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Libros y alpargatas | 03/07/2012

Elogio de la colección Robin Hood

Los libros todavía son inconfundibles. En ese universo todo era posible: filibusteros, piratas, navidades junto a un piano, abordajes en mares solitarios, selvas, ríos interminables, animales memorables, nevadas furiosas, tempestades inconcebibles, personajes extraordinarios, territorios inhóspitos, nombres fascinantes, mujeres hermosas, mapas lejanos, islas imposibles o misterios excepcionales, entre tantísimas posibilidades que no excluyen, naturalmente, las ideas geniales, las muy buenas historias y las aventuras perfectas. Breve recorrido por un mundo al que no se retorna pero que jamás se olvida.

En

los tiempos iniciales de la primaria me resultaba prácticamente

imposible no participar de dos universos paralelos en los que, sin

embargo, no había paredes mágicas ni conjuros asombrosos y

extraordinarios al estilo Harry Potter. Había, sí, varias

posibilidades, muchas de ellas directamente relacionadas con los

deberes escolares o con el clima: si llovía y hacía frío, la

alternativa era indoor.

No se podía salir de casa sin medir el riesgo de regresar

completamente embarrado o mojado, aunque las calles, casi todas de

tierra, estaban vacías de chicos cuando el aguacero era grande. Ni

hablar de las canchitas de fútbol, transformadas en verdaderas y

efímeras lagunas. Pero si el día era lindo, chau, afuera, a jugar a

cualquier parte, a andar en bicicleta, a merodear por la estación de

trenes, a jugar a la pelota o simplemente a vagar y no hacer nada. En

un pueblo de la Pampa Húmeda el patio es inmenso.

En

la esquina de mi casa había un concesionario de tractores y

cosechadoras John Deere. Como tenía taller mecánico, además,

siempre había mucha gente entre empleados, clientes o amigotes que

pasaban a tomar mate. Mis amigos y yo siempre estábamos por ahí,

preguntando, metiéndonos en cualquier rincón. Todos nos conocían.

No rompíamos nada: todo era demasiado grande allí. Pero una mañana,

antes de almorzar, uno de los dueños (al que recuerdo como un señor

flaco, alto, algo encorvado, elegante y con cara de bueno), nos

regaló un libro. Se llamaba Johnny

Tractor y era

hermosísimo. Pocas páginas, tapas y hojas duras, una historia para

niños pequeños. Tendría cinco o seis años y ese fue el primer

libro "con forma de libro" que recuerdo haber leído completo por

las mías (y además, creo, era el primero que no me regalaban mis

padres o algún tío). Mi amiga Gabriela

Lasarte, que vivía a

la vuelta, todavía lo tiene. Yo lo he perdido, irremediablemente.

Pero jamás lo he olvidado.

En

mi familia todo el mundo leía. Mi madre y mi padre cultivaban esa

extraña y deliciosa relación con los libros y nos legaron a mi

hermana y mí el hábito, la costumbre y el placer. Si bien es cierto

que mi viejo, cuando empecé el secundario, me obsequió las Obras

Completas de Jorge Luis

Borges, fue mi madre,

María Martina, la que

naturalmente me transformó en un lector: ella nos cedió, casi

completa, la colección Robin Hood (hermosísima, inigualable,

deliciosamente amarilla) que había sido suya y de mi tío

Nicolás. Y nos la

regaló tácita pero enfáticamente: cuando con mi hermana levantamos

la cabeza hacia la biblioteca, allí estaban los libros esperando, en

silencio, ordenados, tapa y contratapa. No hizo falta que nos dijera

nada. Los libros eran para nosotros. Por eso estaban allí.

Y

la colección Robin Hood suponía ingresar en mundos fabulosos. En

principio, el primer libro que tomé de la biblioteca fue uno de

Emilio Salgari, Los

tigres de la Malasia,

al que luego le siguieron otros como Sandokán

y Los dos tigres,

también de Salgari.

Y fue imposible no soñar con ser el mismísimo Sandokán. O el

portugués Yañez de Gomara, su mano derecha. O Tremal Naik,

Kammammuri, Giro Batol o Sanbigliong. Corrí a un planisferio para

ver dónde quedaban Malasia y Borneo.

