ANB - Agencia de Noticias Bariloche

Jueves 28
agosto 2014
San Carlos de Bariloche

03 de julio de 2012 | Eternos

Elogio de la colección Robin Hood

Los libros todavía son inconfundibles. En ese universo todo era posible: filibusteros, piratas, navidades junto a un piano, abordajes en mares solitarios, selvas, ríos interminables, animales memorables, nevadas furiosas, tempestades inconcebibles, personajes extraordinarios, territorios inhóspitos, nombres fascinantes, mujeres hermosas, mapas lejanos, islas imposibles o misterios excepcionales, entre tantísimas posibilidades que no excluyen, naturalmente, las ideas geniales, las muy buenas historias y las aventuras perfectas. Breve recorrido por un mundo al que no se retorna pero que jamás se olvida.

(Foto de lacalustra.blogspot.com.ar)

En los tiempos iniciales de la primaria me resultaba prácticamente imposible no participar de dos universos paralelos en los que, sin embargo, no había paredes mágicas ni conjuros asombrosos y extraordinarios al estilo Harry Potter. Había, sí, varias posibilidades, muchas de ellas directamente relacionadas con los deberes escolares o con el clima: si llovía y hacía frío, la alternativa era indoor. No se podía salir de casa sin medir el riesgo de regresar completamente embarrado o mojado, aunque las calles, casi todas de tierra, estaban vacías de chicos cuando el aguacero era grande. Ni hablar de las canchitas de fútbol, transformadas en verdaderas y efímeras lagunas. Pero si el día era lindo, chau, afuera, a jugar a cualquier parte, a andar en bicicleta, a merodear por la estación de trenes, a jugar a la pelota o simplemente a vagar y no hacer nada. En un pueblo de la Pampa Húmeda el patio es inmenso.

En la esquina de mi casa había un concesionario de tractores y cosechadoras John Deere. Como tenía taller mecánico, además, siempre había mucha gente entre empleados, clientes o amigotes que pasaban a tomar mate. Mis amigos y yo siempre estábamos por ahí, preguntando, metiéndonos en cualquier rincón. Todos nos conocían. No rompíamos nada: todo era demasiado grande allí. Pero una mañana, antes de almorzar, uno de los dueños (al que recuerdo como un señor flaco, alto, algo encorvado, elegante y con cara de bueno), nos regaló un libro. Se llamaba Johnny Tractor y era hermosísimo. Pocas páginas, tapas y hojas duras, una historia para niños pequeños. Tendría cinco o seis años y ese fue el primer libro “con forma de libro” que recuerdo haber leído completo por las mías (y además, creo, era el primero que no me regalaban mis padres o algún tío). Mi amiga Gabriela Lasarte, que vivía a la vuelta, todavía lo tiene. Yo lo he perdido, irremediablemente. Pero jamás lo he olvidado.

En mi familia todo el mundo leía. Mi madre y mi padre cultivaban esa extraña y deliciosa relación con los libros y nos legaron a mi hermana y mí el hábito, la costumbre y el placer. Si bien es cierto que mi viejo, cuando empecé el secundario, me obsequió las Obras Completas de Jorge Luis Borges, fue mi madre, María Martina, la que naturalmente me transformó en un lector: ella nos cedió, casi completa, la colección Robin Hood (hermosísima, inigualable, deliciosamente amarilla) que había sido suya y de mi tío Nicolás. Y nos la regaló tácita pero enfáticamente: cuando con mi hermana levantamos la cabeza hacia la biblioteca, allí estaban los libros esperando, en silencio, ordenados, tapa y contratapa. No hizo falta que nos dijera nada. Los libros eran para nosotros. Por eso estaban allí.

Y la colección Robin Hood suponía ingresar en mundos fabulosos. En principio, el primer libro que tomé de la biblioteca fue uno de Emilio Salgari, Los tigres de la Malasia, al que luego le siguieron otros como Sandokán y Los dos tigres, también de Salgari. Y fue imposible no soñar con ser el mismísimo Sandokán. O el portugués Yañez de Gomara, su mano derecha. O Tremal Naik, Kammammuri, Giro Batol o Sanbigliong. Corrí a un planisferio para ver dónde quedaban Malasia y Borneo.

