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Libros y alpargatas | 20/08/2012

Soriano inédito

A estas alturas no es necesario presentar a Osvaldo Soriano, que se presenta solo con títulos como Triste, solitario y final, Cuarteles de invierno o Artistas locos y criminales. También por personajes inolvidables como Mister Peregrino Fernández o el "Gato" Díaz, el arquero del penal más largo del mundo. O por sus eternos homenajes a Raymond Chandler y Philip Marlowe. A quince años de su muerte, acaba de editarse un texto que recopila artículos que no habían aparecido hasta ahora en forma de libro. Se llama Cómicos, tiranos y leyendas y es una buena muestra de cómo escribir extraordinarios relatos, historias y crónicas periodísticas.

A

veces es complejo (ocasionalmente agradable también) admitir que el

tiempo transcurre, inexorable. Aquellas circunstancias que lo

atraviesan se transforman en clásicos, en

objetos/sujetos/ideas/textos/películas/nombres/obras/conceptos que

han logrado eludir la máxima fatalidad -el mortal olvido- y se

ganan, con toda justicia, una especie de "certificado de eternidad"

al portador. Existen, al mismo tiempo, "perpetuidades"

legendarias y de entrecasa (adorables, sin embargo). Estas líneas no

pretenden ignorar la trascendencia internacional de un tipo como

Osvaldo

Soriano

(1943-1997). Solo se limitarán a extrañarlo un poco, a preguntarse

cómo han pasado tantos años –fugaces, imperceptibles- desde que

partiera con la música a otra parte, a recordar sus personajes y

textos más memorables y, fundamentalmente, a rescatar la memoria

vigente que siempre proponen los archivos.

Alguien

(Ángel

Berlanga,

quien se encargó de la selección de textos y del prólogo) se ocupó

de buscar qué podía haber allí, en esos inmensos espacios

inexplorados que siempre existen en la biografía de un escritor.

Buscó y encontró artículos y notas hasta ahora inéditas en forma

de libro. Soriano

(alguna vez ignorado –o pretendidamente ignorado- por novelistas,

escritores y críticos "profesionales") es eso, escritor,

periodista, novelista, narrador, todo al mismo tiempo, futbolero,

sufrido hincha de San Lorenzo. A propósito, cuando el Ciclón

descendió en 1981, Soriano

padecía

su exilio en París y desde allí enviada las notas que publicaba la

inolvidable revista Humor.

Una de ellas se titula "San

Lorenzo réquiem".

Soriano

la escribió con la incertidumbre de no saber y la nota se publicó

–en septiembre de 1981- con la certeza del descenso sanlorencista.

Dice: "Cuando

esa nota aparezca en Buenos Aires, mis amigos sabrán si tengo

derecho a emborracharme envuelto en la camiseta que fue del Coco

Rossi. Si no ya sé: a llorar a la iglesia".

Ese también es el tono de esta nueva recopilación de textos de

Osvaldo

Soriano

qué se llama Cómicos,

tiranos y leyendas

(el libro, además, supone un recorrido por algunas publicaciones que

han escrito buena parte de la historia del periodismo argentino como

las revistas Mengano,

Humor,

El

Porteño,

Crisis

o diarios como La

Opinión

o Página

12).

Los

temas son variopintos y deliberadamente antagónicos en lo que a

contenidos se refiere (en eso consiste, en definitiva, el ejercicio

del periodismo: en escribir, bien, sobre los temas y personajes

diversos que constituyen el acotado universo de cada narrador). Y el

registro de

Soriano

en este sentido es inmejorable: era un notable "contador" de

historias y misceláneas periodísticas. Entre otros textos, el libro

ofrece tres reportajes bien profundos (y bien de época) a Juan

Carlos Onetti,

Julio

Cortázar y

Quino,

además de semblanzas increíblemente bellas de Raymond

Chandler,

Hermenegildo

Sabat,

Cesar

Tiempo,

Dashiell

Hammett,

Osvaldo

Bayer

y Adolfo

Bioy Casares

(exquisita, respetuosa, divertida, pletórica de admiración: "Se

debe morir de risa, Bioy, ahora que todos se lanzan al elogio y la

idolatría. Él, que es tímido y despistado, ni siquiera sabía que

existe el Premio Cervantes".).

El librito -y el diminutivo no es peyorativo, es afectuoso- incluye

dos necrológicas extraordinarias, la del gran Marcello

Mastroianni

y la de Alberto

Olmedo.

Soriano

no deja escapar la oportunidad de realzar la figura de Muhammad

Alí

y utiliza como pretexto la pelea en la que venció a George

Foreman

en Kinshasa,

Zaire (hoy República Democrática del Congo) en 1974. Pero si todo

texto se justifica por una página (Borges

solía argumentar que una buena línea podía justificar a un

poeta), esa es la que dibuja el contorno de otro boxeador, el

extraordinario Nicolino

Locche.

Una noche cualquiera de 1972, el mendocino (o el "Intocable",

como le decían) vencía cómodamente al portorriqueño Rey

Mercado

por puntos. Mercado

estaba

groggy,

tambaleaba, y el público gritaba, desaforado Y

pegue, y pegue Nico pegue¡". "Cuando

su rival trastabilló, Locche miró al árbitro, le pidió con un

gesto que detuviera la pelea y bajó los brazos".

El

incomparable Nicolino,

que era un experto en eludir trompazos, no le pegó más. Podría

haber hecho lo que quería con su adversario, que estaba de pie pero

vencido sin remedio. "Él

no daba más, no se le puede pegar a un tipo así; no, así no. A mí

no me gustaría que me lo hicieran, aunque sé que igual me pasará",

explicó el púgil luego desde los vestuarios. La imaginación,

arbitraria, supone que Osvaldo

Caffarelli

("y la campana llama a sosiego", "combate a hierro corto",

"cayeron los cortinados", "final, final, final") y Horacio

García Blanco

relataron y comentaron esa pelea por Radio Rivadavia. Piensa, cuenta,

sostiene

Soriano:

"Nicolino

Locche es uno de los más grandes boxeadores de todas las épocas, a

pesar de él. También es un antihéroe, un hombre capaz de aceptar

la victoria sin espectacularidad. Por eso lo suyo cambiará la

historia del boxeo argentino, que decae y tiende a convertirse en una

parodia de ese oficio cuyos prototipos fueron Justo Suárez, José

María Gatica, Pascual Pérez y ahora Carlos Monzón. Porque a Locche

el boxeo le importa poco. Quiere vivir y parece que no le molesta que

los demás vivan".

  • Cómicos,

    tiranos y leyendas.

    Osvaldo

    Soriano

    (selección y prólogo de Ángel Berlanga), Seix Barral, Buenos

    Aires, 2012.

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