"…Los

corsarios, incrustados materialmente en las amuras y agolpados detrás

de la barricada hecha con troncos de árbol, apenas respiraban, pero

sus rostros feroces revelaban el estado de su ánimo. Sus dedos

crispados apretaban las armas, impacientes por oprimir el gatillo.

Oyeron el silbido metálico de un proyectil al atravesar el aire. Un

humo rojizo salía por la chimenea del crucero. Se escucharon las

órdenes de los oficiales y los pasos precipitados de los

tripulantes. El vapor corría para echarse encima de la nave

corsaria.

" ¡Preparémonos

para morir como héroes! "gritó Sandokán, que no se hacía

ilusiones acerca del éxito de aquella lucha.

De

una parte y otra comenzó el cañoneo.

" ¡Al

abordaje! "gritó Sandokán". ¡La partida no es igual, pero

somos los tigres de Mompracem!

El

prao, verdadero juguete comparado con el gigantesco crucero, se

adelantó audazmente, cañoneándolo como mejor podía. Pero a pesar

del valor desesperado de los tigres de Mompracem, el prao,

acribillado por los tiros enemigos, ya no era más que un despojo.

Nadie hablaba de rendición. Todos querían morir, pero allá arriba,

en la cubierta del buque enemigo. El cañón que disparaba Sabau

había sido desmontado y la mitad de la tripulación yacía tendida

por la metralla. La derrota era completa. Sólo quedaban doce hombres

que, con los ojos extraviados, apretaban con manos de tenazas las

armas, atrincherados tras los cadáveres de sus compañeros.

Sandokán

lanzó su nave contra el barco enemigo. Fue un violentísimo

encontronazo. Dos arpeos de abordaje se agarraron a las escalillas

del crucero. Entonces los trece piratas, sedientos de venganza,

aferrados a los postes y a los cables, se descolgaron sobre el puente

antes de que los ingleses, asombrados de tanta audacia, pensaran en

rechazarlos. Los piratas rompieron las filas de los soldados que les

cerraban el paso, repartieron una granizada de tajos de cimitarra a

diestra y a siniestra, y se lanzaron hacia la popa. Había allí

sesenta hombres, pero no se detuvieron a contarlos y se arrojaron

furiosos sobre la punta de las bayonetas.

Daban

golpes desesperados, segaban brazos y hundían cráneos. Durante

algunos minutos hicieron temblar a sus enemigos, pero acuchillados

por la espalda, alcanzados por las bayonetas, sucumbieron por fin uno

tras otro. En la mitad del puente, Sandokán cayó herido en pleno

pecho por un disparo de fusil. Cuatro piratas sobrevivientes se

arrojaron delante suyo y lo cubrieron con sus cuerpos, pero fueron

muertos por una terrible descarga de fusilería. No así el Tigre.

Aquel hombre increíble, a

pesar de su herida que manaba sangre, dio un salto, llegó a la

borda, derribó con el puño de la cimitarra a un gaviero que

intentaba detenerlo y se lanzó de cabeza al mar, desapareciendo bajo

las negras agua".

("Sandokán")

Con

ellos también padecí la primera de mis angustias literarias: en El

rey del mar, Sandokan

y Yañez se separan y deben abandonar, cercados por los británicos,

el barco a vapor que le habían robado a la Armada inglesa. Ya no

habría más aventuras en Mompracem.

También

cayeron en mis manos los textos de

Louisa May Alcott (leí,

si mal no recuerdo, Mujercitas,

Los muchachos de Jo, Una niña anticuada, Bajo las lilas y Jack and

Jill), aunque a la

distancia mis afectos se quedaron eternamente con las hermanas Meg,

Jo, Beth y Amy March, También allí conocí a Mr. Sherlock Holmes y

a su inseparable amigo, el doctor John Watson: se trataba de El

signo de los cuatro

(Sir. Arthur Connan

Doyle), texto

iniciático en lo que a literatura policial se refiere. En otras

ediciones devoraría todas sus aventuras.

Sin

embargo no es injusto afirmar que uno de los descubrimientos más

extraordinarios que me provocó la colección Robin Hood fue el de

Tom Sawyer (Mark

Twain): creo que hasta

soñaba que navegaba en una balsa por el Mississippi en compañía de

Huckleberry Finn. Suponía, quizá injustamente, que la tía Polly

era horrible (Tom y su hermano Sid eran huérfanos) y que Becky, la

"novia" de Tom, era la chica más hermosa del mundo. La escena

del cementerio es todavía sobrecogedora: Tom y Huck están allí

cuando el doctor del pueblo llega para robar un cadáver.