“…Los corsarios, incrustados materialmente en las amuras y agolpados detrás de la barricada hecha con troncos de árbol, apenas respiraban, pero sus rostros feroces revelaban el estado de su ánimo. Sus dedos crispados apretaban las armas, impacientes por oprimir el gatillo. Oyeron el silbido metálico de un proyectil al atravesar el aire. Un humo rojizo salía por la chimenea del crucero. Se escucharon las órdenes de los oficiales y los pasos precipitados de los tripulantes. El vapor corría para echarse encima de la nave corsaria.

¡Preparémonos para morir como héroes! ”gritó Sandokán, que no se hacía ilusiones acerca del éxito de aquella lucha.

De una parte y otra comenzó el cañoneo.

¡Al abordaje! ”gritó Sandokán”. ¡La partida no es igual, pero somos los tigres de Mompracem!

El prao, verdadero juguete comparado con el gigantesco crucero, se adelantó audazmente, cañoneándolo como mejor podía. Pero a pesar del valor desesperado de los tigres de Mompracem, el prao, acribillado por los tiros enemigos, ya no era más que un despojo. Nadie hablaba de rendición. Todos querían morir, pero allá arriba, en la cubierta del buque enemigo. El cañón que disparaba Sabau había sido desmontado y la mitad de la tripulación yacía tendida por la metralla. La derrota era completa. Sólo quedaban doce hombres que, con los ojos extraviados, apretaban con manos de tenazas las armas, atrincherados tras los cadáveres de sus compañeros.

Sandokán lanzó su nave contra el barco enemigo. Fue un violentísimo encontronazo. Dos arpeos de abordaje se agarraron a las escalillas del crucero. Entonces los trece piratas, sedientos de venganza, aferrados a los postes y a los cables, se descolgaron sobre el puente antes de que los ingleses, asombrados de tanta audacia, pensaran en rechazarlos. Los piratas rompieron las filas de los soldados que les cerraban el paso, repartieron una granizada de tajos de cimitarra a diestra y a siniestra, y se lanzaron hacia la popa. Había allí sesenta hombres, pero no se detuvieron a contarlos y se arrojaron furiosos sobre la punta de las bayonetas.

Daban golpes desesperados, segaban brazos y hundían cráneos. Durante algunos minutos hicieron temblar a sus enemigos, pero acuchillados por la espalda, alcanzados por las bayonetas, sucumbieron por fin uno tras otro. En la mitad del puente, Sandokán cayó herido en pleno pecho por un disparo de fusil. Cuatro piratas sobrevivientes se arrojaron delante suyo y lo cubrieron con sus cuerpos, pero fueron muertos por una terrible descarga de fusilería. No así el Tigre. Aquel hombre increíble, a pesar de su herida que manaba sangre, dio un salto, llegó a la borda, derribó con el puño de la cimitarra a un gaviero que intentaba detenerlo y se lanzó de cabeza al mar, desapareciendo bajo las negras agua”. (“Sandokán”)

Con ellos también padecí la primera de mis angustias literarias: en El rey del mar, Sandokan y Yañez se separan y deben abandonar, cercados por los británicos, el barco a vapor que le habían robado a la Armada inglesa. Ya no habría más aventuras en Mompracem.

También cayeron en mis manos los textos de Louisa May Alcott (leí, si mal no recuerdo, Mujercitas, Los muchachos de Jo, Una niña anticuada, Bajo las lilas y Jack and Jill), aunque a la distancia mis afectos se quedaron eternamente con las hermanas Meg, Jo, Beth y Amy March, También allí conocí a Mr. Sherlock Holmes y a su inseparable amigo, el doctor John Watson: se trataba de El signo de los cuatro (Sir. Arthur Connan Doyle), texto iniciático en lo que a literatura policial se refiere. En otras ediciones devoraría todas sus aventuras.

Sin embargo no es injusto afirmar que uno de los descubrimientos más extraordinarios que me provocó la colección Robin Hood fue el de Tom Sawyer (Mark Twain): creo que hasta soñaba que navegaba en una balsa por el Mississippi en compañía de Huckleberry Finn. Suponía, quizá injustamente, que la tía Polly era horrible (Tom y su hermano Sid eran huérfanos) y que Becky, la “novia” de Tom, era la chica más hermosa del mundo. La escena del cementerio es todavía sobrecogedora: Tom y Huck están allí cuando el doctor del pueblo llega para robar un cadáver.

