13/09/2020

¿Quién nos autoriza a hablar?

El filósofo Nahuel Michalski reflexiona sobre las libertad de expresión y los espacios de legitimación de la palabra.

¿Quién nos autoriza a hablar?

*Por Nahuel Michalski

Lastimosamente, en nuestra época actual, la lógica castradora de la autorización continúa más viva, presente y enérgica que nunca. Que nos jactemos de ser sociedades plurales, democráticas, progresistas e inclusivas parece ser sólo algo de la fachada, de la etiqueta propia de una democracia que, al mismo tiempo que se desgrana, luce cada vez más como si contara solamente “en los papeles”, en la mera definición escolar anodina y repetitiva, pero no en una práctica efectiva que vaya más allá del mero electoralismo.

Sin embargo, esto no se trata de nada que suceda inadvertidamente. Todos somos conscientes, todos podemos observar, que tan pronto como pisamos ciertos terrenos que Bourdieu identificó como los transmisores de “valor social”, la famosa “apertura democrática” de la que supuestamente gozamos se compacta abruptamente y todo el tonelaje del sistema de credenciales, habilitaciones y autorizaciones recae duramente sobre nosotros, limitando y encauzando no únicamente nuestras prácticas diarias usuales sino también, y sobre todo, los modos mismos del decir y el expresar.

Sí, aunque suene paradójico, es el poder decir validado lo que hoy se ve inhibido por ciertos sistemas de control cultural. ¿Inhibido? Pero, ¿cómo? ¿no es que acaso hoy se puede decir cualquier cosa, de cualquier modo y en cualquier ocasión, por ejemplo, gracias a la presencia de redes sociales? Sí y no. La ecuación no es tan sencilla y el poder sabe administrar el mapa discursivo y comunicacional con absoluta eficacia.

Para poder concebir su sutileza tecnocrática y milimétrica prestemos atención no a la mera posibilidad de expresarnos (que por supuesta es prácticamente ilimitada en la actualidad), sino a la posibilidad de expresarnos en ámbitos de valor y prestigio; es decir, allí donde el poder construye la hegemonía cultural y los discursos. En otras palabras: lo que tenemos que hacer es prestar atención no a si “nos permiten” expresarnos públicamente, sino dónde es que esto se nos permite: ¿son los espacios de expresión de que hoy disponemos en nuestro día a día, ámbitos de validez y legitimidad donde otros nos escuchan y leen, donde lo que decimos tiene alguna clase de impacto? La respuesta es no, o al menos no mayoritaria o estructuralmente hablando. De hecho, lo más probables es que el hecho de que podamos expresarnos “libremente” en redes sociales y medios alternativos (por ejemplo) no implique por ello alguna clase de disputa comunicativa real con respecto a los poderes culturales de “prestigio”, es decir, aquellos en los que las masas ponen el valor, la legitimidad y el reconocimiento prestando sus oídos y sus ojos. Entonces, ¿somos “libres” para expresarnos? , pero, ¿tiene esa capacidad de expresión nuestra algún valor en términos colectivos? Ese es otro asunto; y uno, por cierto, que muy pocas veces tenemos en cuenta.

Con esto, lo que queremos decir es que paradójicamente en nuestras sociedades coercitivas de hoy dicha coerción en el decir, hablar y comunicar ya no resulta explícitamente dada o mecánicamente sostenida por medio de la violencia al estilo del fascismo usual, sino que funciona sutilmente delimitando cuáles son para nosotros los campos en los que nuestra expresión es libre pero neutral, y cuáles son aquellos habilitados para otros (que no son nosotros) en los cuales la expresión personal quizás no resulte tan libre pero sí implique un impacto social concreto al gozar de validez y legitimidad institucional. Esto plantea una paradoja fundamental que únicamente nuestras sociedades capitalistas disciplinares han logrado construir, a saber: que nuestra libertad de decir cualquier cosa (por ejemplo, en las redes sociales) se paga al precio de la esterilidad, mientras que el valor socialmente reconocido en el decir de otros se paga, en tales otros, con el cercenamiento y encauzamiento del decir personal. De un modo u otro, ya sea que hablemos de nosotros o de ellos, lo que nunca sucede es que libertad real y reconocimiento colectivo vayan de la mano.