"Era

un cementerio igual a todos los viejos cementerios del oeste… Una

brisa tenue susurraba entre los árboles y Tom temía que pudieran

ser las ánimas de los muertos que se quejaban de ser molestadas. Los

dos hablaban poco, y eso entre dientes porque la hora y el lugar y el

solemne silencio en que todo estaba envuelto oprimían sus espíritus…

-

Huck, ¿crees que a los muertos les disgustaría que estemos aquí?

-

¡Quién sabe! Está esto que impone, ¿verdad?

-

Ya lo creo que sí.

Hubo

una larga pausa, mientras los muchachos discutían el tema

interiormente. Después, en voz baja, prosiguió Tom:

-

Dime, Huck, ¿crees que Hoss Williams nos oye hablar?

-

Claro que sí. Al menos nos oye su espíritu.

Tom,

al poco rato:

-

Ojalá hubiese dicho el "señor" Williams. Pero no fue con mala

intención. Todo el mundo lo llamaba Hoss.

-

Hay que tener mucho ojo en cómo se habla de esta gente difunta, Tom.

-¡Chist!

-

¿Qué pasa Tom? – Y los dos se agarraron el uno al otro, con los

corazones sobresaltados.

-

¡Allí! ¿Los oyes ahora?

-

¡Dios mío, Tom, que vienen! Vienen, vienen, seguro. ¿Qué hacemos?

-

No sé. ¿Crees que nos verán?

-Tom,

ellos ven a oscuras, lo mismo que los gatos. ¡Ojalá no hubiera

venido!

-No

tengas miedo. No creo que se metan con nosotros. Ningún mal estamos

haciendo. Si nos quedamos quietos, puede ser que no se fijen.

-

Ya lo haré, Tom, pero ¡tengo miedo!

-

¡Escucha!...

-¡Chist!-

interrumpió Huck.

-¿Qué

pasa, Huck?

-

¡Son humanos!, por lo menos uno. Tiene la voz e Muff Potter.

-¡No!

¿De veras?

Potter

y Joe el indio llevaban unas camillas, y en ellas una cuerda y un par

de palas…El doctor puso la linterna a la cabecera y fue a

recostarse sobre uno de los olmos. Estaba tan cerca que los muchachos

hubieran podido tocarlo".

Inolvidable

novela.

Los

títulos, además de ser todavía extraordinarios, ofrecían muchas

veces verdaderas obras maestras. Una de ellas fue Moby

Dick, de Herman

Melville, texto

publicado originalmente en 1852. Recuerdo el ejemplar: inmenso, con

hojas amarillentas y gastadas, pesado. Imponía respeto y suponía

tiempo. La historia del capitán Ahab, de su barco, el ballenero

Pequod,

y de la obsesión del marino por capturar al cachalote blanco sigue

siendo inconmensurable y asombrosa. ¿Quién no ha querido alguna vez

ser Ismael al menos por un instante?

"Mi

nombre es Ismael. Hace unos años, encontrándome sin apenas dinero,

se me ocurrió embarcarme y ver mundo. Pero no como pasajero, sino

como tripulante, como simple marinero de proa. Esto al principio

resulta un poco desagradable, ya que hay que andar saltando de un

lado a otro, y lo marean a uno con órdenes y tareas desagradables,

pero con el tiempo se acostumbra uno. Y por supuesto, porque se

empeñan en pagarme mi trabajo, mientras que un pasajero se ha de

pagar el suyo. Aún hay más: me gusta el aire puro y el ejercicio

saludable. Digamos que el marinero de proa recibe más cantidad de

aire puro que los oficiales, que van a popa y reciben el aire ya de

segunda mano. Por último diré que había decidido embarcarme en un

ballenero, ya que las ballenas me atraían irresistiblemente. Cierto

que resulta una caza peligrosa, pero tiene sus compensaciones: los

mares en los que esos cetáceos se mueven, la maravillosa espera, el

grito foral cuando se encuentra una...