Era un cementerio igual a todos los viejos cementerios del oeste… Una brisa tenue susurraba entre los árboles y Tom temía que pudieran ser las ánimas de los muertos que se quejaban de ser molestadas. Los dos hablaban poco, y eso entre dientes porque la hora y el lugar y el solemne silencio en que todo estaba envuelto oprimían sus espíritus…

- Huck, ¿crees que a los muertos les disgustaría que estemos aquí?

- ¡Quién sabe! Está esto que impone, ¿verdad?

- Ya lo creo que sí.

Hubo una larga pausa, mientras los muchachos discutían el tema interiormente. Después, en voz baja, prosiguió Tom:

- Dime, Huck, ¿crees que Hoss Williams nos oye hablar?

- Claro que sí. Al menos nos oye su espíritu.

Tom, al poco rato:

- Ojalá hubiese dicho el “señor” Williams. Pero no fue con mala intención. Todo el mundo lo llamaba Hoss.

- Hay que tener mucho ojo en cómo se habla de esta gente difunta, Tom.

-¡Chist!

- ¿Qué pasa Tom? – Y los dos se agarraron el uno al otro, con los corazones sobresaltados.

- ¡Allí! ¿Los oyes ahora?

- ¡Dios mío, Tom, que vienen! Vienen, vienen, seguro. ¿Qué hacemos?

- No sé. ¿Crees que nos verán?

-Tom, ellos ven a oscuras, lo mismo que los gatos. ¡Ojalá no hubiera venido!

-No tengas miedo. No creo que se metan con nosotros. Ningún mal estamos haciendo. Si nos quedamos quietos, puede ser que no se fijen.

- Ya lo haré, Tom, pero ¡tengo miedo!

- ¡Escucha!...

-¡Chist!- interrumpió Huck.

-¿Qué pasa, Huck?

- ¡Son humanos!, por lo menos uno. Tiene la voz e Muff Potter.

-¡No! ¿De veras?

Potter y Joe el indio llevaban unas camillas, y en ellas una cuerda y un par de palas…El doctor puso la linterna a la cabecera y fue a recostarse sobre uno de los olmos. Estaba tan cerca que los muchachos hubieran podido tocarlo”.

Inolvidable novela.

Los títulos, además de ser todavía extraordinarios, ofrecían muchas veces verdaderas obras maestras. Una de ellas fue Moby Dick, de Herman Melville, texto publicado originalmente en 1852. Recuerdo el ejemplar: inmenso, con hojas amarillentas y gastadas, pesado. Imponía respeto y suponía tiempo. La historia del capitán Ahab, de su barco, el ballenero Pequod, y de la obsesión del marino por capturar al cachalote blanco sigue siendo inconmensurable y asombrosa. ¿Quién no ha querido alguna vez ser Ismael al menos por un instante?

Mi nombre es Ismael. Hace unos años, encontrándome sin apenas dinero, se me ocurrió embarcarme y ver mundo. Pero no como pasajero, sino como tripulante, como simple marinero de proa. Esto al principio resulta un poco desagradable, ya que hay que andar saltando de un lado a otro, y lo marean a uno con órdenes y tareas desagradables, pero con el tiempo se acostumbra uno. Y por supuesto, porque se empeñan en pagarme mi trabajo, mientras que un pasajero se ha de pagar el suyo. Aún hay más: me gusta el aire puro y el ejercicio saludable. Digamos que el marinero de proa recibe más cantidad de aire puro que los oficiales, que van a popa y reciben el aire ya de segunda mano. Por último diré que había decidido embarcarme en un ballenero, ya que las ballenas me atraían irresistiblemente. Cierto que resulta una caza peligrosa, pero tiene sus compensaciones: los mares en los que esos cetáceos se mueven, la maravillosa espera, el grito foral cuando se encuentra una...