Por lo tanto, nos han autorizado a pensar y criticar lo que deseemos mientras que esto resulte, por ejemplo, en una actividad privada (o incluso pública) pero desmontada de los ámbitos de valor social y de juego del poder real. Apenas nos enfilamos a aquellas otras esferas donde lo que se pone sobre la mesa son los mecanismos del “prestigio social”, las jerarquías y las relaciones concretar de fuerza (y no meramente discursivas), los dispositivos culturales de censura comienzan a operar directamente en nuestro decir. Kant, ya en el siglo XVIII, fue muy claro con respecto a este sistema de coerción cuando en su texto ¿Qué es la Ilustración? expresó la siguiente sentencia a modo de máxima: “¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!”. Gracias Kant, dejaste muy en claro de qué se trataban entonces la “libertad, la democracia y el progreso” modernos.

Ahora bien, el gesto final es, cuanto menos, perverso toda vez que las así llamadas “libertades” que se nos “autorizan” en el ejercicio del decir se refieren tan sólo a aquellas dimensiones de la vida en sociedad que para el poder carecen de interés; como cuando nuestros padres nos decían “a llorar al cuarto” (es decir, andá y expresá todo lo que te pasa allí donde nadie te escucha, donde a nadie le interesa). Apenas intentamos trascender estos ámbitos de “migajas” en pos de inmiscuirnos en aquellos otros donde el valor real sí está en juego, apenas queremos salir del cuarto para gritar lo que pensamos en el foro público, en la mesa navideña con toda la familia presente, lo que percibimos como “autorizado” es todo menos libertad.

Entonces, el mensaje resulta claro y diamantino: podemos expresarnos “libremente” pero únicamente acerca de aquellas cosas que resultan socialmente intrascendentes o sobre las cuales nuestra opinión no será tenida en cuenta por las mayorías; es decir, podemos expresarnos “libremente” toda vez que nuestra expresión no mueva la balanza, mientras ningún valor real o potencia concreta de transformación se encuentre en disputa. Con respecto a los otros (los que no son nosotros), como ya anticipamos, la cosa no resulta menos oscura: ellos sí tienen la posibilidad de expresarse con respecto a temas socioculturales de valor y gozar de la posibilidad de que su pronunciamiento haga oscilar las balanzas de la opinión pública y, por ejemplo, re-direccionar una marea de votos o incluso subvertir la opinión que las masas poseen en torno a una colección de temas culturales particulares. Pero, nada es gratis en esta vida. Estos autorizados con la capacidad de pronunciarse en concreto sobre asuntos particulares pagan con sus libertades personales, pues siempre quedan bajo el yugo de los que dirigen las instituciones y corporaciones de que dependen.

Observemos, por ejemplo, lo que sucede en torno a la Academia, que no es sino el cenit de esta lógica perversa de la administración sutil de las coerciones y las autorizaciones. Gracias a su pertenencia a ella, un investigador de prestigio goza del plus de poder pronunciarse hacia la comunidad recibiendo aval social e impactando, por tanto, en los modos en que ésta conforma o maneja la opinión pública. Pero el precio que dicho investigador deberá tributar no es otro que el haber cumplimentado a pies juntillas las lógicas internas de la Academia de la que ha formado parte a lo largo de toda su trayectoria y en la que ha desarrollado sus trabajos “libremente” pero no tan libremente, sino dentro de ciertos márgenes de autorización muy bien establecidos desde el comienzo, por ejemplo, y solo por citar alguno, los correspondientes al increíblemente mortuorio sistema de citas, bibliografías habilitadas, cátedras monopólicas y autores oficiales inevitables. Por supuesto que nuestro amigo investigador puede rechazar todo esto y buscar ámbitos sociales de expresión personal en los que ésta resulte realmente libre al no hallarse digitada de entrada por este rígido sistema de reglas. Sin embargo, de elegir esto (opción por cierto siempre disponible) perderá sus credenciales autorizantes, y con ellos el reconocimiento que la comunidad le otorgaba desde un comienzo. Ganará libertad real, pero perderá impacto y penetración; se hará invisible. Su libertad únicamente resultará posible al costo del desarraigo y el desprestigio; al costo de no ser tenido en cuenta. El investigador será como el niño de nuestro ejemplo: podrá ahora ir al cuarto a patalear todo lo que quiera, a gritar todo lo que piensa sin ninguna clase de condicionamiento a priori, pero nadie lo oirá. Si quiere ser escuchado y tenido en cuenta deberá retornar a la mesa familiar navideña “vestido como un adulto”, trajeado “con las credenciales” pertinentes, con el “ropaje” necesario para que los comensales lo escuchen y reconozcan en su decir; pero dicho “ropaje de adulto” del que extraerá la validez y el aval de los otros, no será más que el que sus padres le habrán entregado apenas un par de horas antes. La prostitución será una instancia inevitable del proceso de “reaparición pública”.