El

caso es que metí un par de camisas en mi viejo bolso y salí

dispuesto a llegar al Cabo de Hornos o al Pacífico. Abandoné la

antigua ciudad de Manhattan y llegué a New Bedford. Era un sábado

de diciembre y quedé muy defraudado cuando me enteré de que había

zarpado ya el

barquito

para Nantucket y que no había manera de llegar a ésta antes del

lunes siguiente. Y yo estaba dispuesto a no embarcarme sino en un

barco de Nantucket, desde donde se hicieron a la mar los primeros

cazadores de ballenas, es decir, los pieles rojas". Así

comienza Moby Dick.

Palabras como

"Nantucket" o "Massachussets" siguen señalando aún lugares

lejanos, imposibles y, de alguna manera, mitológicos.

En

esta línea se pueden anotar dos de las obras que figuraban en el

catálogo de Robin Hood: Colmillo

Blanco y El

llamado de la selva

(ambas de Jack London):

"… El

cachorro, que ya tenía nombre, siguió echado en el suelo y

observando. Durante algún tiempo, los hombres continuaron

produciendo con la boca aquellos sonidos raros para él. Luego,

Castor Gris desenvainó un cuchillo que llevaba pendiente del cuello

y con él cortó un palo de los arbustos que los rodeaban; Colmillo

Blanco lo seguía

con la mirada. Vio cómo le hacía una entalladura al palo en cada

extremo y cómo a ellas anudaba unas cuerdas de cuero. Con una de

esas cuerdas que le pasó por el cuello sujetó después a Kiche,

y enseguida la

condujo junto a un pino joven, a cuyo tronco ató la otra cuerda.

Colmillo Blanco fue

detrás de su madre y se echó junto a ella. Lengua de Salmón le

puso una mano encima y lo echó patas arriba. Kiche

lo miró con

ansiedad. El lobezno sintió que el miedo volvía a apoderarse de él.

No pudo evitar que se le escapara un gruñido; pero no hizo el menor

ademán de morder. La mano, crispados y muy abiertos los dedos, le

restregó el vientre como jugando y lo revolcó de un lado a otro.

Resultaba ridículo y torpe que estuviera él allí panza arriba y

pataleando. Además, aquella era una posición que, por dejarlo

completamente indefenso, producía en todo su ser un sentimiento de

indignada rebelión. ¿Qué podría hacer colocado así? Si a aquel

animal hombre se le antojaba causarle algún daño, Colmillo

Blanco se daba

cuenta perfectamente de que le sería imposible evitarlo…".

No

hay que realizar un esfuerzo superlativo para suponer, en tiempos de

televisión en blanco y negro, las sensaciones que en la mente de un

pibe de primaria generaba un viaje en trineo por Alaska o por el

Yukón canadiense junto a mucha gente que trataba de encontrar oro en

medio de miles de fracasos. El perro y el lobo eran míos. A la

mañana no estaban. Pero eran míos.

La

colección (o lo que yo recuerdo y añoro de esos libros) era

deliciosa. Hasta hacía que un día de lluvia no se sufriera tanto. Y

es indispensable, como mínimo, mencionar otros títulos que pasaron

por mis manos. A saber: La

cabaña del tío Tom

(Harriet B. Stowe),

Canción de Navidad

y

Oliver Twist

(Charles Dickens),

Papaíto piernas largas

(Jean Webster),

Cinco semanas en globo

(Julio Verne),

El Corsario Negro

(Emilio Salgari),

El último de los

mohicanos (James

Fenimore Cooper), La

isla del tesoro

(Robert Louis

Stevenson), Robinson

Crusoe (Daniel

Defoe) o El

príncipe feliz (Oscar

Wilde), entre tantos

otros.

Todo

es posible. Hasta que el Pequod

zarpe alguna vez de

Mompracem rumbo a los siete mares, navegue por el Mississippi y

llegue hasta la Isla de la Tortuga para que Ahab y Emilio de

Ventimiglia, el Corsario Negro, se ignoren a la perfección en alguna

taberna. Allí no habrá ballenas míticas. Tampoco estará el señor

Wan Guld y la venganza del corsario deberá esperar. Solo habrá

libros. Los perpetuos y eternos libros de la colección Robin Hood. A

su entero antojo y arbitrio.

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