El caso es que metí un par de camisas en mi viejo bolso y salí dispuesto a llegar al Cabo de Hornos o al Pacífico. Abandoné la antigua ciudad de Manhattan y llegué a New Bedford. Era un sábado de diciembre y quedé muy defraudado cuando me enteré de que había zarpado ya el

barquito para Nantucket y que no había manera de llegar a ésta antes del lunes siguiente. Y yo estaba dispuesto a no embarcarme sino en un barco de Nantucket, desde donde se hicieron a la mar los primeros cazadores de ballenas, es decir, los pieles rojas”. Así comienza Moby Dick. Palabras como “Nantucket” o “Massachussets” siguen señalando aún lugares lejanos, imposibles y, de alguna manera, mitológicos.

En esta línea se pueden anotar dos de las obras que figuraban en el catálogo de Robin Hood: Colmillo Blanco y El llamado de la selva (ambas de Jack London):

“… El cachorro, que ya tenía nombre, siguió echado en el suelo y observando. Durante algún tiempo, los hombres continuaron produciendo con la boca aquellos sonidos raros para él. Luego, Castor Gris desenvainó un cuchillo que llevaba pendiente del cuello y con él cortó un palo de los arbustos que los rodeaban; Colmillo Blanco lo seguía con la mirada. Vio cómo le hacía una entalladura al palo en cada extremo y cómo a ellas anudaba unas cuerdas de cuero. Con una de esas cuerdas que le pasó por el cuello sujetó después a Kiche, y enseguida la condujo junto a un pino joven, a cuyo tronco ató la otra cuerda. Colmillo Blanco fue detrás de su madre y se echó junto a ella. Lengua de Salmón le puso una mano encima y lo echó patas arriba. Kiche lo miró con ansiedad. El lobezno sintió que el miedo volvía a apoderarse de él. No pudo evitar que se le escapara un gruñido; pero no hizo el menor ademán de morder. La mano, crispados y muy abiertos los dedos, le restregó el vientre como jugando y lo revolcó de un lado a otro. Resultaba ridículo y torpe que estuviera él allí panza arriba y pataleando. Además, aquella era una posición que, por dejarlo completamente indefenso, producía en todo su ser un sentimiento de indignada rebelión. ¿Qué podría hacer colocado así? Si a aquel animal hombre se le antojaba causarle algún daño, Colmillo Blanco se daba cuenta perfectamente de que le sería imposible evitarlo…”.

No hay que realizar un esfuerzo superlativo para suponer, en tiempos de televisión en blanco y negro, las sensaciones que en la mente de un pibe de primaria generaba un viaje en trineo por Alaska o por el Yukón canadiense junto a mucha gente que trataba de encontrar oro en medio de miles de fracasos. El perro y el lobo eran míos. A la mañana no estaban. Pero eran míos.

La colección (o lo que yo recuerdo y añoro de esos libros) era deliciosa. Hasta hacía que un día de lluvia no se sufriera tanto. Y es indispensable, como mínimo, mencionar otros títulos que pasaron por mis manos. A saber: La cabaña del tío Tom (Harriet B. Stowe), Canción de Navidad y Oliver Twist (Charles Dickens), Papaíto piernas largas (Jean Webster), Cinco semanas en globo (Julio Verne), El Corsario Negro (Emilio Salgari), El último de los mohicanos (James Fenimore Cooper), La isla del tesoro (Robert Louis Stevenson), Robinson Crusoe (Daniel Defoe) o El príncipe feliz (Oscar Wilde), entre tantos otros.

Todo es posible. Hasta que el Pequod zarpe alguna vez de Mompracem rumbo a los siete mares, navegue por el Mississippi y llegue hasta la Isla de la Tortuga para que Ahab y Emilio de Ventimiglia, el Corsario Negro, se ignoren a la perfección en alguna taberna. Allí no habrá ballenas míticas. Tampoco estará el señor Wan Guld y la venganza del corsario deberá esperar. Solo habrá libros. Los perpetuos y eternos libros de la colección Robin Hood. A su entero antojo y arbitrio.

Agencia de Noticias Bariloche :: Diario online con noticias e información de San Carlos de Bariloche. Director Periodístico del diario: Santiago Rey

Copyright 2007 - www.anbariloche.com.ar - Todos los derechos reservados | Agencia de Medios Patagonia S.R.L.