Con todo esto, nuestra pregunta capital no puede ser sino esta: ¿cómo recuperar la unión simultánea entre libertad genuina e impacto social al momento de pronunciarnos públicamente? ¿Cómo reconstruir ámbitos comunicativos comunitarios en los que la libertad para expresarnos no se pague al precio de la esterilidad y que, del otro lado, el costo por tocar algunas fibras reales y concretar no resulte en el cercenamiento de nuestras libertades personales e ideales irrenunciables?

Bien, es en esta instancia crucial donde resulta importante que estudiemos y pensemos los modos en que resulta posible la construcción de instituciones realmente democráticas en las que el nefasto sistema de credenciales y autorizaciones no solo no gobierne lo que se está autorizado o no a decir, sino que no disocie la libertad personal del decir con el valor público de lo dicho. Nos referimos a instituciones en las que las prácticas de elaboración y distribución de saberes reconocen tanto la legitimidad como el valor de la producción política y cultural, implicando un impacto hacia afuera que se apoya no en un sistema de “habilitación” previa sino en el valor mismo de lo hecho y distribuido en comunidad y de forma cooperativa. Por esto mismo es que resulta crucial distinguir el concepto de Universidad del de Academia; pues, mientras el primero refiere a la construcción y distribución cooperativa y horizontal de saberes humanamente universales, libres y valiosos, la segunda, contrariamente, implica su privatización, enclaustramiento y credencialización; la lógica constante del “pedir permiso para decir” como costo inevitable del “querer llegar a ser escuchado”.

Michel Onfray ha resultado pionero en la conformación de esta clase de reformulaciones al impulsar en Caen (Francia) una de las primeras Universidades abiertas del mundo, modelo que de forma ejemplar ha podido ser replicado en nuestro país de la mano de la Universidad abierta de Rosario. También, y al respecto, deberíamos tener en cuenta las consideraciones de Noam Chomsky en torno a la posibilidad de entender que uno de los modos de escapar y subvertir las modalidades neoliberales de la lógica de la autorización en términos de la producción de valor cultural, tiene que ver, precisamente, con construir espacios de pronunciamiento colectivos, realmente democráticos, que incluyan a todos y en los que la pluralidad y apertura, a la vez que la complejidad de lo gestado, logre armonizar precisamente el binomio que nuestra sistema capitalista institucional actual, ya en crisis desde hace décadas, se esfuerza por mantener siempre disociado: el de la libertad y el valor. De lo que se trata entonces es de no estar ni solo en el cuarto gritando ni acompañado en la mesa pública reconocida pero vestido con los ropajes que nos dieron nuestros “padres institucionales”. De lo que se trata es de estar en el centro de la plaza, rodeado de un millón de otros millones donde la libertad de la creación cultural, su valor indisociable y el impacto que generen circulen intersubjetivamente transformando las conciencias al tiempo que cada uno de nosotros “se encuentre vestido” como le plazca.

 

*Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.

Su tarea es difundida a través de las redes Instagram Facebook donde se lo puede encontrar como Charlas de Filosofía.

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