familia Frankenstein, es

condenada injustamente. Frankenstein, el doctor, crea una mujer igual

a la criatura. Pero la destruye, aterrado. Frankenstein, el monstruo,

entonces, mata a Elizabeth, la prometida de Frankenstein científico.

Luego asesina a su amigo, Henry Clerval. El padre de Víctor muere de

tristeza infinita. Creador y criatura están solos y se persiguen. No

se sabe quién escapa de quien. El perseguidor y el perseguido se

confunden ("Estoy

en busca de alguien que huía de mí",

le dice el doctor al capitán Walton). El monstruo, cuenta Walton,

llora la muerte de su creador en el Polo Norte. Luego se arroja al

agua. Es lícito suponer que mueren ambos. Pero Víctor ya ha contado

la historia. Y esa es la eterna justificación de Mary

Shelley.

El

libro de Esther

Cross

no sólo es buenísimo en sí mismo y por sus propias virtudes. Lo

es, además, porque casi obliga a releer Frankenstein. O a leerlo,

directamente. Cada lectura o cada relectura son únicas e

intransferibles. No se trata de la única interpretación posible

para repasar las peculiaridades de la vida de Mary

Shelley, cuya

producción literaria avanzó mucho más allá de Frankenstein, su

obra más conocida. Pero es cierto que la muerte y sus arrabales

forman parte de su biografía intelectual. Es indispensable recordar

que a los 26 años habían muerto dos de sus hijos y que a los 29 ya

era viuda. La mirada (una de ellas) de Esther

Cross

avanza en este sentido. Dice: "En

las mesas de disección, los anatomistas leen, cuestionan,

interpretan los cuerpos. En su mesa de trabajo, Mary

Shelley

mira al profesor de Anatomía y a sus alumnos, disecciona la

disección. Escribe la historia de un cuerpo hecho de partes

ensambladas por medio de suturas, sobre cuerpos trastornados y

trasplantes. La escritora une en su escritorio lo que el hombre ha

desunido en las mesas de Anatomía. Los cirujanos abren y cortan, el

doctor Frankenstein cose. Percy

B. Shelley

corrige los borradores".

El mérito, sin duda, es todo de Mary.

Absolutamente.

  • La

    mujer que escribió Frankenstein.

    Esther

    Cross,

    Emecé, Buenos Aires, 2013.